sábado, 30 de enero de 2016
I-kaá, el viajero del río (versión de Gervasia Puentes)
El camalote, viajero perenne del los ríos litoraleños, ha inspirado infinidad de leyendas sobre su origen. La presente fue narrada por doña Gervasia Puentes, una puestera de la localidad de Amenábar, casi en el extremo del taco de la bota que forma la provincia de Santa Fe, en la confluencia del Paraná con el Arroyo del Medio.
Cuentan los aracuá que hace mucho tiempo, allá por los tiempos de losyará -comenzó su narración doña Gervasia, en los ríos no existían los camalotes. Que la tierra era tierra, las islas, islas, y el agua, agua, sin nada que flotara en ella. Claro que eso fue mucho antes, cuando todavía los indios andaban tranquilos por el monte, sin soldados españoles que los persiguieran para robarles el oro.
Sólo que después la cosa cambió -continuó ‘ña Gervasia, luego de echar una mirada al corderito que se asaba sin apuros en el horno de barro. Esto que voy a contarles sucedió cuando los hombres de don Diego García llegaron a Santa Fe, remontando primero el Mar Dulce, que hoy llaman el Río de la Plata, después el embravecido Paraná y, al final, ese río que ven ahí, que ahora llaman Carcarañá, pero que para los guaraníes era simplemente "El Río".
Pero lo que no sabía García, que llegaba con la intención de convertirse en gobernador de la región, era que el cargo ya estaba ocupado por Sebastián Caboto, quien ya había fundado, por su parte, el fuerte Sancti Spiritu, y no estaba dispuesto a renunciar a su puesto.
Días enteros discutieron los comandantes en el fuerte, mientras sus tropas aprovechaban la oportunidad para resarcirse de los largos meses pasados en alta mar, atiborrándose de las delicias culinarias que le ofrecía el Nuevo Mundo y poniéndose al día con el forzado celibato impuesto por la vida marinera.
Sin embargo, no todo era barbarie en aquellos rudos marinos y mercenarios de fortuna, sino que, en algunos de ellos también había lugar para el amor, y así fue que uno de los soldados de García se enamoró de una bella guayna, que inmediatamente correspondió a sus requerimientos amorosos.
Así transcurrió todo el verano, y mientras García y Caboto recorrían el interior, ellos se amaron tiernamente, más allá de las barreras que les imponían el idioma y las costumbres, que, más que un obstáculo, fueron un desafío que ellos superaron con risas y pasión. Nadaron juntos en el río, mientras ella le enseñaba las formas de sobrevivir en la selva y él le contaba anécdotas de su vida marinera; él se extasió con las papas, loscamotes, el abatí, el chipá y los tomates; ella se embriagó con el amor exótico de un extranjero.
Mientras tanto, a su alrededor, las relaciones entre los indios y los invasores españoles comenzaban a desbarrancarse. Los guaraníes los habían agasajado, los habían ayudado a construir sus casas y sus fuertes, habían trabajado para ellos sin exigir nada a cambio, excepto algunas herramientas de hierro.
Sin embargo los invasores blancos, la mayoría de ellos morralla reclutada en los peores presidios europeos, no tardaron en revelar su verdadera naturaleza: humillaron con malos tratos a quienes los habían ayudado a sobrevivir en un entorno que los habría aniquilado en un abrir y cerrar de ojos; robaron sus pertenencias, vejaron a sus mujeres y esclavizaron a sus hijos, hasta que los indios se hartaron de su soberbia y una noche incendiaron el fuerte con todo lo que había en su interior. Los pocos españoles que sobrevivieron a la heca-tombe se refugiaron en sus barcos, esperando el regreso de sus coman-dantes.
Obviamente, la justa represalia de los guaraníes hizo que el amor entre la india y el soldado se hiciera más difícil, más clandestino y más aciago que nunca. Día tras día, en sus encuentros prohibidos, ella trataba de retenerlo con regalos y caricias, pero sus esfuerzos no lograban horadar la muralla de desconfianza que la situación iba erigiendo entre ellos.
