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miércoles, 19 de junio de 2019

Pava de monte común (Penélope Obscura) Cultura Gastronómica (Alberto Muñoz)




Viven de la caza, de la pesca, de los hongos. Comen pava de monte común, - el manjar más preciado- su carne, sus patas, su pico, sus plumas. Hay un culto a la sombra de la penélope obscura : una vez desaparecida en los estómagos de los comensales, su sombra debe ser expulsada para evitar, en el ángelus, su lamento tormentoso, que sólo se silencia con las risas de los que han engullido su cuerpo. Los rusos ríen al atardecer y las sombras escapan por los fondos.
La rana criolla es apetitosa; se la come viva, mientras el cuerpo baila imitando sus saltos. Si la rana es vomitada es debido a su celo. El celo de la rana se imita con una melodía. Todos conocen esa música que es la única que practican con su siringa de cañas con nueve agujeros. De noche, iluminada con las pequeñas luces lunáticas, se escucha, de orilla a orilla, la melodía que indica que en algún lado se ha comido una rana extasiada.
La tortuga es una comida de viejos. Se tira la carne, se come la resaca de la carcasa hervida durante tres días. Todas las comidas no muy sabrosas se acompañan con una pasta amarilla hecha de pescado, especialmente bagre, (uno de sus santos conserva este aspecto) frutos, hojas, hongos de poca ponzoña, y costras de árboles. Mastican y escupen.
Los perros merodean el escupitajo pero no lo comen. Se deja la pasta un tiempo a la intemperie y se la vuelve a ingerir. Algunos mueren con la ingesta, pero no deja de ser honorable ese modo de abandonar la vida isleña.
Beben el marrón de las aguas del río. Son buenos nadadores.
Los rusos detestan la aglutinación, sólo se enciman en los días conmemorativos: el día del río, el de la luna, el del silencio. Son festejos comunales e íntimos con los ancestros que pasan largas jornadas en las casas, ayudando en los trabajos relacionados con los nutrientes y la iluminación.

en “La invasión rusa” de Islario fantástico argentino. Bs As : Siwa - Biblioteca de los Confines, 2018.
ilustración : Gabriel Martino

La invasión rusa - primera parte- Alberto Muñoz


FASTOS

En el Delta del Paraná y a menos de cien kilómetros del Ojo de Agua, vive y se extiende una extraña comunidad islaria.
Se trata de una nación - así llaman sus habitantes al territorio- donde vivir y morir está fuera de toda ley. Al lugar se lo conoce como La Invasión Rusa.
Los moradores parecieran vivir en el modesto y molesto territorio de la imaginación, si bien es cierto que sostienen una realidad mucho más compleja que la realidad misma del Delta.
¿Qué es real, qué se atreve a no serlo?
Al parecer los rusos, son una respuesta a eso; un apunte más en la prodigiosa naturaleza del Paraná.

ASENTAMIENTO RUSO

El paisaje verde deja ver unas casas rústicas, en altura, viviendas palafíticas hechas para que la inclemencia del tiempo las destruya. Vuelven a ser levantadas inmediatamente después de una tormenta ventosa; en eso consiste construir para la destrucción. Lo que se levanta requiere de una inteligencia inconsútil que vuelva todo al comienzo indefinidamente.
No hay colores en las casas. recubiertas por fuera y por dentro con limo y materia orgánica en forma de turba, lucen en el aire como insectos lujuriosos.
La Nación está atestada de puentes.Todas las casas tienen varios de ellos, en su mayoría tendientes a las estrellas. Los puentes armados por detrás de las viviendas favorecen el paso de los ancestros. Fantasmas que van y vienen visitando a los suyos. Nadie arregla los puentes que se desmoronan con el paso de los ancestros.
Es un islario pequeño con dos orillas enfrentadas. Los hombres y las mujeres también están enfrentados desde siempre, conviven en una batalla silenciosa. Ese enfrentamiento se comporta como un pulmón que trae el pasado y se lleva el presente a los confines de la Rusia Imperial.
Están en la nación hace más de cien años. El Delta los ignora. Practican el silencio para no envejecer.
En los mapas de Prefectura, el asentamiento figura como un punto negro. Nadie llega hasta el lugar. Los curiosos que han merodeado el territorio no han visto nada, ni casas ni puentes, como si se tratara de una mala jugada de la imaginación, pero los rusos están, y con ellos sus estrategias para no ser vistos ni oídos, ni incluidos en los mapas del Delta. Los avistajes en helicóptero arrojan los mismos resultados. No hay rusos. Nunca los hubo.
Las batallas entre ellos son sangrientas pero transcurren en silencio. Los muertos se entierran al día siguiente del combate, en las soledades más inmensas de la mente. Morir no es azar.
Sus tradiciones permiten santos. Se les fabrican camitas para poner debajo de las camas. Con las inundaciones los santos viajan en sus barquitas rumbo al Vacío.

