Mostrando entradas con la etiqueta poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta poesía. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de septiembre de 2020

La voz del ciervo (Marisa Negri)






En el susurro de la hierba
y en el grito de la pavas
que hacen girar los engranajes del mundo
se quema la isla
en el ondular de los peces
que dejan apenas un trazo en el agua
y en el hueco que la ranita saltadora cavó debajo del ingá
se quema la isla
y más profundo
y mas leve
en el encaje de ñandutí que reveló el rocío
y en los mil huevos rosados que esperan en los tallos
se quema la isla
bajo la sombra de las hojas duermen su sueño las crisálidas
y el colibrí va veloz hacia el perfume
hay humo en el aire.
¿Qué haremos con lo que arde,
con lo que oprime y pavimenta lo no domesticado?
Escucha
La voz del ciervo.
Escucha
la voz del ciervo:
no somos tan distintos
también tu vida
lleva su porción de muerte.
foto: Lisandro Dorisboure (Itekoa, aldea de agua)

domingo, 3 de agosto de 2014

Aires aforísticos sobre el Paraná (Baldomero Fernández Moreno)

De uno de los libros más bellos de Baldomero Fernández Moreno (1886-1950),


 "La mariposa y la viga"  (1947)



Cuando el pelícano reposa, hace del propio plumón astillero para la piragua de su pico.

***

Aquella vela blanca en el fondo del río, no permitía cuajar del todo el crepúsculo nocturno.

***

El pejerrey del Paraná, blanco y opulento, es una magnolia río abajo.

***

Es más fácil torcer el curso de un río que el de un verso.

***

Hay un pájaro que canta a medianoche, como si quisiera despertar la selva y, como nadie le responde, calla, rojo de vergüenza en las tinieblas.

***

La caña de pescar es un arabesco con intenciones asesinas.

***

La garza mora: la ceniza hecha plumas.

***

La glicina: un montón de sogas florecidas.

***

Las palmeras son estrellas con las puntas dobladas

***

Ninguna fruta se empolva tanto las mejillas como la ciruela morada.

***

Todo barco tiene un puerto seguro: el de la noche

***



miércoles, 7 de mayo de 2014

Plegaria de una señora del Tigre (Silvina Ocampo)









Silvina Ocampo (1903-1993) nació en Buenos Aires. Desde joven estudió dibujo y pintura, uno de sus maestros fue Giorgio de Chirico. Publicó por primera vez en 1937 (Viaje olvidado). En 1940 se casó con Adolfo Bioy Casares, y ese mismo año compiló con él y con Borges una proverbial Antología de la literatura fantástica. Sus poemas y cuentos aparecieron en la revista Sur que dirigía su hermana Victoria. El poema pertenece a Enumeración de la patria (1942)





Yo fui quien dibujé con lápices violetas
tu nombre de animal salvaje en las glorietas;
yo te adulé en la infancia haciendo reverencias
al barro, y no a la arena, durante tus ausencias;
pensar en cómo duermen los peces ha ocupado
un sitio del ocaso que no será olvidado,
y al ver las superficies que abarcan tus espejos
he percibido cómo será lo que está lejos
y cómo será un crimen con un temido y triste
cuchillo en tus orillas, y el agua que persiste.

En láminas he visto, terriblemente hermosas,
cascadas coloreadas y grutas, y anhelosas
Ofelias y Narcisos, y todos merecían
tu náutico paisaje y no el que tenían.
Yo creo en la nostalgia que hace crecer tus plantas
queriendo con tus frutos alimentar a santas;
a veces Egipcíacas Marías, y Marías
a veces Magdalenas, amadas y sombrías,
coinciden con la imagen que ambiciona el follaje
de alguno de tus árboles con paciencia de encaje.

