martes, 7 de diciembre de 2021

Poema del Río de la Plata (Margarita Abella Caprile)



La brisa,

alineando fugaces

caligrafías,

en el río trazaba

párrafos y más párrafos

de olas finas.


Un ejército rítmico

de respuestas venía

al encuentro de todas

las preguntas.

Cada renglón de agua,

al llegar a la orilla,

cantaba su mensaje

desfalleciente,

y al silencio volvía.


Desde el horizonte,

de línea a línea,

rodaban a la tierra

frases desconocidas.


¿Qué piedad sin riberas

hablaba con el mundo?


Sólo el agua entendía

la palabra

que intentaba el misterio,

sólo el agua 

y la brisa.




Margarita Abella Caprile (Buenos Aires 1901 -1960)
en Obras Completas, La Nación, 1964.

domingo, 20 de septiembre de 2020

La voz del ciervo (Marisa Negri)






En el susurro de la hierba
y en el grito de la pavas
que hacen girar los engranajes del mundo
se quema la isla
en el ondular de los peces
que dejan apenas un trazo en el agua
y en el hueco que la ranita saltadora cavó debajo del ingá
se quema la isla
y más profundo
y mas leve
en el encaje de ñandutí que reveló el rocío
y en los mil huevos rosados que esperan en los tallos
se quema la isla
bajo la sombra de las hojas duermen su sueño las crisálidas
y el colibrí va veloz hacia el perfume
hay humo en el aire.
¿Qué haremos con lo que arde,
con lo que oprime y pavimenta lo no domesticado?
Escucha
La voz del ciervo.
Escucha
la voz del ciervo:
no somos tan distintos
también tu vida
lleva su porción de muerte.
foto: Lisandro Dorisboure (Itekoa, aldea de agua)

domingo, 10 de mayo de 2020

Dos poemas de Daniel Saimolovich








La casa del Tigre

Tenemos una casa en Sudamérica.
Aquí están los perros sin dueño,
el río, las palmeras del verano,
el arbolito enmarañado
de las rosas silvestres,
las luces diagonales en otoño.
Acá vino a parar la ropa vieja,
el silencio, los vasos desiguales,
los miembros más longevos
de razas diferentes, hermanados
por el azar, por un descuido de la muerte.


La garza mora

No la vi llegar, de pronto
pasaban cosas raras con la luz
entre los juncos, allí enfrente.
Sin aviso, sin causa eficaz
la garza mora, gigante de los pájaros,
estaba frente al muelle.
Más tarde voló,
acariciando el aire,
moviendo apenas las alas poderosas.
Como si temiera, incluso volando
ir demasiado lejos en sus conclusiones.


Daniel Saimolovich (Buenos Aires, 1949) Publicó Párpado (1973), El Mago (1984), La ansiedad perfecta (1991), Superficies iluminadas (1997), entre otros. Dirigió la revista Diario de poesía.

miércoles, 19 de junio de 2019

Pava de monte común (Penélope Obscura) Cultura Gastronómica (Alberto Muñoz)




Viven de la caza, de la pesca, de los hongos. Comen pava de monte común, - el manjar más preciado- su carne, sus patas, su pico, sus plumas. Hay un culto a la sombra de la penélope obscura : una vez desaparecida en los estómagos de los comensales, su sombra debe ser expulsada para evitar, en el ángelus, su lamento tormentoso, que sólo se silencia con las risas de los que han engullido su cuerpo. Los rusos ríen al atardecer y las sombras escapan por los fondos.
La rana criolla es apetitosa; se la come viva, mientras el cuerpo baila imitando sus saltos. Si la rana es vomitada es debido a su celo. El celo de la rana se imita con una melodía. Todos conocen esa música que es la única que practican con su siringa de cañas con nueve agujeros. De noche, iluminada con las pequeñas luces lunáticas, se escucha, de orilla a orilla, la melodía que indica que en algún lado se ha comido una rana extasiada.
La tortuga es una comida de viejos. Se tira la carne, se come la resaca de la carcasa hervida durante tres días. Todas las comidas no muy sabrosas se acompañan con una pasta amarilla hecha de pescado, especialmente bagre, (uno de sus santos conserva este aspecto) frutos, hojas, hongos de poca ponzoña, y costras de árboles. Mastican y escupen.
Los perros merodean el escupitajo pero no lo comen. Se deja la pasta un tiempo a la intemperie y se la vuelve a ingerir. Algunos mueren con la ingesta, pero no deja de ser honorable ese modo de abandonar la vida isleña.
Beben el marrón de las aguas del río. Son buenos nadadores.
Los rusos detestan la aglutinación, sólo se enciman en los días conmemorativos: el día del río, el de la luna, el del silencio. Son festejos comunales e íntimos con los ancestros que pasan largas jornadas en las casas, ayudando en los trabajos relacionados con los nutrientes y la iluminación.