Finalmente llegaron los capitanes, se encontraron con la ciudad arrasada y decidieron que había llegado la hora de regresar a España. No obstante, los preparativos tomaron semanas enteras, durante la cuales la muchacha guaraní deambulaba entre los sauces de la orilla, aguardando la oportunidad de ver a su amado, aunque fuera sólo un instante.
Pero una situación de guerra no hace lugar a sentimientos personales y la separación sorprendió a los amantes sin que mediara despedida alguna; simplemente una mañana, al llegar a la orilla del río, la muchacha vio los barcos que se alejaban y la congoja invadió su pecho. Los vio enfilar prolijamente hacia lo profundo, y luego navegar, viento en popa, llevándose sus sueños y sus esperanzas y dejándole tan sólo una vida incipiente que latía en sus entrañas.
Al cabo de un rato, las siluetas de las carabelas eran tan pequeñas que costaba pensar que a su bordo podían caber tantas ilusiones deshechas. Luego, sin aviso, el primer recodo del río se los tragó, como si no hubieran existido jamás.
Largos y amargos días se sucedieron, mientras la india lloraba amarga-mente su amor frustrado; soñaba que le crecían las alas de una garza y que se elevaba por los aires, en busca de su amor, pero luego se despertaba bañada en lágrimas, para tomar conciencia de su soledad. Durante el día, deambulaba por la selva, tratando de encontrar un medio que le permitiera surcar el agua, más allá de las islas que moteaban el río y llegar hasta donde, según la leyenda, el Paraná se hacía tan ancho y tan profundo que sólo su color lo diferenciaba del mar.
Hasta que sus lamentos fueron escuchados por el I-porá del río, que se apiadó de su dolor y se lo contó a Tupá y Yací, su esposa, que accedieron al vehemente deseo de la joven de seguir a su amado y la convirtieron en camalote.
Finalmente se cumplía su anhelo: se alejaba de la orilla y flotaba en el agua fresca y leonada, río abajo, como una enorme jangada gigantesca, arrastrando a su paso troncos, plantas y animales y transportando en su seno a todos aquellos seres ansiosos de horizontes, eternos viajeros del río.
en Lagos, Wolko "Cuentos y leyendas del litoral" Ed Continente 2000
martes, 26 de enero de 2016
Prólogo de Escritos en el agua (Carlos María Domínguez)
Hay en el Río de la Plata una
raza de hombres y mujeres de la costa cuyas vidas, igual a esos troncos que las
mareas arrojan a la playa, han sido pulidas de forma caprichosa y extraña. No
existe un elemento más blando que el agua y sin embargo, socava la roca y el
corazón más duro hasta volverlos irreconocibles. Desde que Juan Díaz de Solís
lo descubrió por error en 1516 y fue cena de los indígenas, la muerte y el
equívoco no le han sido ajenos. Los bañistas conocen su bondad, fulgor y
desahogo, pero un inglés lo llamó "el infierno de los navegantes" y
los marinos entendieron que le hacía justicia. No sólo es capaz de subir cuatro
metros de marea, provocar grandes inundaciones y mostrar furias marinas. Sus
bancos de niebla abandonan los barcos a la suerte de temerosos silbatos, el Sur
lo violenta y el Norte lo fuerza a retirarse varios kilómetros de ambas
márgenes y, así como las tormentas alzan olas de dos metros en la superficie,
su lecho desplaza lentas pisadas de arena. Las corrientes forcejean, cambian los
canales de lugar y los colores del agua, e incluso sus costas, que debieran ser
firmes, no se quedan quietas. Sin profundidad en la mayor extensión, pocos lo
considerarían peligroso, pero su fondo guarda centenares de barcos hundidos.
