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miércoles, 21 de agosto de 2013
Un bañista (Daniel García Helder)
El aire que el Paraná reenvía,
esporádico, bajo la forma
de una ráfaga humectante
al banco de arena, desciende
sobre los cuerpos
expuestos a este sol, cenital,
doblado por el agua
y los puestos de gaseosas.
Hacia esa bañista,
que reposa sobre un rectángulo
de lona y mira a lo lejos,
en direción a
El Espinillo, no siento atracción
o repulsión; apenas
interrumpida por las piezas
del biquini, la superficie
de su piel cintilla aquí y allá,
difunde, como algo de bronce,
relumbrones que quiebran
la opacidad de la mirada.
martes, 30 de julio de 2013
Oda a los viejos y grandes ríos (Ricardo Molinari)
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| Atardecer sobre el Río Paraná / marisa negri |
De pie, alejado y sin beber, miro los grandes ríos de mi país,
salir con sus enormes lenguas oscuras hacia el mar.
Los ríos abiertos, angustiadores, abrasados por el sol y la soledad sombría,
llegan al sur con sus dulces bocas melancólicas,
con sus continentes de flores;
con sus generosas venas apoyadas en el cieno.
Yo los he visto en las altas madrugadas acercarse como pájaros solitarios,
y tocar la llanura, espantados, bebiendo sus lágrimas y enterrando sus laúdes.
La planicie aplaca la voz y enceniza la piel de los labios,
y arde el corazón alegre con su fuerza y sus vientos infinitos
-perdidos-
debajo de sus incansables cielos que llegan hasta el llanto.
Los ríos vienen con sus bañadas espadas, con sus rotos albornoces amarillos,
con sus innumerables pueblos para arrojarse en el mar.
Yo permanecí todo un día, alguna vez, mirándolos y sentí como el sol se ponía detrás de mi espalda
y anochecía por una parte de mi cara, y no pude detener las lágrimas.
Los ríos grandes bajan hacia el sur cargados
de lluvias, enloquecidos de verano,
de los insectos, de sus enormes flores pesadas que crecen en la noche
y lucen sobre la corriente fragante: sobre el harpa suave.
Llegan apretados a unir sus antiguas cabezas-los guardados cabellos-
y a mover sus cuerpos desnudos- la deleitosa frente- en el agua salada.
¡El mar desierto recoge nuestras soledades continuadas!
¡Oh, dulce Paraná!, flor, río, padre de islas y largas costas,
enaltecido por los ancianos bardos de mi país;
ciego en tu eternidad, acaricias tus ciudades
como a una inmensa piel abandonada. Ellas te miran pasar por debajo de hermosos árboles,
sobrio, con tu canasta de raíces y flores azules.
Tras de ti el aire, la luna, las tierras altas,
los ligeros caballos, el viento caluroso,
los pájaros, el manguruyú y los pequeños ríos
donde moja la furiosa lengua
el ocelote.
Te vuelves hacia el mar, sin huida, con los amarillos ojos cerrados, corpulento,
y sin sumisión golpeas con los abiertos brazos
las islas, las rabiosas ramas: los muros últimos de la tierra
¡Solo!
El Uruguay arrastra sus piedras, sus caracoles, y sus hinchadas nubes por el naciente;
los fortunados cuerpos y las rotas amapolas.
¡Oh ríos, fuentes de la memoria!
sábado, 13 de julio de 2013
Baladas y canciones del Río Paraná (Rafael Alberti)
Rafael Alberti (1902-1999) España. Poerta vinculado a la Genaración del 27. Vivió en Argentina hasta 1962. Estos poemas pertenecen a Baladas y canciones del Río Paraná (1953)
¡Qué tangible aparición!
Revelada maravilla.
Hay realidad que es más sueño
que el que inventa la vigilia.
Al bañado le ha salido
un pulmón de sangre tibia.
Beben en él los caballos
sangre de la tierra, tibia.
