martes, 26 de enero de 2016

Prólogo de Escritos en el agua (Carlos María Domínguez)





Hay en el Río de la Plata una raza de hombres y mujeres de la costa cuyas vidas, igual a esos troncos que las mareas arrojan a la playa, han sido pulidas de forma caprichosa y extraña. No existe un elemento más blando que el agua y sin embargo, socava la roca y el corazón más duro hasta volverlos irreconocibles. Desde que Juan Díaz de Solís lo descubrió por error en 1516 y fue cena de los indígenas, la muerte y el equívoco no le han sido ajenos. Los bañistas conocen su bondad, fulgor y desahogo, pero un inglés lo llamó "el infierno de los navegantes" y los marinos entendieron que le hacía justicia. No sólo es capaz de subir cuatro metros de marea, provocar grandes inundaciones y mostrar furias marinas. Sus bancos de niebla abandonan los barcos a la suerte de temerosos silbatos, el Sur lo violenta y el Norte lo fuerza a retirarse varios kilómetros de ambas márgenes y, así como las tormentas alzan olas de dos metros en la superficie, su lecho desplaza lentas pisadas de arena. Las corrientes forcejean, cambian los canales de lugar y los colores del agua, e incluso sus costas, que debieran ser firmes, no se quedan quietas. Sin profundidad en la mayor extensión, pocos lo considerarían peligroso, pero su fondo guarda centenares de barcos hundidos. Tumba de navegantes, también vino a serlo, hace pocos años, de incontables desaparecidos. Más que un río semeja una trampa implacable, en cumplimiento de un dramático destino. Oculto en la fama de su nombre, no fue el río Jordán que quiso Américo Vespucio, luego de cruzar la frontera del Tratado de Tordesillas, tampoco el "Mar Dulce" que pretendió Solís, detrás de un paso que lo llevara a la India, y nunca condujo al mineral de plata que buscaban los conquistadores, quienes lo conocieron como "el argentino río" (del latín argentum: plata). Pero el nombre sobrevivió, a falta de respaldo en la realidad, con la utopía que identificó un virreinato y luego la independencia de las Provincias Unidas. Hoy nombra una región que comprende a Uruguay, a la República Argentina, de un modo impreciso a Paraguay y a los estados sureños de Brasil. ¿Qué tienen en común estos países? Un puñado de guerras y un solo destino enhebrado al agua que corre por los ríos Paraná y Uruguay, desde los trópicos a los bajos del sur. En su dimensión más ceñida: un modo permeable de asumir la lengua, el pasado y la novedad. Los argentinos dieron al río y su pretencioso genitivo una expresión dentro de fronteras con una concesión a la orilla oriental. Proclamada Buenos Aires "Reina del Plata", el estuario cobró notoriedad con adjetivos literarios no exentos de pereza. Eduardo Mallea lo llamó "el río inmóvil"; Jorge Luis Borges: "río de sueñera y barro"; Leopoldo Lugones: "el gran río color de león" y Baldomero Fernández Moreno: "el río café con leche". Hace algunos años Juan José Saer tituló "El río sin orillas" un libro en el que dio cuenta de la historia, la geografía y la cultura del Río de la Plata, aunque solo desde su margen occidental. Coincide con la apreciación que hiciera Darwin durante su viaje junto a Fitz Roy, en 1831: "No hay ni grandeza ni belleza en esta inmensa extensión de agua barrosa". Pero otra afirmación resulta más emblemática: "Es obvio que la banda oriental, es decir el Uruguay, no ha entrado en mis consideraciones, no porque ignore la legitimidad de su carácter rioplatense, sino porque, no habiéndolo visitado nunca, no me atrevo, desguarnecido como estoy de todo dato empírico, a aventurarme en sus, según me han dicho muchas veces, apacibles colinas [...] Las peripecias del lado occidental, sin embargo, son muy semejantes a las de la otra banda y ambas comparten muchos de sus mitos." La presunción de Saer revela la vigencia de una ilusoria confianza: el Río de la Plata tendría un comportamiento uniforme en sus dimensiones físicas e imaginarias. Consagra no sólo un error, también la ignorancia de un fenómeno esquivo a la mirada argentina que, con la imaginación puesta en los terrores de la pampa, creció de espalda a sus orillas y vio en el ancho cauce una monótona descarga, pese a que del río llegaron los inmigrantes que le dieron identidad y hasta el día de hoy navega su comercio. Siendo su control motivo de muchas guerras, no hallaron las aguas más que descrédito. Por paradójico que resulte, tampoco abunda entre los uruguayos la comprensión del estuario que, de Montevideo al Este, se conoce por mar, y colma sus costas de grandes ensenadas de arena con cabos rocosos, donde se suceden los balnearios. Su literatura, se diría, no ha puesto un pie en el agua. No me propongo explicarlo. Apenas anotar,: la extravagancia que llevó a la cultura rioplatense a desentenderse del río que le dio nombre, tal si empeñada en ocultar una vergüenza, enterrara también su fundamento. Sus dos orillas han tenido y tienen, sin embargo, una vida propia, olvidada o desconocida. Al menos hasta los años 70, sobre la costa argentina, del Tigre a Vicente López, recreos y pescadores poblaban la ribera con sus casas sobre pilotes, música de acordeón y bailes improvisados. El Ancla reunía una juventud bronceada con tatuajes marinos en los brazos, Olivos a las familias, y en la Costanera, y más al sur, en Quilmes y Punta Lara, las costas se llenaban durante el día y en la noche de multitudes sedientas de horizonte. Carritos de comidas, cervecerías, parques de diversiones, hombres lanzallamas, equilibristas y músicos vivían de la algarabía que la recorría de diciembre a marzo, frente a la dilatada orilla ausente. El verano dividía a los porteños en gente de piscina y gente de la costa, y rara vez se mezclaban. Las clases medias y altas evitaban meterse en el agua con "la negrada" porque temían el contagio de una peste; preferían las piletas de los clubes o las casas de fin de semana. Los demás no tenían elección y disfrutaban la ribera.