en “Islario fantástico argentino” Buenos Aires : Siwa- Biblioteca de los Confines, 2018.

lunes, 27 de febrero de 2017

Heráclito nada (Alberto Muñoz)



Alberto en su casa del A. Espera /2016



I


Olvido lo que hay que olvidar estando despierto; nadie sueña si no nada. Miro una orilla reverdecida que puede ser un ojo; la razón es un pequeño ojo. Lo que me rodea parece triste pero es pura sagacidad. Una razón desestabiliza todas las palabras que el oído no puede soportar. Se rompe la cáscara contra la orilla. Llegan noticias que viajan por el aire como nubes o desprendimientos. Habla una voz que hemos construido para entendernos. Nadando la voz se fatiga y sufre. La voz no esconde sus lujos. La voz es el manjar de la muerte.


2


El agua sale por la boca, es una fuente; se adhiere a la comunidad. Común es el aire que la lleva y la mueve. Común es la respiración que se adhiere a la comunidad. Viene de otro lado el ruido de unos escombros cayendo sobre la chata membrana del río. La comunidad se rompe, nace suavemente un huevo, un vicio lleno de saberes. El agua no sabe, muere cada vez que sabe. El agua es comunal. El saber, descomunal.


3


Los pies tocan la orilla. El cuerpo montado sobre ellos es amarillo y caliente. Caminando sobre una verde estación de hojas comienza la música. El cielo es el único tamaño a considerar. Si estuvieras cerca diría: Me complace tocarte y darte un tamaño mayor al de toda mi vida. ¿Sabés cuánto mide mi vida?


4

Tu perro está triste, Deberías enseñarle a nadar. Esos huesos que roe no pueden ser más que hiedras parásitas. Deberías atarle al cuello una felicidad bien enhebrada, leche de los astros que pueda sosegar su ferocidad. Yo tengo pocos animales a mi cuidado. Me complacería tener una boa, pero requiere cuidados que sólo le otorgué alguna vez a mi madre y hace mucho tiempo.



de "Los apestados / Heráclito nada" Ediciones en Danza, 2016.


Alberto Muñoz nació en Buenos Aires en 1951.Es poeta, músico, dramaturgo y guionista. Una de las voces esenciales de nuestro río, habita hace dos décadas una casa en el Arroyo Espera - delta de Tigre. Últimos libros publicados: El naturalista (En Danza, 2010), La luz contra el centeno, antología (Continente, 2013), Leyland (En Danza, 2015)

lunes, 26 de octubre de 2015

El Delta poético: un refugio natural para la literatura (Carolina Esses para LN 25/10/15)















                                                                   Pablo Bernasconi


Oliverio Girondo y Norah Lange le imprimieron la bohemia de los años treinta, las fiestas, las reuniones literarias. Lugones, su sello de muerte: en 1938 ocupó una habitación en el recreo "El Tropezón" y se tomó un frasco de cianuro. Rubén Darío, Rafael Alberti, María Teresa León, Silvina Ocampo, Olga Orozco: todos pasaron por el Delta, les cantaron a esas aguas amarronadas y densas, a los sauces, a los camalotes que cierran los riachos.

Fue refugio -aunque también centro clandestino de detención- en años de la dictadura: Diana Bellessi, una de las voces poéticas que hoy más se identifican con el paisaje isleño, llegó por primera vez en 1976. El rinconcito en el arroyo Felipe donde se instaló fue, según cuenta en el documental El jardín secreto (2013) -dirigido por Diego Panich, Claudia Prado y Cristian Constantini-, un Edén recién descubierto en medio del infierno que se vivía.