Tibio el aire, eleva barcos
sobre el agua suspendida.
Las vacas bajan del cielo
a beber la sangre tibia.
Es el otoño y la tierra
me nace desconocida.
No sé si es verdad o invento
de mis ojos lo que miran.
Balada del andaluz perdido
del otro lado del río.
-Río, tú que lo conoces:
¿quién es y por qué se vino?
Vería los olivares
cerca tal vez de otro río.
-Río, tú que lo conoces:
¿qué hace siempre junto al río?
Vería el odio, la guerra,
cerca tal vez de otro río.
-Río, tú que lo conoces:
¿qué hace solo junto al río?
Veo su rancho de adobe
del otro lado del río.
No veo los olivares
del otro lado del río.
Sólo caballos, caballos,
caballos solos, perdidos.
¡Soledad de un andaluz
del otro lado del río!
¿Qué hará solo ese andaluz
del otro lado del río?
sábado, 6 de julio de 2013
Oda al Paraná (Manuel José de Lavarden)
Manuel
José de Lavarden (1754-1808)
Oda
al Paraná
Augusto Paraná, sagrado río
primogénito ilustre del océano,
que en el carro de nácar refulgente,
tirado de caimanes, recamados
de verde y oro, vas de clima en clima,
de región en región, vertiendo franco,
suave verdor y pródiga abundancia,
tan grato al portugués como al hispano;
si el aspecto sañudo de Mavorte,
si de Albión los insultos temerarios
asombrando tu cándido carácter,
retroceder te hicieron, asustado,
a la gruta distante, que decoran
perlas nevadas, ígneos topacios,
y en que tienes volcada la urna de oro,
De ondas de plata siempre rebosando;
Si las sencillas ninfas argentinas
Contigo temerosas profugaron
Y el peine de carey allí escondieron
Con que pulsan y sacan sones blandos
En liras de cristal, de cuerdas de oro,
Que os envidian las Deas del Parnaso;
Desciende ya dejando la corona
De juncos retorcidos, y dejando
La banda de silvestre camalote,
Pues que ya el ardimento provocado
Del heroico español, cambiando el oro
Por el bronce marcial, te allana el
paso,
Y para el arduo, intrépido combate,
Carlos presta el valor, Jove los rayos.
Cerquen tu augusta frente alegres lirios
Y coronen la popa de tu carro,
Las ninfas te acompañen adornadas
De guirnaldas, de aroma y amaranto,
Y altos himnos entonen, con que avisen
Tu tránsito los Dioses tributarios.
El Paraguay, el Uruguay lo sepan,
Y se apresuren próvidos y urbanos
A salirte al camino, y a porfía,
Te paren en distancia los caballos
Que del mar Patagónico trajeron;
Los que ya zambullendo, ya nadando,
Ostentan su vigor, que mientras llegan
Lindos Zéfiros tengan enfrenados.
Baja con majestad, reconociendo
De tus playas los bosques y los antros.
Extiéndete anchuroso, y tus vertientes,
Dando socorro a sedientos campos
den idea cabal de tu grandeza.
No quede seno que a tu excelsa mano
Deudor no se confiese. Tú las sales
Derrites y tú eleva los extractos
De fecundos aceites; tú introduces
El humor nutritivo, y suavizando
El árido terrón, haces que admita
De calor y humedad fermentos caros.
Ceres de confesar no se desdeña
Que a tu grandeza debe sus ornatos.