La dictadura militar de Jorge Rafael Videla acabó con ella. Clubes militares y empresas privadas se adueñaron de las orillas y luego rellenaron con escombros una ancha franja sobre el río. Para llegar al agua hubo que atravesar callejones malolientes entre los clubes, descubrir pasajes llenos de basura y superar montañas de desperdicios. Poco después prohibieron los baños y no había más que mirar el agua negra, saturada de bolsas de plástico, excrementos, restos de cartón, vidrios y botellas rotas, para comprender que algo había terminado para siempre. El río se convirtió en el emblema de una estafa que, denunciada su falsedad marina, revelaba una inmunda charca. Entonces un escritor argentino, Haroldo Conti, daba noticias de que en el Delta del Tigre había un mundo que había sido próspero y luego abandonado, con historias y personajes de leyenda. Tenía una casa en una de las islas y varios cuentos y novelas donde el río y sus orillas cobraban una dimensión agónica, alegrías del verano y espesuras de niebla. Pero igual que miles de argentinos, también Haroldo fue secuestrado y desaparecido, y arrojado de una avioneta a las aguas que supo navegar, amar y cantar con insólitas ternuras, y desde entonces las costas de Buenos Aires quedaron vencidas por un silencio de muerte. Nada similar ocurrió en la orilla oriental, aunque allí llegaron no pocos cadáveres entregados al arrastre del "río inmóvil". Las costas de Colonia, aun golpeadas por su propia dictadura, prolongaron la cultura ribereña de los orígenes, con su libre acceso a las playas, sus pescadores, contrabandistas, vagabundos, cazadores y piratas. Una frontera humana indisociable del río, aunque marginal a ambas capitales del Plata. Este libro quiere narrar un puñado de esas historias escritas en el agua. Antiguos y no tan viejos destinos enfrentados a una realidad sin otra ley que la del cuerpo, la lucha por la sobrevivencia, la aventura y el riesgo. Con ser un accidente transitorio, el Río de la Plata tiene una historia que contar. No siempre fue como lo vemos y no lo será en el futuro. Es un espacio que se derrama como un fantástico e inadvertido reloj. El más ancho de los que existen en la tierra, el tercero más caudaloso después del Amazonas y el Congo, empuja en su deriva un misterio de cadalso, fuerza y rebelión que, cavando la roca, se ha vuelto irreconocible, también para sí mismo.


Prólogo de Escritos en el agua / Ediciones de la Banda Oriental / Uruguay 2011

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