Paraíso anfibio de sauces, ceibos, juncos que crecen como plaga; "masa de verdura", como dijo Sarmiento en 1875; "Paraná incomparable" para el uruguayo Marcos Sastre en su libro El Tempe Argentino (1858); "una tierra encantada cuya realidad apenas podíamos imaginar", según comerciantes ingleses del siglo XVIII: la historia poética de la zona comienza con los guaraníes y su tradición oral de verso y canto -"¿Algo tienes para comunicarnos colibrí?/ ¡Colibrí lanza relámpagos!"- donde se celebra al jaguar, al pájaro.

Los versos llegan en las versiones del etnógrafo paraguayo León Cadogán, quien en los años veinte supo ganarse la confianza de las comunidades de la zona. Y no se pierden: los versos de los poetas actuales recogen el legado. Porque con su vegetación cerrada y su infinidad de arroyos, el Delta sigue siendo el lugar ideal para aquellos que necesitan escaparse del ritmo de la gran ciudad para escribir.

Algunos, como Bellessi, Alberto Muñoz, Javier Cófreces o Alicia Genovese, tienen su casa en el Delta desde hace años y suelen pasar temporadas enteras ahí. Otros, como Nurit Kasztelan, fueron a pasar Año Nuevo y no pudieron dejar de volver. Empezaron a ir los fines de semana, a pasar una temporada o dos. Kasztelan compartía casa con algunos escritores. Se turnaban para escribir. "Hay toda una movida en el Delta -cuenta-. Gente que busca un tiempo distinto, que las cosas transcurran de otro modo y esto es propio de los poetas."

Ni monte ni selva, el "continente isleño". como lo llaman Cófreces y Muñoz, autores de ese tratado poético sobre la zona que es Tigre (Ediciones en Danza), parece materializar el costado poético del lenguaje, es decir, esa zona en la que se abandonan las certezas y las palabras exploran otros tonos y matices.

Inmutable y móvil


No hay orden que rija el Delta. Tampoco lugar donde apoyar el pie porque lo que hay, siempre, es barro resbaladizo y oscuro. El Delta es móvil, variable en su propia inmutabilidad. "Las dos orillas que propone el río muestran lo mismo -dicen Muñoz y Cófreces-. Sin embargo, ?lo mismo' es cambiante, en una renovación intolerable."

Basta con salir de la estación y subirse a la lancha colectiva para entrar en una lógica que nada tiene que ver con la de los barrios privados o las urbanizaciones cerradas que paradójicamente lo rodean. El Delta es exuberancia y precariedad. Los pies abandonan tierra firme y empiezan a moverse por un territorio que al mismo tiempo abraza y ahoga, donde los límites entre tierra y agua no son claros, donde una crecida puede darse en cuestión de horas dejando al viajero sin posibilidad de salir. La mirada se agudiza. El paisaje pide una atención especial en relación con lo pequeño, lo mínimo: el bichito que camina por la hoja, la gota de lluvia que cuelga del helecho.
Además de poeta, Marisa Negri es docente en la escuela secundaria de Paraná Miní. Administra el blog pájaro de mimbre, una antología sobre poesía isleña que empezó siendo un proyecto para el Fondo Nacional de las Artes. Ahí están desde los versos de Silvina Ocampo en su "Plegaria de una señora del Tigre" hasta una foto conmovedora: Haroldo Conti y Rodolfo Walsh de espaldas a la lente, de frente al río. Conti, particularmente, amaba la zona y eso es evidente en novelas como Sudeste, con impronta poética. Su casa a orillas del arroyo Gambado es hoy un museo. Desde 2010, Negri organiza junto a Alejandra Correa el ciclo "Poesía en la escuela". Si hay alguien que conoce y milita a favor de la movida poética del Delta, es ella. Cuenta que hay talleres, encuentros y un ciclo en su casa que se llama "Poesía en el muelle", en el que invita a "leer para los bagres".

A la hora de nombrar un poeta isleño la referencia es necesariamente Carlos Enrique Urquía, cuya obra reunida (sus cuatro libros sobre el Delta) acaba de publicar Ediciones en Danza bajo el nombre de La Islíada. Urquía vivió desde pequeño y hasta su muerte en 2003 en San Fernando. "Es de los pocos que hablan del Delta desde su permanencia en él -cuenta Negri-. Pero los poetas nativos de las islas, a excepción de los guaraníes, son mis alumnitos de la escuela. Todos los demás sólo somos viajeros fascinados o venidos a las islas."