Tumba de navegantes, también vino a serlo, hace pocos años, de incontables
desaparecidos. Más que un río semeja una trampa implacable, en cumplimiento de
un dramático destino. Oculto en la fama de su nombre, no fue el río Jordán que
quiso Américo Vespucio, luego de cruzar la frontera del Tratado de Tordesillas,
tampoco el "Mar Dulce" que pretendió Solís, detrás de un paso que lo
llevara a la India, y nunca condujo al mineral de plata que buscaban los
conquistadores, quienes lo conocieron como "el argentino río" (del
latín argentum: plata). Pero el nombre sobrevivió, a falta de respaldo en la
realidad, con la utopía que identificó un virreinato y luego la independencia
de las Provincias Unidas. Hoy nombra una región que comprende a Uruguay, a la
República Argentina, de un modo impreciso a Paraguay y a los estados sureños de
Brasil. ¿Qué tienen en común estos países? Un puñado de guerras y un solo
destino enhebrado al agua que corre por los ríos Paraná y Uruguay, desde los
trópicos a los bajos del sur. En su dimensión más ceñida: un modo permeable de
asumir la lengua, el pasado y la novedad. Los argentinos dieron al río y su
pretencioso genitivo una expresión dentro de fronteras con una concesión a la
orilla oriental. Proclamada Buenos Aires "Reina del Plata", el
estuario cobró notoriedad con adjetivos literarios no exentos de pereza.
Eduardo Mallea lo llamó "el río inmóvil"; Jorge Luis Borges:
"río de sueñera y barro"; Leopoldo Lugones: "el gran río color
de león" y Baldomero Fernández Moreno: "el río café con leche".
Hace algunos años Juan José Saer tituló "El río sin orillas" un libro
en el que dio cuenta de la historia, la geografía y la cultura del Río de la
Plata, aunque solo desde su margen occidental. Coincide con la apreciación que
hiciera Darwin durante su viaje junto a Fitz Roy, en 1831: "No hay ni
grandeza ni belleza en esta inmensa extensión de agua barrosa". Pero otra
afirmación resulta más emblemática: "Es obvio que la banda oriental, es
decir el Uruguay, no ha entrado en mis consideraciones, no porque ignore la
legitimidad de su carácter rioplatense, sino porque, no habiéndolo visitado
nunca, no me atrevo, desguarnecido como estoy de todo dato empírico, a
aventurarme en sus, según me han dicho muchas veces, apacibles colinas [...]
Las peripecias del lado occidental, sin embargo, son muy semejantes a las de la
otra banda y ambas comparten muchos de sus mitos." La presunción de Saer
revela la vigencia de una ilusoria confianza: el Río de la Plata tendría un
comportamiento uniforme en sus dimensiones físicas e imaginarias. Consagra no
sólo un error, también la ignorancia de un fenómeno esquivo a la mirada
argentina que, con la imaginación puesta en los terrores de la pampa, creció de
espalda a sus orillas y vio en el ancho cauce una monótona descarga, pese a que
del río llegaron los inmigrantes que le dieron identidad y hasta el día de hoy
navega su comercio. Siendo su control motivo de muchas guerras, no hallaron las
aguas más que descrédito. Por paradójico que resulte, tampoco abunda entre los
uruguayos la comprensión del estuario que, de Montevideo al Este, se conoce por
mar, y colma sus costas de grandes ensenadas de arena con cabos rocosos, donde
se suceden los balnearios. Su literatura, se diría, no ha puesto un pie en el
agua. No me propongo explicarlo. Apenas anotar,: la extravagancia que llevó a
la cultura rioplatense a desentenderse del río que le dio nombre, tal si
empeñada en ocultar una vergüenza, enterrara también su fundamento. Sus dos
orillas han tenido y tienen, sin embargo, una vida propia, olvidada o
desconocida. Al menos hasta los años 70, sobre la costa argentina, del Tigre a
Vicente López, recreos y pescadores poblaban la ribera con sus casas sobre
pilotes, música de acordeón y bailes improvisados. El Ancla reunía una juventud
bronceada con tatuajes marinos en los brazos, Olivos a las familias, y en la
Costanera, y más al sur, en Quilmes y Punta Lara, las costas se llenaban
durante el día y en la noche de multitudes sedientas de horizonte. Carritos de
comidas, cervecerías, parques de diversiones, hombres lanzallamas,
equilibristas y músicos vivían de la algarabía que la recorría de diciembre a
marzo, frente a la dilatada orilla ausente. El verano dividía a los porteños en
gente de piscina y gente de la costa, y rara vez se mezclaban. Las clases
medias y altas evitaban meterse en el agua con "la negrada" porque
temían el contagio de una peste; preferían las piletas de los clubes o las
casas de fin de semana. Los demás no tenían elección y disfrutaban la ribera.
