jueves, 21 de noviembre de 2013

La vivienda del isleño (Roberto Arlt) El Mundo, 2 de diciembre de 1941





Cada vez que se escribe sobre el Delta, la triple asociación de palabras “isleño-fruta-canoa” produce en el lector no informado la impresión de que el articulista se dispone a tratar los problemas de una región extraña, donde el hombre aún vive en estado primitivo.
Abona la construcción de esta falsa imagen el desconocimiento que generalmente para los profanos, envuelve con su cortina verde la vida de los isleños, que, contra lo que puede suponerse, fortifican los ingresos del erario nacional y provincial con ingentes sumas.
Aparte de que las cinco mil familias que pueblan esta zona acuática forman un grupo social con particularidades extraordinarias. Estas particularidades son la expresión de sorprendentes características psicológicas que conviene historiar, pues el estudio de estas células de energía dispersas en grupos familiares o de nacionalidades en una extensión de seiscientas mil hectáreas. incomunicadas entre sí por más de doscientos canales y arroyos, interesa vivamente al país en estos momentos en que la nación, en movimiento de introspección, examina su musculatura.
Desde ahora podremos asegurar que los pobladores del Delta son víctimas de la sordera crónica de los poderes públicos, empeñados en ignorar las necesidades reales de estos hombres magníficos, cuyo valor se subestima continuamente.
De allí que trataré en estas notas algunos áridos temas de codificación y economía, para que de los hechos surja la evidencia de la técnica con que lesionan los intereses de una de las más heroicas comunidades que engrandecen el país. Con este procedimiento, el perfil psicológico del hombre se vitalizará en el dinamismo del número
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A media hora de lancha del Tigre cuando ya desaparecen las casas de juguete destinadas al “week end” de la metrópoli, y las hileras de árboles para madera o frutales suceden a los jardines de holgorio, de tanto en tanto se hace visible entre la maleza de un huerto silvestre una casona de madera con techo de cinc,  o una casona con estructura de tirantes y paredes de barro, o también una vivienda moderna de cemento armado, cuyo descanso se abre al río sobre una escalera de recibimiento. En los tres casos, la vivienda de barro, de madera o de material está cargada sobre puntales, los que dejan libre un entresuelo por el que puede caminar sin obstáculos un hombre de elevada estatura.
Los penachos de los álamos, el abanico de las palmeras, el jopo verde de los sauces, teje en redor de la casona un africano nicho de sombra. Abajo, las manchas en siete tonos de rojo de los malvones y las tazas blancas de las calas, componen con los vinosos rosales silvestres, la infatigable y repetida policromía de las islas en las que los ojos no se cansan de extasiarse. El aire está perennemente embalsamado por la dulzona frescura de la madreselva y jazmín, multitudes de pájaros charlan en la enramada, el nido de un hornero pende solitario de una horqueta y tandas de perros ladran a las lanchas que pasan.
De la costa al agua avanza un rústico muelle que permite desembarcar, una escalera de madera roída por el tiempo se sumerge en las aguas, y casi siempre para defender la orilla de las erosiones provocadas por los latigazos del río, a todo lo largo del frente de la casa se tiende un tablestacado, cuyos tablones de pino chicotean las olas cada vez que pasa una embarcación. Otras veces el tablestacado no es de tablones de pino sino de troncos de sauce.
El espacio hueco debajo de la vivienda, casi siempre cerrado por un enrejado de listones, es despensa unas veces, depósito de envases de fruta otras, comedor para verano algunas, pero el paseante ve perderse el cubo encalado entre las manchas verdes y piensa:
-Este es el rancho del isleño. Porque aparentemente la vivienda es un rancho como aparentemente el isleño es un hombre que vive primitivamente; pero, en realidad, la vivienda no es un rancho, sino una casa con sus divisiones distribuidas como lo requieren las necesidades del civilizado.
La casa tiene un comedorcocina inmenso, un dormitorio para los dueños y un cuarto para huéspedes. Sobre esta matriz invariable está edificada la vivienda de paredes de barro, la de muros de madera y la de cemento.
A un costado del embarcadero corre un canal artificial que penetra hacia la huerta. Lo cubre un techo de espadaña o de tejas. Allí se guarece la canoa a motor, siempre igual, ya esté varada junto a la casa de material como de barro. Esta canoa larga, diferente a las otras canoas que flotan en los ríos del mundo, es una creación del isleño. Está conformada para desarrollar una velocidad discreta, para maniobrar a pesar del exceso de carga, en ángulos muy cerrados y para navegar hasta en cincuenta centímetros de agua. Parece que contradice todos los cánones de arquitectura naval y es útilmente perfecta.
A un costado del canal se eleva un tinglado donde se almacena la fruta para clasificarla y empacarla. Cuando no es la estación de trabajo, allí se guardan los pulverizadores, los arados,las palas. Rarísima vez se descubre entre las máquinas un camión o un tractor. Detrás de la casa se extiende la huerta y un gallinero, luego la ondulación de quinta que puede tener cinco, diez, quince hectáreas. Mayores de cincuenta hectáreas son raras.
Esta es la casa del hombre que todos los días tiene que luchar con la ferocidad del pequeño infierno verde de la isla.

(El Mundo, 2 de diciembre de 1941)

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