en “La invasión rusa” de Islario fantástico argentino. Bs As : Siwa - Biblioteca de los Confines, 2018.
ilustración : Gabriel Martino

La invasión rusa - primera parte- Alberto Muñoz


FASTOS

En el Delta del Paraná y a menos de cien kilómetros del Ojo de Agua, vive y se extiende una extraña comunidad islaria.
Se trata de una nación - así llaman sus habitantes al territorio- donde vivir y morir está fuera de toda ley. Al lugar se lo conoce como La Invasión Rusa.
Los moradores parecieran vivir en el modesto y molesto territorio de la imaginación, si bien es cierto que sostienen una realidad mucho más compleja que la realidad misma del Delta.
¿Qué es real, qué se atreve a no serlo?
Al parecer los rusos, son una respuesta a eso; un apunte más en la prodigiosa naturaleza del Paraná.

ASENTAMIENTO RUSO

El paisaje verde deja ver unas casas rústicas, en altura, viviendas palafíticas hechas para que la inclemencia del tiempo las destruya. Vuelven a ser levantadas inmediatamente después de una tormenta ventosa; en eso consiste construir para la destrucción. Lo que se levanta requiere de una inteligencia inconsútil que vuelva todo al comienzo indefinidamente.
No hay colores en las casas. recubiertas por fuera y por dentro con limo y materia orgánica en forma de turba, lucen en el aire como insectos lujuriosos.
La Nación está atestada de puentes.Todas las casas tienen varios de ellos, en su mayoría tendientes a las estrellas. Los puentes armados por detrás de las viviendas favorecen el paso de los ancestros. Fantasmas que van y vienen visitando a los suyos. Nadie arregla los puentes que se desmoronan con el paso de los ancestros.
Es un islario pequeño con dos orillas enfrentadas. Los hombres y las mujeres también están enfrentados desde siempre, conviven en una batalla silenciosa. Ese enfrentamiento se comporta como un pulmón que trae el pasado y se lleva el presente a los confines de la Rusia Imperial.
Están en la nación hace más de cien años. El Delta los ignora. Practican el silencio para no envejecer.
En los mapas de Prefectura, el asentamiento figura como un punto negro. Nadie llega hasta el lugar. Los curiosos que han merodeado el territorio no han visto nada, ni casas ni puentes, como si se tratara de una mala jugada de la imaginación, pero los rusos están, y con ellos sus estrategias para no ser vistos ni oídos, ni incluidos en los mapas del Delta. Los avistajes en helicóptero arrojan los mismos resultados. No hay rusos. Nunca los hubo.
Las batallas entre ellos son sangrientas pero transcurren en silencio. Los muertos se entierran al día siguiente del combate, en las soledades más inmensas de la mente. Morir no es azar.
Sus tradiciones permiten santos. Se les fabrican camitas para poner debajo de las camas. Con las inundaciones los santos viajan en sus barquitas rumbo al Vacío.

en “Islario fantástico argentino” Buenos Aires : Siwa- Biblioteca de los Confines, 2018.

domingo, 26 de mayo de 2019

Remontando el río Paraná / Theodore Child. Eduner, 2018.

Participando de la convocatoria de Conabip #fuialríoaleer compartimos este fragmento de Remontando el río Paraná , crónica que escribiera el periodista inglés Theodore Child en 1890.