La dictadura militar de Jorge
Rafael Videla acabó con ella. Clubes militares y empresas privadas se adueñaron
de las orillas y luego rellenaron con escombros una ancha franja sobre el río.
Para llegar al agua hubo que atravesar callejones malolientes entre los clubes,
descubrir pasajes llenos de basura y superar montañas de desperdicios. Poco
después prohibieron los baños y no había más que mirar el agua negra, saturada
de bolsas de plástico, excrementos, restos de cartón, vidrios y botellas rotas,
para comprender que algo había terminado para siempre. El río se convirtió en
el emblema de una estafa que, denunciada su falsedad marina, revelaba una
inmunda charca. Entonces un escritor argentino, Haroldo Conti, daba noticias de
que en el Delta del Tigre había un mundo que había sido próspero y luego
abandonado, con historias y personajes de leyenda. Tenía una casa en una de las
islas y varios cuentos y novelas donde el río y sus orillas cobraban una
dimensión agónica, alegrías del verano y espesuras de niebla. Pero igual que
miles de argentinos, también Haroldo fue secuestrado y desaparecido, y arrojado
de una avioneta a las aguas que supo navegar, amar y cantar con insólitas
ternuras, y desde entonces las costas de Buenos Aires quedaron vencidas por un
silencio de muerte. Nada similar ocurrió en la orilla oriental, aunque allí
llegaron no pocos cadáveres entregados al arrastre del "río inmóvil".
Las costas de Colonia, aun golpeadas por su propia dictadura, prolongaron la
cultura ribereña de los orígenes, con su libre acceso a las playas, sus
pescadores, contrabandistas, vagabundos, cazadores y piratas. Una frontera
humana indisociable del río, aunque marginal a ambas capitales del Plata. Este
libro quiere narrar un puñado de esas historias escritas en el agua. Antiguos y
no tan viejos destinos enfrentados a una realidad sin otra ley que la del
cuerpo, la lucha por la sobrevivencia, la aventura y el riesgo. Con ser un
accidente transitorio, el Río de la Plata tiene una historia que contar. No
siempre fue como lo vemos y no lo será en el futuro. Es un espacio que se
derrama como un fantástico e inadvertido reloj. El más ancho de los que existen
en la tierra, el tercero más caudaloso después del Amazonas y el Congo, empuja
en su deriva un misterio de cadalso, fuerza y rebelión que, cavando la roca, se
ha vuelto irreconocible, también para sí mismo.
Prólogo de Escritos en el agua / Ediciones de la Banda
Oriental / Uruguay 2011
lunes, 25 de enero de 2016
El retrato postergado (doc. sobre Haroldo Conti de Roberto y Andrés Cuervo)
El retrato postergado, de Andrés Cuervo
El documental gira en torno a la relación que tuvo el escritor Haroldo Conti con un joven realizador cinematográfico llamado Roberto Cuervo, a mediados de la década del setenta. Haroldo recorre un período de viraje estético cuando entabla amistad con Roberto, pasa de una literatura costumbrista a otra de alto compromiso político. Roberto comienza a filmarlo para componer un "retrato humano".
Haroldo Conti fue maestro rural, actor, director teatral aficionado, seminarista, empresario de transportes, piloto civil, profesor de filosofía, guionista. Su obra narrativa, nutrida en sus tan disímiles experiencias, posee una rara densidad descriptiva que por momentos se torna casi lírica y un manejo poco usual del mundo de los afectos simples, que elude todo sentimentalismo fácil.
Durante los años de la última dictadura argentina Haroldo es secuestrado y asesinado, sin conocerse aún datos de su destino ni del de sus restos. Roberto Cuervo, por su parte, muere en un trágico accidente dejando solos a su mujer Cristina, viuda a los veinticinco años, y a su único hijo Andrés.
Hoy el tiempo ha pasado; Andrés recupera el material filmado por su padre y completa la película dando cierre así al documental comenzado hace treinta años.