Negri vive, junto a su compañero de toda la vida, en el "otro" Delta, cruzando el Paraná de las Palmas, lejos de las casas de fin de semana ("esas casas de juguete destinadas alweekend de la metropolí", como escribía Roberto Arlt en 1941), una zona donde, si se tiene suerte, se puede llegar a ver alguna cierva esconderse en el monte. "Mi relación con el Delta comienza en la primera infancia -cuenta-. El lugar en el que vivo se llama Nautilus, nombre que mi tío abuelo le puso en homenaje al stud de caballos de mi tatarabuelo, Domingo Torterolo. La primera casa, a la que yo venía de chica con mi abuelo y con mi papá, con la muerte de mi viejo fue abandonada y finalmente se la llevó el río de a poco."

Marisa regresó al Tigre y construyó la casa en la que vive con sus propias manos, tratando de modificar el entorno lo menos posible. "Vivir acá es abandonar el control y dejar que la naturaleza retome el mando. Al principio o si estás de visita puede resultar abrumador: todo el verde es igual; todos los pájaros, parecidos... pero con el tiempo eso empieza a cambiar, empezás a nombrar el mundo, a reconocer a los pájaros por su comportamiento, por su canto, por su plumaje."

El Delta es el agua pero también la posibilidad de la isla y, como tal, la utopía de fundar un mundo nuevo: "El terreno fue desmalezado -dice Genovese en el poema que abre la sección "Diario del Delta II" del libro Química diurna (Alción)- y la tierra apareció rugosa/ como la piel de un recién nacido". Basta pensar en Xul Solar, que vivió sus últimos diez años en Li Tao, una casa a orillas del río Luján. La muestra del Museo de Arte Tigre -se puede visitar hasta fin de año- muestra cómo Xul plasmó en la obra de esos años lo que sería la arquitectura de las islas, las fachadas de sus casas, la filosofía que inspiraría a sus habitantes: de qué modo imaginó ese lugar ideal como territorio real.

El Delta exige un esfuerzo físico: hay que hachar, quitar la maleza, hacer acopio de provisiones. En este sentido, es el espacio de la aventura. Ahí van Cófreces y Muñoz en una canoa a través del Paraná para poder hacer un libro que es a la vez poemario y catalógo de árboles. O Diana Bellessi, según la vemos en el documental, ocupándose del árbol caído después de la tormenta, buscando al isleño capaz de hacharlo. Ella misma dice, en un fragmento bellísimo del film, que encontró ahí, en la isla, en un rincón del monte, su propio continente africano, ese con el que soñaba de niña y que parecía siempre inalcanzable. Como en las Metamorfosis de Ovidio, la isla transforma: se puede ser al mismo tiempo serpiente, jaguar, araña que trepa y la misma hiedra aferrada al tronco. La isla, uno de los libros de Mercedes Araujo, refleja esto.

Al igual que el personaje de Defoe y también como el poeta, el isleño tiene el mundo ahí, al alcance de la mano, sólo hace falta ponerle nombre para que de verdad exista. Esto, por un lado, se relaciona con el afán del naturalista que etiqueta la fauna y la clasifica. Pero, por el otro, de lo que se trata es de armar un bestiario personal, de inaugurar un paraíso propio en el que lo referencial pierde peso. Construir una poética, como suele decirse.

"El Delta, en mi caso -explica Muñoz vía correo electrónico- es un hemisferio cerebral. Allí están las fijaciones, la pobreza, la infinitud, las ramas y los árboles posibles, el río, las canoas, los perros y el cielo o el espejo propio de los hongos. Eso a veces coincide con el paisaje y a veces no. Ahí están, en ese territorio, las ranas, los grillos y los musgos. Ahí, en ese tejido, en ese telar, se expresan historias de orilleros, historias oscuras y bellas. La isla aísla, repele, se come todo con sus fauces de tierra y raíces, pero ese animal es el que amamos."

lunes, 29 de junio de 2015

Ranita bonaerense / Zoo insular Ediciones en Danza 2015





Desayuna en el jardín


en compañía del silencio del día.


En su interior guarda secretos


y en su exterior pinta naranjas.


Vive debajo de los botes,

o de ramas que encuentra

cerca de los charcos.

No le teme a la intemperie.

Se hizo religiosa

de tanto cenar mantis.