El 20 de mayo de 1890 dejé Buenos Aires para iniciar un viaje remontando el río Paraná a bordo de un barco perteneciente a la flotilla de la Platense Company, el Olympo. Generalmente estos barcos salen desde Campana, cincuenta millas por tierra y ciento diez millas por agua desde Buenos Aires; pero, en lo que fue una excepción salimos desde La Boca, cuyos muelles presentaban la escena habitual de animación, confusión y crueldad hacia los animales que los destacan. Salimos a través del estrecho canal de dragado, disfrutando de una vista panorámica de la ciudad, y ganamos las aguas marrones del río, atestadas de vapores y embarcaciones a vela de todo tipo. Partimos al mediodía y pronto dejamos de ver tierra, y no fue hasta la puesta de sol, a las cinco de la tarde, que observamos al otro lado de aguas doradas y enrojecidas, algunas orillas bajas y fangosas hacia la derecha, y hacia la izquierda una isla rocosa, llamada Martín García, de un par de millas de largo, elevada unos ciento treinta pies sobre el agua y ubicada en el Río de la Plata, a dos millas de la costa uruguaya y a veinticuatro de la costa argentina.
La Isla Martín García ha sido llamada "la Gibraltar del Río de la Plata". Domina la entrada del río Uruguay y la del canal de aguas profundas del Paraná llamado Paraná Guazú; al otro canal se lo llama Paraná de las Palmas y sólo puede ser navegado por barcos de calado ligero. La Isla Martín García pertenecía formalmente a la República del Uruguay, pero fue anexada por los argentinos a fin de evitar que cayera en mano de los brasileños. Está fortificada y tiene una escuela naval. Estamos ahora en el delta del Paraná, que tiene veinte millas de ancho y se extiende trescientas millas río arriba, en el cual hay cientos de islas, algunas pantanosas, otras de extrema fertilidad en las que hay plantados álamos y melocotoneros, y están habitadas por horticultores; otras, nuevamente, cubiertas sólo con malezas y ceibos, un árbol bajo de la familia de la acacia, que sostiene brillantes flores escarlatas. En el viaje de regreso atravesé el canal de Las Palmas, admirado por la belleza de sus islas, y noté los florecientes pueblos y puertos de Campana, Zárate, Baradero y San Pedro, donde parecen hacerse muchos negocios con las conservas de carne refrigerada, así como también con los productos agrícolas y de pastoreo, la leña y las destilerías. 
En Zárate hay una fábrica de papel y un depósito de armas del gobierno. Nos perdimos de todo esto en el viaje de ida porque luego de que pasamos la noche en la Isla Martín García cayó la noche, la luna se elevó y el barco continuó estremeciéndose bajo el claro y estrellado cielo, entre las siluetas negras y azuladas de las islas a ambos lados.

jueves, 26 de julio de 2018

De la serie "Los pájaros" (Angel Otazo)



 
                                                      "Boyero" (detalle) de Gabriel Martino




Nunca más




Qué lindo que es acercarse al muelle

y ver un dorado saltando

mostrando todo su físico

Y mirar esa agua cristalina

El pescado

con un gesto

desaparece en el río

diciendo

no me ves más





Amanece




Qué lindo que es cuando viene amaneciendo

y ver las estrellas que se van perdiendo

y sentir el silbido del boyero.

Le acompaña el zorzal

con ese silbido imparable.

Por ahí sale la chicharra pidiendo calor.

De pronto sale la pareja.

Un casal de horneritos

aplaude a todos.




Colibrí




Quisiera acercarme a tu lado

pero tus ojos me están mirando.

Me gustan las flores dulces como los colibríes.

Nadie se acerca a decir si es por mí.

Me sentiría feliz.