Por las enredaderas de madreselvas suaves
me escoltan las canciones de agradecidas aves,
y tienes que escucharme: no en vano habré escuchado
la voz de las sirenas del barco acaudalado.
Si quedas algún día sin mí, yo temo Tigre
que cambies y que mi alma buscándote transmigre
y no te encuentre nunca. No quiero otro lugar
de interminables playas, de rocas hasta el mar,
no quiero en San Isidro barrancas, ni en Olivos,
donde se ven de lejos los barcos fugitivos.
Cantidades de cielo te dan agua rosada,
durante muchas horas la misma agua admirada
parece hecha de tierra si no intervienen albas
o tardes donadoras de curativas malvas;
a veces he dudado que tu agua sea de agua,
que pueda naufragar mi cuerpo o la piragua,
y tienes que mostrarme flotando por tus cauces,
para saberte de agua, las ramas de los sauces.

Mezclándote a Venecia delante de una puerta
habitarán mi sueño cuando me quede muerta:
las sombras preferidas por tus flores de caña,
las violencias de enero, el goce que acompaña
el nadador lustroso, tus canales cruzados
por pasajeras frutas en barcos asoleados,
y siempre en el camino la ninfa con un jarro
y las muertes del bagre profundas como el barro.
Entre constantes álamos donde hay un benteveo
cantando diariamente, en tu delta me veo
fervorosa de ausencias como se está en un templo.
¡Lejana, y sometida, y atenta, te contemplo!

Conozco lacerantes delicias del recuerdo:
las palabras, los brazos amados, el acuerdo
que dicta el corazón, los gestos más frustrados
que vuelven incansables, los ojos invariados.
Me es fácil precisar un vestido lejano
con lisura de pétalo que usé un solo verano,
importantes y nítidas manchas de un cielo raso
el ritmo indiferente o aterrador de un paso.

Me encuentro cada día más habituada al puro
recuerdo. Por tu acuática floración te conjuro:
con islas empalmadas y con pequeñas selvas,
con remos y recreos, oh Tigre, cuando vuelvas
y ya nadie me vea buscando tus paisajes,
no inventes laberintos. Encontraré pasajes
hasta el río Luján, cruzaré el Abra Nueva
como en el paraíso la deslumbrada Eva,
me internaré en arroyos, como entre dos cristales.
Que no te falte nada, ni un canto de zorzales,
ni la podrida fruta, ni el negro caracol
con su inmundo secreto que al sol es tornasol,
ni tu íntima pobreza de ranchos sostenidos
en lo alto por estacas, ni tus líquidos ruidos,
tus sapos y murciélagos que estremecen tus noches
tibias como invernáculos, ni tu ausencia de coches.
Que no te falten lanchas, la soga que se anuda,
ni el desembarcadero con mi sombra desnuda,
ni días de regatas y solitarios gritos,
no, ni los esplendentes ocasos con mosquitos.

¡Qué interminable lista de cosas veneradas
tendría que nombrarte para ser agotadas!
Igual que el pez oscuro surcando la corriente
busca monotonías en el agua inherente,
con dicha de alcancía aguardo cumplimientos
de las repeticiones en todos tus momentos.
Me complace que Lohengrin se asocie a tus glicinas
y a los cisnes de Leda que en sueños me destinas,
me gusta el afectado olor de tu jazmín
del Paraguay: marchito, lo respiro hasta el fin.
Presérvame de miedos (de algunos) de una puerta,
de pozos en el barro donde me dejes muerta
con todas tus mareas, con latas y botellas
que tienen por las noches dobladas las estrellas.

lunes, 31 de marzo de 2014

Almanaque isleño: Marzo (Alberto Muñoz & Javier Cófreces)




El navegante de los nervios / Horacio Rodríguez Gerpe
dibujo a lápiz de color y pastel

Marzo es un buen mes para matar a la madre. 
Los viejos remeros no nos delatarían, menos aún las hormigas que ante la proximidad del otoño pasan a retiro sus conocimientos de hidráulica para tejer sobre bastidores amarillos. 
El comienzo del período escolar es el más propicio para esconder el cadáver de una madre. 
Nadie buscará al homicida cuando se trata de cotejar precios de reglas escuadras, transportadores y tinta Pelikan azul lavable. 
Las maestras deberían desaparecer junto a las madres, aplastadas por el árbol de la vida o por las botellas con estiércol que arrojan los murciélagos desde las aspas de los ventiladores de techo.
En marzo los insectos triplican su tamaño y la isla comienza el cambio de color, llenándose de materia inexplicable.
Sarmiento respiraria aliviado, tras los ataques da asma que le producia el receso lectivo