Por las noches, antes de dormir,

reza y croa al mismo tiempo




en "Zoo insular" Cófreces & Muñoz ilustrado por Martino

Pequeño Ratón Ilustrado

Ediciones en Danza

2015

martes, 3 de junio de 2014

Almanaque isleño: Junio (Alberto Muñoz y Javier Cófreces)

Cartas deltianas / Horacio Gerpe



Es el mes donde la noche se lleva a sus criaturas hacia un fondo común, y la isla se torna una ciudad de libélulas actuando en el teatro de los cañaverales. Murciélagos en el estaño de los almacenes reclaman la caña quemada y conversan distendidos como ratas. Aguas contaminadas, hospitales de caracoles que expresan la piratería a lo largo de la historia americana. De cualquier modo se puede navegar y pescar en la oscuridad. La luna permite que los botes, fondeados como bolsas de agua caliente, cobijen a los amantes que bogan por el río, hablando de la luna y de los hijos que vendrán como racimos. Los palos de la luz se tornan transparentes, también las anguilas y sus monasterios de barro. Sobre el final del mes, una gran competencia de veleros viene del phalus con sus marineros bronceados que bailan con la caída de la luz, sudando y chillando sobre las bombas de achique.



viernes, 23 de mayo de 2014

Almanaque isleño: Mayo (Javier Cófreces y Alberto Muñoz)

                                                                             Horacio Gerpe



Las orillas son paradógicas y la tierra se mueve perentoriamente.

El agua leída en la margen del río es el falso telón de los hijos de Cortés.
Un doble fondo en los limoneros deja liberada a la víctima y el perdido fantasma Azteca que ha llegado flotando es olfateado por los perros del monte.
Así es mayo, un desenterrador desaforado.
El isleño busca con su pala lombrices para la pesca y desentierra de las zanjas el cuerpo de un tractor histórico.
Oxido para encarnar: bogas de zinc, pejerreyes remachados, dorados enchapados.
Hay un trato con las tortugas de agua para que canten en los fondos del rio, la épica de su navegación. Mayo no es el Caribe sino el menoscabo de las algas.

lunes, 31 de marzo de 2014

Almanaque isleño: Marzo (Alberto Muñoz & Javier Cófreces)




El navegante de los nervios / Horacio Rodríguez Gerpe
dibujo a lápiz de color y pastel

Marzo es un buen mes para matar a la madre. 
Los viejos remeros no nos delatarían, menos aún las hormigas que ante la proximidad del otoño pasan a retiro sus conocimientos de hidráulica para tejer sobre bastidores amarillos. 
El comienzo del período escolar es el más propicio para esconder el cadáver de una madre. 
Nadie buscará al homicida cuando se trata de cotejar precios de reglas escuadras, transportadores y tinta Pelikan azul lavable. 
Las maestras deberían desaparecer junto a las madres, aplastadas por el árbol de la vida o por las botellas con estiércol que arrojan los murciélagos desde las aspas de los ventiladores de techo.
En marzo los insectos triplican su tamaño y la isla comienza el cambio de color, llenándose de materia inexplicable.
Sarmiento respiraria aliviado, tras los ataques da asma que le producia el receso lectivo

Almanaque isleño: Abril (Alberto Muñoz & Javier Cófreces)


Moradas filosofales / Horacio Gerpe





A lo largo del mes las casas se hunden unos centímetros, cansadas ya de sostener el peso de las cocinas económicas. Hay un acopio de leña y de hongos que parasitan las fallas antiguas de la madera. Los pájaros levantan el edificio de la tradición. Parlotean como viejos sargentos, dando órdenes para que el verde erotismo trabaje sin exceder la inteligencia de las anguilas. Reaparecen las fogatas, la presencia de Haroldo Conti y el humo liberado por el tránsito de tijeretas que abren sus colas con mayor convicción. El trabajo violento y de zozobra de la comadreja es estudiado con fines sonoros, para escribir o leer a primera vista sones y estribillos adheridos a los muelles después de una bajante. Viejas semillas del guaraní hacen dulce con los postigos. Las casas son pintadas a la mañana y despintadas a la noche por los insectos removedores de esmaltes. La madera se torna quebradiza y detrás de ella viven bichos ruidosos haciendo su anónimo trabajo.

domingo, 23 de marzo de 2014

Aria para don Juan L (Alberto Muñoz)



portada del disco de Liliana Vitale en donde aparece esta canción de A.M.





Tiene
 la edad de lo tanto
sangre
uva de parral
quiso morirse a versos
solo
lento
puro Paraná.

En la hierba
siesta
cuna de dormir
lo hondo
suena la pedrada seca
como un octubre
sin fondo.