"El retrato postergado es un documental autorreferencial. Mientras intentaba terminar una película que mi viejo empezó sobre Haroldo Conti me encontré de cerca con un montón de cosas íntimas. Pensé entonces en contarme a mí mismo tratando de rearmar ese retrato de Haroldo inconcluso. Los audios que grabó mi viejo contienen entrevistas inéditas a Haroldo, a Galeano y a Martha Lynch discutiendo enérgicamente sobre arte, literatura y política. Tengo un archivo enorme de fotos en donde las secuencias podrían funcionar como fotogramas aislados de una misma toma cinematográfica. Me puse a jugar con esas fotos y a armar pequeñas escenas junto con los audios. También cuento con un archivo fílmico que registró papá en 1975 con Haroldo actuando de sí mismo muy convincentemente. [...] Lo que quedó es un trabajo muy personal, pero creo que nos muestra al más real de los Haroldos." Andrés Cuervo
Ficha técnica
Guión, Producción y Dirección: Andrés Cuervo. Jefe de Producción: Mariano Gerbino. Asistente de Dirección: Gonzalo Cánovas. Ayudante de Dirección: Gabriel Rosas. Sonido: Matías Novelle. Dirección artística: Natalia Gregorini. Fotografía: Jorge Crespo. Edición: Emiliano Serra. Música: Darío Barozzi. Animador: Parche films. Intérpretes: Haroldo Conti, Eduardo Galeano, Martha Lynch. Realizada con el apoyo del INCAA. Distribuida por Rumba Cine.
Andrés Cuervo estudió Diseño de Imagen y Sonido en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó en televisión como camarógrafo y luego como productor, director y guionista. Es miembro de la Asociación de Documentalistas de la Nación. El retrato postergado es su primer largometraje.
domingo, 24 de enero de 2016
Un encuentro con Haroldo Conti
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| lecturas y diálogo en Luna Llena |
Sobre el Arroyo Gambado a escasos 15 minutos de navegación por el delta de Tigre se encuentra la Casa Museo Haroldo Conti y muy cerca de allí Luna Llena una isla taller, un espacio coordinado por Juan Bautista Duzeide y Fabiana di Luca que organizan una jornada intensiva de lectura y reflexión sobre la obra de este escritor y su relación con las islas.
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| la visita a la Casa Museo Haroldo Conti |
Los encuentros se realizan mensualmente y posibilitan un acceso a la obra de Conti que se desmarca de la figura de escritor desaparecido y la trasciende.
La dinámica del taller incluye la lectura de varios cuentos de Haroldo (editados exquisitamente por Fabiana di Luca), un recorrido por sus tópicos, su particular uso del lenguaje, influencias literarias y diferentes aspectos de su intensa vida
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| Edición realizada especialmente para los encuentros en Luna Llena isla taller |
También la visita guiada a la casa que perteneciera al escritor, una típica casa isleña sobre pilotes que conserva muchos objetos de uso cotidiano: una guadaña, una brújula, enseres de cocina.
Uno de los tesoros de la casa es una edición de Mitos de Francisco Gandolfo firmada por el querido editor de El lagrimal trifurca.
Duzeide nos devuelve desde su mirada un Conti entrañable y cercano. El mismo que revela en su libro Alrededor de Haroldo Conti (Ed. Sudestada / Bs As 2013) y hace foco en un lugar bastante descuidado por las autoridades municipales (vidrios rotos, falta de pintura y mantenimiento general a la casa museo y un inexplicable e innecesario juego de plaza para niños en su entrada en un lugar que debería contar al menos con ediciones accesibles de su obra para los visitantes)
Hay mucho que navegar aún para una puesta en valor de los lugares que construyen la identidad isleña, bastaría mencionar el recreo El Tropezón vinculado a Leopoldo Lugones, hoy abandonado o la casa de Rodolfo Walsh sobre el Arroyo Carapachay en manos de propietarios particulares.
Esperamos que esta iniciativa siga creciendo y sea tomada como referente de las políticas culturales en torno a nuestro delta.
Marisa Negri
Arroyo Estudiante
Delta de San Fernando
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viernes, 22 de enero de 2016
El tío Manuel y la creación del municipio Delta

Vi pocas veces al tío Manuel. Recuerdo una ocasión en particular en la que fuimos con mi viejo a una oficina de turismo social en Moreno. Primos hermanos, los unía además un apodo, eran "el loco Negri" y "el loco de Arma" para todos los que los frecuentaban.
Pero si bien fueron ellos los que llevaron el apodo, creo que el "gen de la locura" de Arma atraviesa la historia familiar y nos toca un poco a todos.