Almanaque isleño: Abril (Alberto Muñoz & Javier Cófreces)


Moradas filosofales / Horacio Gerpe





A lo largo del mes las casas se hunden unos centímetros, cansadas ya de sostener el peso de las cocinas económicas. Hay un acopio de leña y de hongos que parasitan las fallas antiguas de la madera. Los pájaros levantan el edificio de la tradición. Parlotean como viejos sargentos, dando órdenes para que el verde erotismo trabaje sin exceder la inteligencia de las anguilas. Reaparecen las fogatas, la presencia de Haroldo Conti y el humo liberado por el tránsito de tijeretas que abren sus colas con mayor convicción. El trabajo violento y de zozobra de la comadreja es estudiado con fines sonoros, para escribir o leer a primera vista sones y estribillos adheridos a los muelles después de una bajante. Viejas semillas del guaraní hacen dulce con los postigos. Las casas son pintadas a la mañana y despintadas a la noche por los insectos removedores de esmaltes. La madera se torna quebradiza y detrás de ella viven bichos ruidosos haciendo su anónimo trabajo.

viernes, 28 de marzo de 2014

El Delta (Carlos Enrique Urquía)


Serie del delta / Fermín Eguia



Óyeme
aquí te hablo
este puño amigo
la plata poesía que inaugura la herencia
una historia natural repartida en la estrella de la boca.

He crecido
el año que me instala
el que me mide
me puso tiempo
y subió mi existencia hasta el misterio.

Hombre
me citó hombre
y arregló como pudo la primera mañana en la cabeza
esta popa combada de la nuca.

Y me empujó hacia el viento
las líquidas ventanas de la infancia
la calle horizontal
inicial lógica
cuando los padres muertos no vigilan.

Desde aquí
mi asistencia enamorada.

No he llegado
he sido siempre la situación de amor
lo que transcurre
asombro y alegría
la orilla linde azul de tu paisaje
la ribera hacia adentro.

Algo como el tambor que tocan las estrellas
en la noche redonda de los grillos.

Delta del Paraná
vientre en el agua
tibio triángulo
pájaros y oxígeno.

Arenibarrijuncos de espadas verticales
como mi pecho.

Ranuras verdes
álamos y sauces.

El cardado equilibrio de los ceibos
la flor
un cardenal
un puntazo
se hirió la primavera.

Óyeme
aquí te hablo.

Desde el más cerca mismo del poema
desde su nacimiento admirativo
desde tus pies
oh Delta
y tus mojarras
ovalados relámpagos voraces.

Cuando mi brazo se arma para atender la cuota del hallazgo
las manos en cubeta
el agua curva y musculosa
y el feriado almanaque de las manzanas.

Los hombres me visitan y preguntan
es un continuo recibir
las cartas
un poco de pescado
la comida
serio acontecimiento hasta los hombros
ningún alivio para no tenerte
para salvar tu brazo de humedades
tu alfilerazo indígena
tu cielo de botella deshojada.

Óyeme
aquí te hablo Delta del Paraná
árboles árboles
plumivelocidades de pájaros lijados
corrientes
aguas altas
un hombre
una mujer
una familia.

El bote
escama azul al infinito
combado caballito de las islas.

El silencio también.

Golpea tu silencio en las puertas del aire
sólo un sistema de ángulos
silencios sostenidos
una relojería de silencios
tictaques átomos conque siembra el tiempo
diagramas del oxígeno pelado.

El silencio en la arteria de la noche
cuando la última lancha apaga su motor
y no existe una rama que cae en la masiega,

El silencio de las islas
hasta un zumbido ingenuo y se deshace
algo tocó su paño
la latamangangá desde los troncos
poroto alimetálico
ruido negro
centro que hierve
y se mueve el cuaderno y la memoria.