Angel Otazo comenzó a escribir poemas mientras aprendía a leer y escribir. Es actor del Grupo de teatro de la Biblioteca Popular Santa Genoveva. Vive en el Delta de San Fernando.

viernes, 9 de junio de 2017

Fuego de las islas (Ricardo Zelarayán)




Fuego de las islas
mis cabellos queridos
miel de mi río
La primera carta de amor estrujada
La carta no recibida
y siempre esperada
es todo lo que puedo hacer
desde este lejano sur
camalotecito
no sigas al sur
fuego de las islas
cabellos queridos
abrázanos
da vueltas a nuestro
alrededor
como una calesita
muéstrame río tus islas
con el fuego verde del mediodía
Oh río que vienes hacia el sur
vámonos de vuelta para allá
No vengas hacia mí
Allá voy.
Corazón isla
los árboles se topan
no gemir
cosido a puñaladas
Yacaré olvidado
en mi corazón-cucharón-isla
río suavemente cuchareado
metido en una esponjita
y dale nomás isla de lanchas enamoradas
isla-ilusión
Iisla suavemente reflejada
abismo líquido que me das alas.

de "Ahora o nunca, Poesía reunida" (Ricardo Zelarayán, Ed. Argonauta, 2017)

miércoles, 24 de mayo de 2017

Rama rama, rama negra (Adela Basch)


fotografía de Silvia Sergi



Río

Si alguien me preguntara
aquí, ahora,
en este instante en que estoy recostada
sobre la espalda
de un río en flor,
si alguien me preguntara qué espero,
mi respuesta sería: nada.
¿Qué es, pero, una respuesta?
¿Qué espero, un saber, una certeza?
Sea lo que fuere, fuere lo que sea
el mundo es una sola pieza
que no tiene derecho ni revés.
futuro ni pasado.
Lo que ha de ser ya es
Aquí, donde se disipa toda pena,
en el fluir que todo lo diluye
junto al murmullo rasante de un poema,
cualquier expectativa huye.
Yo también soy el río que me presta su espalda
para que me recueste
y el río sabe que también él es
una mujer en flor, frágil y fuerte
que pasa fugaz con un poema
sin saber cuál es el límite preciso
entre las butacas de la platea
y el escenario donde fulgura el hechizo
con que transcurre la marea.

En el umbral del río

En el umbral del río
floreció la niebla
corola de pétalos grisáceos
de no deshojar.

Otoñea

Otoñea en la isla.
El río cruje en las ramas.
El agua balbucea, anárquica

y sagrada.

 de "Rama rama, rama negra" (Adela Basch, Ed La mariposa y la iguana, 2017)

lunes, 27 de febrero de 2017

Heráclito nada (Alberto Muñoz)



Alberto en su casa del A. Espera /2016



I


Olvido lo que hay que olvidar estando despierto; nadie sueña si no nada. Miro una orilla reverdecida que puede ser un ojo; la razón es un pequeño ojo. Lo que me rodea parece triste pero es pura sagacidad. Una razón desestabiliza todas las palabras que el oído no puede soportar. Se rompe la cáscara contra la orilla. Llegan noticias que viajan por el aire como nubes o desprendimientos. Habla una voz que hemos construido para entendernos. Nadando la voz se fatiga y sufre. La voz no esconde sus lujos. La voz es el manjar de la muerte.


2


El agua sale por la boca, es una fuente; se adhiere a la comunidad. Común es el aire que la lleva y la mueve. Común es la respiración que se adhiere a la comunidad. Viene de otro lado el ruido de unos escombros cayendo sobre la chata membrana del río. La comunidad se rompe, nace suavemente un huevo, un vicio lleno de saberes. El agua no sabe, muere cada vez que sabe. El agua es comunal. El saber, descomunal.


3


Los pies tocan la orilla. El cuerpo montado sobre ellos es amarillo y caliente. Caminando sobre una verde estación de hojas comienza la música. El cielo es el único tamaño a considerar. Si estuvieras cerca diría: Me complace tocarte y darte un tamaño mayor al de toda mi vida. ¿Sabés cuánto mide mi vida?


4

Tu perro está triste, Deberías enseñarle a nadar. Esos huesos que roe no pueden ser más que hiedras parásitas. Deberías atarle al cuello una felicidad bien enhebrada, leche de los astros que pueda sosegar su ferocidad. Yo tengo pocos animales a mi cuidado. Me complacería tener una boa, pero requiere cuidados que sólo le otorgué alguna vez a mi madre y hace mucho tiempo.



de "Los apestados / Heráclito nada" Ediciones en Danza, 2016.