La locura es poder ver más allá decía Charly García en mis cassettes de adolescente y algo de eso hay, algo de eso hay...
¿Quien hubiera osado como mi padre, construir un bote con bisagra que se pudiera plegar para facilitar su transporte?
¿o quien no ha presenciado alguna vez el fabuloso espectáculo nocturno en el que Betty de Arma irrumpía en kimono de seda rojo cual diosa de Hollywood a exigir a los dueños del bar contiguo que bajaran la música y respetaran las ordenanzas municipales acerca de la contaminación sonora?
Ya la chica Angélica se vanagloriaba de haber subido al globo aerostático con el que Jorge Newbery realizó su hazaña en 1907 y de su hermano Manuel , el médico gaucho que inauguró la historia de esta casa se contaban increíbles hazañas que incluían cocinar un puchero de gallina para sanar a algún paciente necesitado de alimento.
Pero volvamos a Manuel.
Tengo en mis manos sus "Leyes y proyectos utópicos en un país mediocre", una publicación producto de su trabajo como senador radical en los años ochenta.
Entre polémicos y novedosos proyectos sobre violencia familiar, prostitución o juego clandestino en el capítulo II aparece el proyecto de ley "Creación del Municipio del Delta", y ese texto de seis páginas traza un hilo que llega desde sus visitas a Nautilus de la mano de su padre hasta el presente, en donde escribo estas líneas en lo que entonces era puro monte y algunos árboles frutales.
Dice el dicho popular que lo que se hereda no se roba. Tal vez en algún futuro cercano o no, la autonomía del delta deje de ser una utopía y la sociedad deje de excluir a los locos que tienen el don de ver lo que vendrá.
http://issuu.com/…/do…/creaci__n_del_municipio_del_delta_x/1
miércoles, 16 de diciembre de 2015
Viñas y Walsh en la Isla
“Una vez me invitó Walsh a vivir en su casa del Tigre. En esa época su compañera era Piri
Lugones. Y desde el comienzo , ese apellido turbador y el escenario del Delta nos fueron situando alrededor de una letra alegórica que solía deslizarse entre frustradas ironías hacia El Tropezón. En los atardeceres en que Walsh arreglaba su bote, la figura de Quiroga se sobreimprimía a la de Lugones; y entre ambas se iba armando una tensión que a Walsh, divertido pero sombrío, le gustaba exasperar: defendía con argumentos enmarañados pero convincentes el distanciamiento de la ciudad practicado por “el cuentista selvático”; lo justificaba por su ademán neobárbaro tan antivictoriano mientras aludía a su propia destreza con las armas y en la pesca del surubí. Su fervor, sin embargo, oscilaba entre el dorado y el pejerrey; y cuando se internaba en el escabeche, ya parecía lograr mi aprobación a sus autoabastecimientos y a su creciente adhesión a “lo elemental”. Nunca llegó a aludir a Conrad ni a Gauguín.”
David Viñas, Literatura argentina y política, vol II, de Lugones a Walsh, Santiago Arcos Editor, 2005, p.250,1.
lunes, 26 de octubre de 2015
El Delta poético: un refugio natural para la literatura (Carolina Esses para LN 25/10/15)
Pablo Bernasconi
Oliverio Girondo y Norah Lange le imprimieron la bohemia de los años treinta, las fiestas, las reuniones literarias. Lugones, su sello de muerte: en 1938 ocupó una habitación en el recreo "El Tropezón" y se tomó un frasco de cianuro. Rubén Darío, Rafael Alberti, María Teresa León, Silvina Ocampo, Olga Orozco: todos pasaron por el Delta, les cantaron a esas aguas amarronadas y densas, a los sauces, a los camalotes que cierran los riachos.
Fue refugio -aunque también centro clandestino de detención- en años de la dictadura: Diana Bellessi, una de las voces poéticas que hoy más se identifican con el paisaje isleño, llegó por primera vez en 1976. El rinconcito en el arroyo Felipe donde se instaló fue, según cuenta en el documental El jardín secreto (2013) -dirigido por Diego Panich, Claudia Prado y Cristian Constantini-, un Edén recién descubierto en medio del infierno que se vivía.