No el ronco caracol, la cornucopia,
Sirviendo de clarín, venga anunciando
Tu llegada feliz. Acá tu hijos,
Hijos en que te gozas, y que a cargo
Pusiste de unos hijos tutelares
Que por divisa la bondad tomaron,
Zéfiros halagüeños por honrarte,
Bullen y te preparan sin descanso
Perfumados altares, en que brilla
La industria popular, triunfales arcos
En que las artes liberales lucen,
Y enjambre vistosísimo de naos,
De incorruptible leño, que es don tuyo,
Con banderolas de colores varios
Aguardándote está. Tú con pala
De plata, las arenas dispersando
Su curso facilita. La gran corte
En grande gala espera. <ya lo
sabios,
De tu dichoso arribo se prometen
Muchos conocimientos más exactos
De la admirable historia de tus reinos,
Y los laureados jóvenes, con cantos
Dulcísimos de pura poesía
Que tus melífluas ninfas enseñaron
Aspiran a grabar tu excelso nombre,
Para siempre, del Pindo en los
peñascos,
Donde hoy más se cantan tus virtudes
Y no las iras del furioso Janto.
Ven sacro río, para dar impulso
Al inspirador ardor; bajo tu amparo
Corran como tus aguas nuestros versos,
Llevarás guarnecidos de diamantes.
No quedarás sin premio (premio santo!);
Y de rojos rubíes, dos retratos,
Dos rostros divinales, que conmueven;
Uno de Luisa es, otro de Carlos.
Ves ahí, que tan magnífico ornamento
Transformará en un templo tu palacio;
Ves ahí para las ninfas argentinas,
Y su dulce cantar, asuntos gratos.
Canto al Paraná (Carlos Alberto Débole)
Carlos Alberto Débole (Buenos Aires, 1915-1990). Principales obras: La soledad repleta; Canto al paraná; Zoo entrañable; Tiempo de la carpintería; ñandú; De nuevo amor; De garzas y de flamencos; Memoria del futuro; El cobrador de olvidos; El hueso florecido; Poemas de piedra; Desván de aparecidos, La garza y el cazador y Violaciones geométricas.
Canto
al Paraná
El olor de la luz. Las humedades
Cubiles del helecho y de la ortiga,
Constelación de monos y de plumas,
Capital de tortugas y palmeras.
De esa viva redoma tan recóndita,
De esa vértebra verde, madre agreste,
Zarpa el río su hosanna por América.
Monte y cielo pariendo la jornada.
Se integra a los descalzos de su vera,
Los del mismo color reconcentrado
De esa tierra escondida y alfarera.
Los de manos que trenzan el bejuco
Y panes de mandioca redondean;
Los arqueros de elástico sigilo,
Que desvelan el sueño del venado
Aguzando en la piedra sangre y flecha.
De ese umbrío relieve, de esa esencia,
Con su río de viaje sale América.
Sudor de pescador, saliva y lágrimas,
Por el torso del agua en la maleza.
En el claro, la aldea amanecida
Mueve adanes atávicos de ritos
E indiecillos ventrudos que oscurecen
Esa impronta del río que serpea.
Rompe nudos de lianas y anacondas,
Empuja islas, caimanes, camalotes,
Prueba en Guayrá su líquida garrocha,
Brasil y Paraguay son sus riberas.
Aún están los desnudos, los descalzos,
Los lacios del asombro y de las
máscaras,
Con sus brujos, payés, sus exorcismo,
Entre orquídeas y azules mariposas.
El río aceza persiguiendo sures
Por su de siglos renacer continuo
Y el Iguazú de azules sosegados
Alcanza con sabor ya de Argentina.
Destilando su selva, sus raíces,
Derramado de América, la oscura,
Lancina el Plata de ingle generosa.
Rostros blancos venidos más allende
Se acercan a ese norte lentamente,
Ese centro del mapa donde arden
Esquivos sagitarios, los hermanos,
Esos puros, descalzos, los América.
Este río es su himno cotidiano.
Oda al Paraná (Ignacio Anzoátegui)
Ignacio Anzoátegui (1905- 1978). Principales
obras: Romances y jitanjáforas; La rosa y
el rocío, Desventura y ventura del amor; Mitología y víspera de Georgina;
Dulcinea y otros poemas y Poesía para
1973.
Oda
al Paraná
Por aquí pasó la Conquista metiendo ruido
de espadas y corazones,
Cuando los corazones y las espadas eran
de los hombres.