Alberto Muñoz nació en Buenos Aires en 1951.Es poeta, músico, dramaturgo y guionista. Una de las voces esenciales de nuestro río, habita hace dos décadas una casa en el Arroyo Espera - delta de Tigre. Últimos libros publicados: El naturalista (En Danza, 2010), La luz contra el centeno, antología (Continente, 2013), Leyland (En Danza, 2015)

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Repelente (Sebastián Hernáiz)



No hay mosquitos en el Tigre. El río
está bajo, hace días que no llueve.
Nos sorprende
en nuestras pieles lechosas
el sol seco de media tarde. De nada
nos protege el repelente, la piel
pica de mera incomodidad con el mundo.
Somos adictos a un par de alicientes. Las mujeres,
la mujer, noches ebrias, dos canciones.
No hay repelentes que resistan
al precipitado pasar del día a día. Va a llover pronto,
el río va a crecer. Vamos a quedar por siempre
en esta piel, en esta isla que late.

en "El prejuicio del sexo", Bahía Blanca : Vox,2014.

Sebastián Hernaiz es docente de historia de la literatura argentina en la carrera de Letras de la UBA. Publicó la novela Las citas, (17grises, 2016), el libro de poemas El prejuicio del sexo (Vox, 2014), y los ensayos Rodolfo Walsh no escribió Operación Masacre (17grises, 2012) y El arte de la guerra en el póker (Mondadori, 2012). Fue editor de la revista el interpretador y conduce el programa de conversaciones sobre libros Escribir en el Aire, por FM La Tribu.

sábado, 18 de junio de 2016

Tigre y adjetivos (Emma Barrandéguy)







Barcos muertos
con sus costillas llenas de musgo,
inútiles defensas
de maderas agujereadas
donde asoman tornillos desvalidos y toscos,
sauces obstinados en sus verdes ramajes
sobre el tronco caído mecido por el río,
añosas casuarinas
mostrando sin pudor sus raíces al aire
y verdes enloquecidos
cayendo sin prisa
hasta el borde de los riachos.
Muelles, muelles, muelles.
Veleros sin velas
y cruceros con mujeres doradas
bajo la toldilla,
fuera de borda veloces
y esquiadores saltando la estela de las lanchas,
frágiles remeros mirando a su timonel,
grandes botes de carga, almacenes flotantes,
pequeñas canoas para los mandados
y un hombre parado
en la popa de su chalana
con la pala contra la nube
que se recuesta en el agua
y mirando,
en el enorme silencio del atardecer
cuando el zorzal llama
monótono y armonioso
y se encienden las luces de las casas
que navegan
entre los árboles y las hortensias.

Emma Barréndeguy (1914-2005) se trasladó de su ciudad natal Gualeguay (Entre Ríos), a Buenos Aires en la década del 30, ya recibida de maestra normal y con un título de bachiller obtenido en Gualeguaychú. Pronto pasó a ser la secretaria privada de Salvadora Onrubia de Botana, con lo que accedió al movido círculo en torno al diario Crítica. Buenos Aires le permitió ampliar sus intereses políticos, canalizar sus experiencias eróticas y profundizar en la lectura y la escritura, pero no suplantó a la provincia, a la que volvía con regularidad. Es precisamente el relato autobiográfico y transgresor de su vida en aquellos años, tal como lo presentó en Habitaciones (Bs. As. 2002), lo que dio a conocer su nombre en el último período de su vida. Pero no la prosa sino la poesía, abrevada también en la tensión centro-periferia, la que acompaña el ciclo completo de su existencia: a los cuatro libros de poemas que publicó en vida hay que sumar una vasta producción inédita. (Irene Weiss)

en Poesías Completas. Emma Barréndeguy. Colección Fénix. Ediciones del Copista, Córdoba, 2009

martes, 14 de junio de 2016

A Reynaldo Ros, poeta muerto (Alfonso Sola González)






"y a solas con las aguas
queda mi juventud"
R.Ros

No se verán las frutas otra vez. Ni el verano
de las islas que ordena el Ibicuy. Ni el aire.

Lejos estaba yo en mi largo destierro;
mis ojos no te vieron en ese ocaso último.
Sólo podré mirar algún día tu piedra
en un ocioso cementerio y el arroyo
que pasa entre los muertos como un ángel.