Paraíso anfibio de sauces, ceibos, juncos que crecen como plaga; "masa de verdura", como dijo Sarmiento en 1875; "Paraná incomparable" para el uruguayo Marcos Sastre en su libro El Tempe Argentino (1858); "una tierra encantada cuya realidad apenas podíamos imaginar", según comerciantes ingleses del siglo XVIII: la historia poética de la zona comienza con los guaraníes y su tradición oral de verso y canto -"¿Algo tienes para comunicarnos colibrí?/ ¡Colibrí lanza relámpagos!"- donde se celebra al jaguar, al pájaro.
Los versos llegan en las versiones del etnógrafo paraguayo León Cadogán, quien en los años veinte supo ganarse la confianza de las comunidades de la zona. Y no se pierden: los versos de los poetas actuales recogen el legado. Porque con su vegetación cerrada y su infinidad de arroyos, el Delta sigue siendo el lugar ideal para aquellos que necesitan escaparse del ritmo de la gran ciudad para escribir.
Algunos, como Bellessi, Alberto Muñoz, Javier Cófreces o Alicia Genovese, tienen su casa en el Delta desde hace años y suelen pasar temporadas enteras ahí. Otros, como Nurit Kasztelan, fueron a pasar Año Nuevo y no pudieron dejar de volver. Empezaron a ir los fines de semana, a pasar una temporada o dos. Kasztelan compartía casa con algunos escritores. Se turnaban para escribir. "Hay toda una movida en el Delta -cuenta-. Gente que busca un tiempo distinto, que las cosas transcurran de otro modo y esto es propio de los poetas."
Ni monte ni selva, el "continente isleño". como lo llaman Cófreces y Muñoz, autores de ese tratado poético sobre la zona que es Tigre (Ediciones en Danza), parece materializar el costado poético del lenguaje, es decir, esa zona en la que se abandonan las certezas y las palabras exploran otros tonos y matices.
Inmutable y móvil
No hay orden que rija el Delta. Tampoco lugar donde apoyar el pie porque lo que hay, siempre, es barro resbaladizo y oscuro. El Delta es móvil, variable en su propia inmutabilidad. "Las dos orillas que propone el río muestran lo mismo -dicen Muñoz y Cófreces-. Sin embargo, ?lo mismo' es cambiante, en una renovación intolerable."
Basta con salir de la estación y subirse a la lancha colectiva para entrar en una lógica que nada tiene que ver con la de los barrios privados o las urbanizaciones cerradas que paradójicamente lo rodean. El Delta es exuberancia y precariedad. Los pies abandonan tierra firme y empiezan a moverse por un territorio que al mismo tiempo abraza y ahoga, donde los límites entre tierra y agua no son claros, donde una crecida puede darse en cuestión de horas dejando al viajero sin posibilidad de salir. La mirada se agudiza. El paisaje pide una atención especial en relación con lo pequeño, lo mínimo: el bichito que camina por la hoja, la gota de lluvia que cuelga del helecho.
Además de poeta, Marisa Negri es docente en la escuela secundaria de Paraná Miní. Administra el blog pájaro de mimbre, una antología sobre poesía isleña que empezó siendo un proyecto para el Fondo Nacional de las Artes. Ahí están desde los versos de Silvina Ocampo en su "Plegaria de una señora del Tigre" hasta una foto conmovedora: Haroldo Conti y Rodolfo Walsh de espaldas a la lente, de frente al río. Conti, particularmente, amaba la zona y eso es evidente en novelas como Sudeste, con impronta poética. Su casa a orillas del arroyo Gambado es hoy un museo. Desde 2010, Negri organiza junto a Alejandra Correa el ciclo "Poesía en la escuela". Si hay alguien que conoce y milita a favor de la movida poética del Delta, es ella. Cuenta que hay talleres, encuentros y un ciclo en su casa que se llama "Poesía en el muelle", en el que invita a "leer para los bagres".