Tiene
por el sauce
las venas
 rojas
de urdimbre
Y tinta
puro Paraná.
Tiene
 por el sauce
las penas
rojas
de tinta y vida
puro Paraná.

Cuando el terror infantil
vuelve carnaval la aurora
y de las aguas del patio
se nacen las mariposas
un filo
de cuchilla agria
separa el viento
y las hojas.

Algo
 o alguien
o piedra alguna
tuvo que robarle
a las ramas
el secreto…
cómo se van
moviendo
las cosas

en su sitio.

Desguace (Alberto Muñoz)


río paycarabí / invierno 2013- marisa negri





Una mancha pasa río abajo, es gasoil, hay un desguace cerca de aquí. La vieja lancha almacenera va camino al cementerio, hundida en el agua saluda por última vez.
La torcacita canta por motivos ajenos a ese cuerpo de clavos que el río arrastra. Como un jinete, el patrón de la almacenera viaja aferrado a su timón, muerto de frío. El viento barre una cinta de luto, el ojo rosado del gasoil extermina los helechos de la costa y los huevos del caracol.
Una opulencia de hormigas negras llevando a sus tierras subterráneas excrementos y hojas bermejas  forman un camino, ¡Ah, imitan las arquitectas divinas el periplo de la barca al cementerio! Lo mismo sucede por el río que por la tierra; un brazo rápido tuerce los rosales (también los pétalos sienten el martirio). La drupa pequeña del álamo envía al funeral sus frutos comidos, sus parásitos.

¡Éste es el paraíso terroso y anaranjado! Nec spe, nee metu, ni esperanza ni miedo.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Totoras (Alberto Muñoz) de El Naturalista (Ed. En danza 2010)




El chimango nada sabe de la eléctrica tristeza del cauce, se confía al plumaje y a la carroña como un escritor a la puntuación. La vacilación se obstina en su misión sombría: qué hay que decir, qué hay para callar.
Quiero que conozcas la espadaña: Thor Heyerdahl y Quitín Muñoz navegaron en ellas por las dudosas singladuras transoceánicas, durmieron menos en las aguas que en la vegetación.
Ese biguá sobre la rama de un fresno americano mira desahuciado tu fantasma, “se pudren los techos en las islas-decís burlonamente-,no hay ángel que no pese demasiado”.
Se va el día mientras ( a la sombra del viejo fresno, tu obra también se reclina en el follaje del mundo) juntamos higos disipados que cuelgan disciplinadamente de una planta retorcida. Canta un gallo (demasiado tarde); no son de las islas los gallos, ellos también vacilan con su canto extremo, ¡tanta agua!, tantas crecidas que sumergen los terrenos, un susurro que viene desde el fondo de los tiempos para reverdecer y ahogar. No debe ser fácil para un gallo comprender esa aventura alucinatoria. Se hacen al lugar, inconstantes como fósiles vivos que cantan pero no despiertan. Hay una creencia – pero es mejor callarla- de que los gallos dominan las mareas.
¿Viste como el sol baña las totoras?, parecen gasas encendidas por el fuego quemando nidos, cuises y culebras. Caminemos hasta los zanjones, ahí están las anguilas, pequeñas nubes enloquecidas, llenas de azúcar y de muertes secretas, inofensivas. Dejemos que se hundan las botas en este barro joven.

Miremos desde aquí las totoras, oigamos a las sirenas venir desde los sórdidos arenales.

sábado, 6 de julio de 2013

Mariano Aguirre (Javier Cófreces y Alberto Muñoz)






Cofreces & Muñoz: publicaron Venecia negra (2003), Canción de amor vegetal (2005) y Tigre (2011).


Mariano Aguirre (1947-1997)
Bebedor de San Fernando


Tan pobre, tan pobre
Que sobrevivía con lo que sacaba
Con su vetusta caña de pescar
Encarnaba con lombriz
A orillas del Luján

Así todos los días
Cuatro horas cinco bagres y a cobrar
Hora más hora menos
Pescado más pescado menos
Así todos los días

Una tarde dijo basta
Se tiró al río
Cuando venía la colectiva
Y lo agarró el motor
La hélice de bronce lo descuartizó

Sus pedazos los velaron
A cajón cerrado
En la Unidad Básica de Carupá
Asistió el intendente
Varios conocidos de la zona
Sus padres y su mujer
Con un hijo en el vientre
Y el  pescado del mediodía

en las tripas.