Desde este puño amigo
Delta del Paraná
para encontrarte
habrá de recitar toda la sangre
subir
bajar
tocarte en las mareas
y oprimir tus cinturas de humedades
tu ecuacional misterio
tu apogeo.

domingo, 23 de marzo de 2014

Poesía en el muelle 8: Miguel Gaya

Desguace (Alberto Muñoz)


río paycarabí / invierno 2013- marisa negri





Una mancha pasa río abajo, es gasoil, hay un desguace cerca de aquí. La vieja lancha almacenera va camino al cementerio, hundida en el agua saluda por última vez.
La torcacita canta por motivos ajenos a ese cuerpo de clavos que el río arrastra. Como un jinete, el patrón de la almacenera viaja aferrado a su timón, muerto de frío. El viento barre una cinta de luto, el ojo rosado del gasoil extermina los helechos de la costa y los huevos del caracol.
Una opulencia de hormigas negras llevando a sus tierras subterráneas excrementos y hojas bermejas  forman un camino, ¡Ah, imitan las arquitectas divinas el periplo de la barca al cementerio! Lo mismo sucede por el río que por la tierra; un brazo rápido tuerce los rosales (también los pétalos sienten el martirio). La drupa pequeña del álamo envía al funeral sus frutos comidos, sus parásitos.

¡Éste es el paraíso terroso y anaranjado! Nec spe, nee metu, ni esperanza ni miedo.

Pescados de río (Javier Cófreces y Brian de la EP20 del Paraná Miní)

Oda al Paraná VIII (José Carlos Gallardo)





VIII

La arcilla fue la espuma primitiva
del mundo, el agua adánica
esculpida, el primer sonido
oscuro que llegó desde la nada.
Final arcilla para el agua, adobe
numismático de las islas.
El paisaje es un hombre. Crece el aire
en un tronco amarillo, polvo líquido.
Los riachos
llevan en hombros casas arcillosas
expuestas como máscaras del sueño.
Gris, la tierra y el agua, la madera
y el aire.
Y sigue el río su abismal molienda,
su cálido glaciar terroso
que convierte en isleños pompeyanos
hombres y adobes con igual silencio.

Oda al Paraná (José Carlos Gallardo)

Ricardo Supisiche- La escalera-





III
Islas: embocadura de las aguas.
Las islas son el pan de la corriente.
En las islas, el sol es verde.
Las islas tienen milenarios
huesos de tierra, antes que el hombre echara
una primera capa de cadáver
a su propia memoria. Entre las islas,
el planeta corrige su cansancio.
Sobre las islas, los insectos
proclaman la absoluta incandescencia,
los densos animales hacen
opaco el clima,
los pájaros infectan como un polen
y los yuyos devoran aire o luz.
Entre las islas, el silencio
crece desde un graznido
y hay un perenne olor a flor acuática
y un excremento matinal
y un triunfo de rumores inoíbles
y una estridente claridad profunda
donde es innecesaria la palabra,
la paz, la muerte y el sentido
público de las cosas.




José Carlos Gallardo
Nació en Granada (España) en 1925 y murió en Buenos Aires en 2008.
 Ha publicado “Madrugada” (1946), “A media montaña” (1952), “Hombre caído” (1954), La ceniza (1965), entre otros.
Este poema pertenece a “Oda al Paraná”, una edición ilustrada por Carlos Alonso, Juan Batle Planas, Francisco García Carrera, Mario Grandi, Roberto González, Oscar Herrero Miranda, Matías Molina, Ricardo Supisiche, Carlos Uriarte, Julio Vanzo y Roberto Viola.

sábado, 22 de marzo de 2014

Isla "El silencio" Arroyo Tuyú Paré (Miguel Gaya)










Esta casa

de pilotes

cerrados

a cal y canto

Este claro de

pasto ralo

donde está la casa

Esta humedad

de las paredes

entre los pilotes


¿Para qué están?






Dentro de la casa

Debajo de la casa

Contra la pared

¿Quién se acurruca?