Entonces la gente sabía que Dios estaba
en la selva y en el río
Y que el río y la selva alababan a Dios
desde el Principio.
Entonces los ojos buscaban en el cielo
los ángeles ausentes
Porque la vida servía para la muerte.
Por aquí pasaron los cascos abollados
de los guerreros
Y las plumas deshechas que conocieron
los vientos del Océano.
Y los jirones de los estandartes
Y las picas que destrozaron la maraña
de los combates
Hombres de fiera sangre tiñeron en
sangre roja
Las aguas de este río. Fueron contra la
selva musculosa
Y atropellaron la aventura como quien
ofrece la vida irreparablemente.
Porque la vida servía para la muerte.
Hombres de dura carne que laceraron sus
almas en el sacrificio
Mortal de cada día contra la soledad y
el indio.
Hombres que renunciaron a la vida en la
demanda de una nueva vida
Que era muerte ganada en esperanza de
muerte ilustre y vida verdadera.
Por aquí pasaron los navíos con un
motín de viento en los velámenes,
Quebrando las maderas del oleaje.
Iban descabezando sueños de tristeza
con el vaivén solemne y pensativo
Que trajeron de los amaneceres solos y
de los crepúsculos tendidos.
Navíos sacudidos de olas en la
epilepsia eterna del Atlántico,
Velámenes acariciados por las brisas
con un temblor de pájaros;
Navíos que se perdieron en las
fabulosas rutas de las serpientes,
Velámenes que levantaron su blancura en
la viva acuarela de las agua celeste,
Iban pechando agua del Paraná rotundo,
monstruosamente graves,
Con su carga de ojos implacables.
Iban pidiendo guerra los ojos, guerra
santa
En la tierra de infieles, guerra de
espada y lanza
Donde trocar el filo de la espada en
martirio
Y la gloria del mundo en la palma del
sacrificio.
Pedían muertes de mártires y Dios les
otorgó el milagro de la vida,
Porque así convenía a los designios de la Providencia divina
Pedían gloria de héroes y Dios
precipitó la gloria sobre ellos
Para gloria del mundo y para
espectáculo de los cielos.
Por aquí pasaron los hombres que traían
la violenta decisión dependerse
Y atravesaron leguas de agua y leguas
de malezas cortadas a machete,
Entre la víbora y el indio, que
acechaban el paso venturoso,
Y entre la sed y el hambre y el
derrotado suicidio del abandono.
Hombres que se atrevieron a la
virginidad de la tierra sagrada
Para arañar el oro; hombres que se
jugaron el alma contra las amenazas
De los dioses de América; hombres que
fueron hombres
En la fiera cruzada de los corazones.
Por aquí anduvieron las huestes
aventureras de la patria
Cuando la patria era no más que una
esperanza,
Cuando los galones dorados brillaban
todavía como los saraos virreinales
Y las manos temían ensuciarse con
sangre
Aquí los ojos de los patriotas se
azularon en el fervor de una bandera
Linda como u paisaje de cielo con sus
nubes veleras.
Por aquí pasaron los batallones que
encendieron la curiosidad de una patria
En la llamarada de los penachos y el
escándalo de fiesta de las espadas.
Por aquí se asomaron los caudillos
enredados de muertes y de violencias,
Cuando la tierra latía bajo el galope
duro de las montoneras.
Caudillos que apuraban las hazañas como
si apuraran horrores
Para condenar su alma victoriosamente
con fama de varones.
Caudillos que nacieron para el
entrevero sin salida que fue la guerra gaucha,
De donde sólo se volvía con la cabeza
del enemigo ensartada en la lanza.
Alaridos de vencedores sonaron sobre
las aguas y silencios de muerte
/tironeados de gritos
y una fila de sangre bajaba lentamente
a lavarse en el río.
(Sobre las ondas blandas pasaron dos
arcángeles que iban a unas bodas,
y tus ojos clareaban en mis ojos, y mi
boca se asomaba a tu boca gloriosa.)
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