Ni la victoria regia será de ti el regalo,
ni los frutos que ofrecen los fuegos litorales,
ni el peso de la vida que mirábamos juntos,
ni el verso que traías en tus oscuras manos
diciendo que eran bellos el día o la pobreza.

No son los ríos  los que mueren. Somos
apenas sueño junto a un río eterno
que arrastra tardes victoriosas, luces
apasionadas entre lentos barcos.

Detrás de la Isla Puente tus manos prodigiosas
no enseñarán ya nunca
el esperado paso del azul camalote
y la vieja madera de un bote andará sola
sobre el agua de siempre, entre las voces
de los que te quisimos, Reynaldo, y te llamamos
cuando la muerte cruza las pacíficas islas.

en "Obra poética" Alfonso Sola González / Ed Biblioteca Nacional 2015

viernes, 1 de abril de 2016

Las islas y los ojos (Reynaldo Ros)




Desde esta quietud azul
toda a orillas
de aguas anchas y andariegas
del Paraná, atardecidas,
es bogar, es ir dejando
al son de lo que uno silba,
la ciudad
y la amiga;
mientras pasan camalotes
floreciendo a la deriva,
bogar hasta el verdor quieto
de las islas.
¡Bienhaya la fronda islera!
¡Bienhaya, la tardecita!
Murmullo de rio y sauces
que embarque la copla mía.
Hunden su color los cielos
y arboledas que se inclinan,
ya al agua sonora y crespa,
ya al agua callada y lisa.
Isla adentro,
donde las garzas atisban,
en laguna en que un cardumen
dibuja sus fugas finas,
son hojazas de irupé
lo que la piragua esquiva.
Ya nadando una tucura
va del catay a la achira,
si no queda en el bocado
del pacú que la persiga.
Cuelga al paso una culebra
que en las ramas, rama en pinta,
disimulada, entre brotes,
hacia los pájaros mira.
Y abandonando las flores
y la luz rosa y la brisa,
ya un mainumbí deja el vuelo
tras la hoja donde anida.
Ya en la ruta aguas abajo,
a remada lenta y rítmica,
cantando bajito traigo
rápida la navecilla.
Allá en los ranchos costeros
una guitarra acarician.
Y entre salvias olorosas,
por las sendas doraditas,
con sus palancas al hombro
los pescadores desfilan
seguidos por sus mujeres
que llevan leña de chilca.
Ya en lo alto, en las afueras,
ondula un verdor de quintas.
Ya una fábrica, entre nubes,
su nube de humo fabrica.
Sobre el cromo de las aguas
y barrancas, sonreída,
con su crepúsculo al lado
la ciudad luce a la vista,
y en ella un color, bienhaya,
como mis ojos lo estiman.
No es que busque la ciudad
con su parque verde arriba,
ni que mi retorno techen
frondosas las avenidas;
ni es verdor en soledad
donde el musgo afelpe ruinas,
ni una fiesta de luciérnagas
que al pie de la noche habría.
Bienhaya otra cosa bella
que el retorno me enjardina.
Con murmullo de agua y sauce
mi verso se da en albricias.
Y es llegar al caserío
cuyas terrazas matiza
el sol yéndose
y aun más dulces que su ida
aquí, glaucos,
reinan los ojos de Mirta.

viernes, 25 de marzo de 2016

El Delta, con biblioteca propia (por Pablo Andisco para El Argentino Zona Norte) 22 de marzo 2016




Con espíritu arqueológico, los poetas Marisa Negri y Javier Cófreces lanzaron la Biblioteca Isleña, la primera colección dedicada íntegramente a la literatura inspirada en el paisaje del Delta. Un proyecto que nace a dos horas de navegación del continente y se propone recuperar obras clave para entender el pulso de las islas.