¿Puede alguien arrullarse

en medio de su dolor?


/¿Solo?/


¿Puede una muchacha

arrullarse

si tiene

los labios

agrietados por el dolor?


¿Y qué escuchan

sus oídos

si se arrulla?

¿Cuál es el sonido

que hace

y que

se expande

en la parte baja

de la casa esa

de pilotes tapiados?


¿Qué orejas tiene

la muchacha

que se arrulla?

¿Qué labios?


¿Cómo son sus pies

desnudos o/

¿Cómo sus manos

atadas?


¿Qué escucharon

sus oídos/ a los que

ahora llega

su propio

arrullo?/


¿Qué escucharon antes

de que ese arrullo

de ella misma

surgiera

de adentro de ella

por sus labios?



¿Pasa ese arrullo

los muros?


¿Queda?




¿Cómo vuela

o se enrieda

entre los árboles?/

Entre los árboles/


¿Quién canta?

¿Qué arrullo o canto o salmo

queda

/ ahora

entre los años/

/ y los arbustos?




/¿Quién

canta?




/¿Quién

tiene/



mi voz?

que tanto duele?




Las instalaciones de la Isla El Silencio fueron utilizadas por la Armada Argentina como campo clandestino de detención en la última dictadura militar

de "Siluetas en la corriente del río" Ediciones del Cronopio Azul. Bs As. 2000

Cerca del río Tigre un domingo (Miguel Angel Bustos)








Cerca del río Tigre un domingo

Pienso
en la gente
que descansa
en la tierra húmeda
en las calles de naranjas.
Hablan
y ríen
de lejos.
Sobre el río Tigre
cae
el aire helado.
Un sol
hunde
los pasos en las aguas.

30.7.61

(madrugada)






Miguel Angel Bustos
Nació en Buenos Aires, el 31 de agosto de 1932. Entre 1952 y 1956 desarrolla su pasión por los idiomas (inglés, francés, portugués, italiano) y estudia hasta tercer año en la Facultad de Filosofía y Letras.
Entre 1960 y 1963 viaja por el norte del país, Brasil, Bolivia y Perú. Cuando regresa a Buenos Aires en 1964 se casa repentinamente y sufre una internación de casi un año en el neuropsiquiátrico Borda donde conoce a Jacobo Fijman.
Entre 1966 y 1967 el dibujo comienza a ocupar un lugar tan importante en su obra como la misma poesía, al punto que cuatro de sus cinco libros están ilustrados por él. Conoce a Leopoldo Marechal, al que define como su maestro y que prologa “proféticamente” Visión de los Hijos del Mal, publicado por la Editorial Sudamericana y por el que recibe el Segundo Premio Municipal de Poesía en 1968. Conoce a la artista plástica y definitiva mujer, Iris Alba. Entre 1969 y 1975 obtiene una Beca del Fondo Nacional de las Artes, con la que publica su quinto libro. También realiza una importante exposición de dibujos y pinturas cuyo catálogo es escrito por Aldo Pellegrini.
A partir de 1970 se dedica al periodismo como crítico literario, escribiendo en las revistas Siete Días y Panorama y en los diarios La Opinión y El Cronista Comercial.
En 1972 nace Emiliano, su único hijo. Dicta clases en la Facultad de Filosofía y Letras y se dedica al estudio del rumano.
El último domingo de mayo de 1976, un grupo de paramilitares lo secuestra de su casa. A partir de ese momento integra la lista de los treinta mil desaparecidos.