A la hora de nombrar un poeta isleño la referencia es necesariamente Carlos Enrique Urquía, cuya obra reunida (sus cuatro libros sobre el Delta) acaba de publicar Ediciones en Danza bajo el nombre de La Islíada. Urquía vivió desde pequeño y hasta su muerte en 2003 en San Fernando. "Es de los pocos que hablan del Delta desde su permanencia en él -cuenta Negri-. Pero los poetas nativos de las islas, a excepción de los guaraníes, son mis alumnitos de la escuela. Todos los demás sólo somos viajeros fascinados o venidos a las islas."
Negri vive, junto a su compañero de toda la vida, en el "otro" Delta, cruzando el Paraná de las Palmas, lejos de las casas de fin de semana ("esas casas de juguete destinadas alweekend de la metropolí", como escribía Roberto Arlt en 1941), una zona donde, si se tiene suerte, se puede llegar a ver alguna cierva esconderse en el monte. "Mi relación con el Delta comienza en la primera infancia -cuenta-. El lugar en el que vivo se llama Nautilus, nombre que mi tío abuelo le puso en homenaje al stud de caballos de mi tatarabuelo, Domingo Torterolo. La primera casa, a la que yo venía de chica con mi abuelo y con mi papá, con la muerte de mi viejo fue abandonada y finalmente se la llevó el río de a poco."
Marisa regresó al Tigre y construyó la casa en la que vive con sus propias manos, tratando de modificar el entorno lo menos posible. "Vivir acá es abandonar el control y dejar que la naturaleza retome el mando. Al principio o si estás de visita puede resultar abrumador: todo el verde es igual; todos los pájaros, parecidos... pero con el tiempo eso empieza a cambiar, empezás a nombrar el mundo, a reconocer a los pájaros por su comportamiento, por su canto, por su plumaje."
El Delta es el agua pero también la posibilidad de la isla y, como tal, la utopía de fundar un mundo nuevo: "El terreno fue desmalezado -dice Genovese en el poema que abre la sección "Diario del Delta II" del libro Química diurna (Alción)- y la tierra apareció rugosa/ como la piel de un recién nacido". Basta pensar en Xul Solar, que vivió sus últimos diez años en Li Tao, una casa a orillas del río Luján. La muestra del Museo de Arte Tigre -se puede visitar hasta fin de año- muestra cómo Xul plasmó en la obra de esos años lo que sería la arquitectura de las islas, las fachadas de sus casas, la filosofía que inspiraría a sus habitantes: de qué modo imaginó ese lugar ideal como territorio real.
El Delta exige un esfuerzo físico: hay que hachar, quitar la maleza, hacer acopio de provisiones. En este sentido, es el espacio de la aventura. Ahí van Cófreces y Muñoz en una canoa a través del Paraná para poder hacer un libro que es a la vez poemario y catalógo de árboles. O Diana Bellessi, según la vemos en el documental, ocupándose del árbol caído después de la tormenta, buscando al isleño capaz de hacharlo. Ella misma dice, en un fragmento bellísimo del film, que encontró ahí, en la isla, en un rincón del monte, su propio continente africano, ese con el que soñaba de niña y que parecía siempre inalcanzable. Como en las Metamorfosis de Ovidio, la isla transforma: se puede ser al mismo tiempo serpiente, jaguar, araña que trepa y la misma hiedra aferrada al tronco. La isla, uno de los libros de Mercedes Araujo, refleja esto.
Al igual que el personaje de Defoe y también como el poeta, el isleño tiene el mundo ahí, al alcance de la mano, sólo hace falta ponerle nombre para que de verdad exista. Esto, por un lado, se relaciona con el afán del naturalista que etiqueta la fauna y la clasifica. Pero, por el otro, de lo que se trata es de armar un bestiario personal, de inaugurar un paraíso propio en el que lo referencial pierde peso. Construir una poética, como suele decirse.
"El Delta, en mi caso -explica Muñoz vía correo electrónico- es un hemisferio cerebral. Allí están las fijaciones, la pobreza, la infinitud, las ramas y los árboles posibles, el río, las canoas, los perros y el cielo o el espejo propio de los hongos. Eso a veces coincide con el paisaje y a veces no. Ahí están, en ese territorio, las ranas, los grillos y los musgos. Ahí, en ese tejido, en ese telar, se expresan historias de orilleros, historias oscuras y bellas. La isla aísla, repele, se come todo con sus fauces de tierra y raíces, pero ese animal es el que amamos."
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