martes, 30 de julio de 2013

Oda a los viejos y grandes ríos (Ricardo Molinari)


Atardecer sobre el Río Paraná / marisa negri



De pie, alejado y sin beber, miro los grandes ríos de mi país,
salir con sus enormes lenguas oscuras hacia el mar.

Los ríos abiertos, angustiadores, abrasados por el sol y la soledad sombría,
llegan al sur con sus dulces bocas melancólicas,
con sus continentes de flores;
con sus generosas venas apoyadas en el cieno.

Yo los he visto en las altas madrugadas acercarse como pájaros solitarios,
y tocar la llanura, espantados, bebiendo sus lágrimas y enterrando sus laúdes.

La planicie aplaca la voz y enceniza la piel de los labios,
y arde el corazón alegre con su fuerza y sus vientos infinitos
-perdidos-
debajo de sus incansables cielos que llegan hasta el llanto.

Los ríos vienen con sus bañadas espadas, con sus rotos albornoces amarillos,
con sus innumerables pueblos para arrojarse en el mar.

Yo permanecí todo un día, alguna vez, mirándolos y sentí como el sol se ponía detrás de mi espalda
y anochecía por una parte de mi cara, y no pude detener las lágrimas.

Los ríos grandes bajan hacia el sur cargados
de lluvias, enloquecidos de verano,
de los insectos, de sus enormes flores pesadas que crecen en la noche
y lucen sobre la corriente fragante: sobre el harpa suave.
Llegan apretados a unir sus antiguas cabezas-los guardados cabellos-
y a mover sus cuerpos desnudos- la deleitosa frente- en el agua salada.
¡El mar desierto recoge nuestras soledades continuadas!

¡Oh, dulce Paraná!, flor, río, padre de islas y largas costas,
enaltecido por los ancianos bardos de mi país;
ciego en tu eternidad, acaricias tus ciudades
como a una inmensa piel abandonada. Ellas te miran pasar por debajo de hermosos árboles,
sobrio, con  tu canasta de raíces y flores azules.
Tras de ti el aire, la luna, las tierras altas,
los ligeros caballos, el viento caluroso,
los pájaros, el manguruyú y los pequeños ríos
donde moja la furiosa lengua
el ocelote.

Te vuelves hacia el mar, sin huida, con los amarillos ojos cerrados, corpulento,
y sin sumisión golpeas con los abiertos brazos
las islas, las rabiosas ramas: los muros últimos de la tierra
¡Solo!
El Uruguay arrastra sus piedras, sus caracoles, y sus hinchadas nubes por el naciente;
los fortunados cuerpos y las rotas amapolas.
¡Oh ríos, fuentes de la memoria!

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