Delta (Viviana Abnur)





Viviana Abnur
Nació en Buenos Aires en 1964.
Publicó: “Quien asesinó a Bambi” (2002), Agosto (2007) y Delta (2011) , Flores y velas (2012)



tirar de la tela que envolvió los cuerpos desgarrar la costura la piel la hendidura la noche apenas un fósforo no alcanza para ver porque de pieles roces y costuras la luz no sabe nada tendré que matarte o morir a oscuras cuerpo a cuerpo en el vaso medio lleno del último vino la ventana se abrió para tu ojo las calles se inundan se trepa la ciudad se sube y los músculos del niño hacen al hombre la lluvia dale y dale las calles imposibles las señas del regreso entonces te das por perdido y elegís sobre esta parcela estoy mirándome los pies mojados en este delta




a un paso de la puerta de hielo el pueblo repollitos de agua camalotes sapos debajo del muelle el río cada tanto la orilla se interrumpe con el residuo de una lancha los padres preparan el asado los chicos hundimos las manos en los espumeros a la noche clavamos el palito despellejamos las ranas freímos en la playa comemos la arena despide al sol se enfría poco a poco

El río pasa (Guillermo Neo)






Guillermo Neo nació en Buenos Aires en 1971
Publicó: " El color de la Mesa" 1998, Ediciones del Diego, "Sucesos Orilleros", 2000 también por Ediciones del Diego. "La Siberia", 2001 en la Revista que circula por correo electrónico " Correo Extremaficción mensual de ficciones Números 5 y 6. "Swinger" 2002, bajo el Proyecto de Arte de Tapa (poesía + plástica) de la Casa de la Poesía, de la Dirección General del Libro y Promoción de la Lectura, Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Autónoma de Buenos Aires. "La Fragmentación", 2004 también en la Revista "Correo Extremaficción" mensual de ficciones Tomo IV Número 10/7. "Poemas de superficie", Ed. Gog y Magog, 2007.


El río fluye frente a mí.
De izquierda a derecha
Hoy parece algo más ligero
que de costumbre.

Una lancha pasa.
Atrás, deja su estela
y de ella se desprenden
a un lado y al otro
cantidad de olas.
En principio son blancas,
luego se tornan marrones.
En un río sin orillas
tendrían un recorrido infinito,
pero en este angosto canal
pegarán de lleno en la estacada
o se disolverán en arena.

Tras de sí
la lancha nos deja
un vacío confuso y disperso
una señal indescifrable
de eso que pasó
y no supimos comprender.

Por un momento deseamos ir tras ella,
como aquella torcaza
que en vuelo rasante
sigue la estela
o más bien, en verdad,
esa torcaza
es parte de la estela,
tanto como la ola,
como la espuma y las burbujas,
como el ruido del motor,
como el ruido del agua al golpear sobre sí misma,
o después, sobre la enramada.

El poema pues, llega a su fin.
Porque la lancha es ahora un punto más
en la recta del horizonte.
Porque el agua está plana.
Porque la estela se ha desdibujado.
Porque el motor apenas se escucha.
Porque ya no hay rastro alguno
de ninguna lancha.
Porque el poema pasó
Y su estela también.

El agua (Juan L. Ortiz)






Juan L. Ortiz (Argentina, Gualeguay, Puerto Ruiz, 1896 -Paraná, 1978)










Veis la de pies ligeros, mis amigos?
Quién vio una gracia, así,
con esas manos de luz
en pétalos
para los ojos
y más pétalos
para una melancolía
de orilla?

Quién vio, decid, quién vio?

Oh, no es la danza, sólo ella.
Es una alegría de cabellos, más allá de ella misma,
en un ir de destino
hacia el escalofrío del principio…
La alegría, mis amigos, la alegría destrenzada
Para un amor que se va, ay,
en las velas del día…
O la alegría pura
que muestra hasta las alas de la luz
sin requerir mostrarse ella,
en una idea ya de la alegría…

Y no es con ella nada, nada,
el pescador
que sale de la noche
con su palidez
más íntima,
en los iris más fugados,
para el gusto de arriba,
y continúa en el vacío,
sólo asido,
cuando se queda totalmente sin hora,
a la liana del vino…

Nada?
Y ese cielo ahora a sus pies,
desde sus pies hasta las islas,
en una brisa de países
de un más allá hundidos?
Nada?
No es también él
una sombra
muelle
y fluida
en la destilación imposible
de los follajes
y de las colinas
y de las nubes
y de las líneas de los vuelos,
de ese abismo a sus pies?

