sábado, 10 de agosto de 2013

El delta y Javier Cófreces




1) ¿Cuál fue tu primer contacto con el delta?

Mi primer contacto con la isla se produjo en la década del ochenta. El poeta Víctor Redondo nos invitó a mi mujer, Alejandra, y a mí a pasar un fin de semana en una casita que había alquilado en el Rama negra. Era muy precaria y estaba repleta de alimañas. De todos modos, el sitio me fascinó y supe que frecuentaría esa región. Pasados los años, el poeta Alberto Muñoz comenzó a invitarme a su morada isleña, “El establo”, en el río Espera. Durante años fuimos a esa casa con mi mujer y compartimos cenas, lecturas, pesca y conversaciones con mi amigo Alberto. Esas estadías determinaron que con Alejandra tomemos la decisión de comprar un ranchito en la isla. Lo hicimos en 2003, cuando abrieron el corralito del nefasto  Cavallo. Desde entonces habitamos “La blanqueada”, en el arroyo Caraguatá. Ahora que recuerdo, también influyó mi entusiasmo por el delta una travesía de dos días en canoa que hice con mi amigo Mario. Remontamos el río Luján a comienzo de los noventa. Por la noche nos sorprendió una tormenta terrible y salió a buscarnos la prefectura. No nos encontró ya que pernoctamos en la casa de un nutriero, Aurelio Bianchi. Aquel personaje, que retraté en un poema, nos salvó la vida o algo así. El paisaje que observé durante aquella aventura definitivamente me habló para que le pertenezca.

2) ¿Qué vínculo tenés actualmente con la isla? 

Tras la compra de nuestra casa, “La blanqueada”, pasamos todos los fines de semana del año en la isla, además de vacaciones, largas o cortas. Enfrentamos sudestadas, hacemos travesías en lancha o en canoa, recorremos, plantamos, cosechamos, pescamos, nadamos. Leo, escribo, escucho música e investigo acerca de todo en la isla. Botánica, zoología y literatura son las disciplinas más visitadas. Resolvimos no tener Internet, por lo tanto, cargo papeles, libros, apuntes y una notebook.

3)¿Cómo aparece el delta en tu literatura?

En mi escritura personal, a través de algunos poemas que publiqué en libros viejos. Algunos están relacionados con aquella expedición en canoa, otros con momentos vividos en “El establo” de Muñoz. A partir del 2003, cuando con Alberto resolvimos comenzar a componer nuestra obra “Tigre”, el compromiso de escritura con la isla tomó otra dimensión. Armamos juntos un libro de 800 páginas y recién en 2010 lo publicamos, aunque con 300 páginas menos. Fueron cinco o seis años investigando acerca de la isla, escribiendo historias y poemas, buscando fotos y testimonios. Fue nuestro aporte concluyente a la región. Varias veces fantaseamos con escribir un segundo tomo, pero ambos sabemos que ya no será posible... Nuestro aporte a la literatura isleña quedó plasmado en ese mamotreto de 500 páginas.

4) ¿Que autores te parecen indispensables para acercarse a las islas?

El primer nombre indispensable de leer, y que representa el paradigma del escritor comprometido con el delta es Marcos Sastre, autor de El Tempe argentino. Su obra cumbre es la auténtica biblia de Tigre. No existe trabajo alguno tan completo, abarcador, poético (a pesar de ser narrativa),  intenso, fantástico, en fin, podría seguir calificándolo…es el libro de los libros del delta. Luego, la poesía de Carlos Urquía, un autor que le dedicó varios libros a la isla. En particular, uno de sus títulos, Rama negra, es formidable. Lobodón Garra con su Río abajo y Domingo Faustino Sarmiento, con su Carapachay. El libro de Miguel Gaya, Corrientes en la silueta del río. Finalmente, los poemas de escritores que viven temporadas en la isla y que aparecen recogidos en sus diferentes libros, Alberto Muñoz, Diana Bellessi, Alicia Genovese, entre otros y otras.

5) ¿Recordás alguna anécdota isleña vinculada a la literatura?

Sí, recuerdo decenas. Me inclinaré por citar una insignificancia. Hace veinte años fuimos a pasar un fin de semana al recreo “El tropezón”, en el Paraná de las palmas, la hostería donde se suicidó Lugones. Fuimos con mi mujer y otra pareja de amigos, pleno invierno, frío de aquellos. No había calefacción ni demasiadas comodidades en la pensión, regenteada por tres viejitas que habían atendido al autor de Las montañas del oro cincuenta años atrás. El termómetro indicaba cinco grados bajo cero, estábamos ateridos. No obstante, habíamos organizado una lectura nocturna a orillas del río. Cada uno eligió sus textos preferidos. Mi mujer leyó Margarite Yourcenar, mi amiga a Ítalo Calvino y no recuerdo la elección de su pareja. Yo seleccioné varios poemas del río de Juanele Ortiz. Recuerdo que tras la lectura convertí cada hoja en un barquito de papel y los eché a navegar por el Paraná. Como te dije, una insignificancia, pero la recuerdo siempre.

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