jueves, 14 de noviembre de 2013

Totoras (Alberto Muñoz) de El Naturalista (Ed. En danza 2010)




El chimango nada sabe de la eléctrica tristeza del cauce, se confía al plumaje y a la carroña como un escritor a la puntuación. La vacilación se obstina en su misión sombría: qué hay que decir, qué hay para callar.
Quiero que conozcas la espadaña: Thor Heyerdahl y Quitín Muñoz navegaron en ellas por las dudosas singladuras transoceánicas, durmieron menos en las aguas que en la vegetación.
Ese biguá sobre la rama de un fresno americano mira desahuciado tu fantasma, “se pudren los techos en las islas-decís burlonamente-,no hay ángel que no pese demasiado”.
Se va el día mientras ( a la sombra del viejo fresno, tu obra también se reclina en el follaje del mundo) juntamos higos disipados que cuelgan disciplinadamente de una planta retorcida. Canta un gallo (demasiado tarde); no son de las islas los gallos, ellos también vacilan con su canto extremo, ¡tanta agua!, tantas crecidas que sumergen los terrenos, un susurro que viene desde el fondo de los tiempos para reverdecer y ahogar. No debe ser fácil para un gallo comprender esa aventura alucinatoria. Se hacen al lugar, inconstantes como fósiles vivos que cantan pero no despiertan. Hay una creencia – pero es mejor callarla- de que los gallos dominan las mareas.
¿Viste como el sol baña las totoras?, parecen gasas encendidas por el fuego quemando nidos, cuises y culebras. Caminemos hasta los zanjones, ahí están las anguilas, pequeñas nubes enloquecidas, llenas de azúcar y de muertes secretas, inofensivas. Dejemos que se hundan las botas en este barro joven.

Miremos desde aquí las totoras, oigamos a las sirenas venir desde los sórdidos arenales.

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