No se pierde asimismo, él, sin saberlo,
sauce sin saberlo
o cinta de paso sin saberlo,
en un infinito que mira y mira
del otro lado de la vida
en una ausencia
celeste?

viernes, 21 de marzo de 2014

Porque mi corazón está libre (Bernardo Uchitel)






Bernardo Uchitel



Bernardo Uchitel. Poeta argentino. Nació en Basavilbaso, Entre Ríos, en 1942. Vivió en la provincia hasta los trece años. Luego se radicó en Santa Fe, donde frecuentó a los escritores Juan Manuel Inchauspe y Hugo Gola. Tiene un solo libro publicado: “Poemas (1966-1970) ", Ediciones La Ventana, de Rosario; una antología de sus textos apareció en marzo de 1988, en la Revista “Poesía y poética”, que dirigía Hugo Gola en Santa Fe y luego hizo célebre en México. Actualmente prepara una edición con todos sus poemas posteriores.





Porque mi corazón está libre
gira en él el viento
y el polvo cósmico
Porque mi corazón está libre
escucho desde las islas
las voces de las aves acuáticas
y de las ranas
Y veo en la rama
al Martín Pescador acechando
el agua
Bandadas de siriríes y crestones
cruzan el cielo
y no digo que sí
y no digo que no
Porque mi corazón está libre
estoy en el lugar
y no pregunto
ni destruyo.


(tomado del blog de Marcelo Leites: www.ustedleepoesia2.blogspot.com.ar) 

La casa de madera (Martín Rodríguez)












Martín Rodríguez nació en Buenos Aires el 8 de abril de 1 978. Tiene los siguientes libros publicados: Agua Negra, Editorial Siesta, 1998; Natatorio, Editorial Siesta, 20900, El Conejo, Ediciones del Diego, 2001; Lampiño, Editorial Siesta, 2004 y Maternidad Sardá, Vox, 2005.- Obtuvo el primer premio del Concurso del Fondo Nacional de las Artes, 2003







La casa sólo de madera. Todo, todo.

Madera pino quebracho algarrobo

Y sauce llorón al pie del río. Un pucherito

al pie de la luz y el rio. Una hoja lenta en el aire donde

temblar, si hace falta. Esa es la casa.

Uno a uno todo hachado en el monte.

Ir y volver, ir y volver con la carga en la sangre.

Hachar tanto hasta quebrar la raíz de uno. Y recién ahí

una casa de madera.



domingo, 17 de noviembre de 2013

Breve anotación tras pasar la mañana y el agua (Gabriela Piccini)



Gabriela Piccini, 1962 Libros editados, Grata Sombra 2008 y Autosacramentales 2010 - Un libro en prepración de poesía y fotografía: El aire es lo que mueve las cosas. Nació en Buenos Aires.







Breve anotación tras pasar la mañana y el agua



Cruzar un puente para llegar al agua y comprobar que el tiempo se deslizará sin error. Los frutos permanecerán sin condena. Los muelles tendrán la misma costumbre: ser más altos, tambalear en el sitio donde el Paraná no sabe lo que hace.


El río se desconoce geómetra aunque divida con intención los tramos de un paraíso que conserva sus oscuros. Y la luz. Es sorprendente notar que, a pesar de toda su razón, no logre hacer varios pedazos de un solo mediodía.






Canto del colibrí (Anónimo guaraní)









¿Algo tienes para comunicarnos, Colibrí?

¡Colibrí lanza relámpagos!

Pues, ¿el néctar de tus flores te ha mareado, acaso, Colibrí?

¡Colibrí, lanza relámpagos, lanza relámpagos!




(canto chiripa en versión de León Cadogan, recopilador)



Canto del syrykó
¡Canta el syrykó eterno!

Que las aguas donde pescaba

se han secado

cuenta el syrykó eterno.

Las sendas que conducen al río

las recorre todas, afanosamente,

rastreando, el syrykó eterno.





(canto chiripa en versión de León Cadogan. El syrykó, según Alfredo López Austin “es un ave que anuncia los vientos del norte, los que traen la lluvia”