“De allí que esta lucha en las islas les conformó una voluntad de hierro, un sentido de independencia y una individualidad tan extraordinaria que yo diría que el Delta Argentino es uno de los pocos lugares del mundo en donde aún existe un puñado de hombres libres”, escribió Roberto Arlt en sus “Aguafuertes Deltianas”, editadas poco antes de su muerte, en 1942. El texto permaneció al margen de su obra más reconocida, pero reviste tanta actualidad que sirvió como disparador para la colección Biblioteca Isleña. “En las escuelas de isla, salvo excepciones, nunca se ha profundizado en nuestros textos fundacionales. Cuando leí por primera vez ese párrafo, supe que necesitábamos que ese libro llegara a los chicos y, por suerte, Ediciones en Danza asumió este desafío”, expresa Marisa Negri, poeta, docente y coordinadora de la colección.

El poeta Javier Cófreces es el director de Ediciones en Danza y explica por qué se puso al hombro la tarea de recuperar la histórica relación entre las palabras y las islas. “Responde a la necesidad de consolidar, agrupar, profundizar y difundir la literatura referida a una zona habitada y querida por nosotros, que por diversos motivos no fue preservada”, cuenta el poeta, asiduo visitante de la isla en su casa del Arroyo Caaguatá, en Tigre.


Con ilustraciones de Gabriel Martino, la colección inaugura con “El Delta y su antigua fauna”, de Félix de Azara; “Aguafuertes Deltianas”, de Arlt, y “Apuntes isleños”, de Santiago Albarracín, todos títulos de difícil acceso. La selección es aleatoria y los editores prometen autores como Domingo Faustino Sarmiento y Marcos Sastre y un espacio para la poesía y la dramaturgia, tanto de autores consagrados como nuevos. “En las últimas décadas dejaron de editarse las obras publicadas en el pasado y se desactivó la chance de editar materiales que convoquen a las nuevas voces”, revisa Javier, destacando la importancia de la colección.


La lista sobre los artistas atrapados por el Delta se vuelve infinita y surgen los nombres de Haroldo Conti, Oliverio Girondo y Leopoldo Lugones, entre tantos otros, cautivados por un secreto que Javier intenta develar. “Cada persona incorpora los elementos particulares que le transfiere ese paisaje riquísimo y que resignifican la existencia humana. La percepción individual y colectiva de ese entorno es propiciante de disparadores”, expresa el poeta, quien plasmó sus propias experiencias en el libro “Tigre”, escrito junto a Alberto Muñoz.



Para Marisa, el Delta es un paisaje omnipresente en su vida. Fue aprendizaje en la niñez, nostalgia en la adolescencia y su residencia desde hace cuatro años, donde está a cargo de la Biblioteca Popular Santa Genoveva, en la segunda sección del Delta de San Fernando. “Vivir en la isla conecta con los ciclos de la naturaleza. Me levanto cuando amanece, me acuesto cuando se va el sol. Eso es maravilloso”, cuenta la docente, que no deja de lado las dificultades propias de la zona, donde el 70 por ciento de las familias no tiene conexión a Internet. “Necesitamos del mundo, y allí es donde comienzan los problemas; desde enero estamos sin señal de celular y las empresas no dan ninguna respuesta”,

denuncia Marisa, quien sueña con que la biblioteca pueda aportar una solución. “Aspiramos a tener algún día una sala de lectura en la que los vecinos puedan venir también a comunicarse y resolver algunos trámites sin necesidad de viajar a la ciudad. Pero para eso necesitamos ayuda”.


Una editorial en crecimiento

En breve, los títulos de la Biblioteca Isleña estarán disponibles en las librerías de San Fernando y Tigre, así como en las sucursales de Yenny-El Ateneo y las principales librerías de Capital y Gran Buenos Aires. Para más información sobre el catálogo y cómo conseguir los ejemplares, comunicarse a través de la página web de la editorial: www.edicionesendanza.com.ar.

sábado, 19 de marzo de 2016

Apuntes isleños: Sauces (M. Santiago Albarracín)






 El sauce que llaman criollo conviene plantarlo en las islas, en los albardones; su tronco es derecho, necesita ser cuidado y limpiado los tres primeros años a fin de que la maciega no lo tape, haciéndolo perecer. Si no se desmocha, puede crecer mucho el tallo, aunque lentamente.

 Sauce oriental, llorón o de Babilonia. Salix orientalis, flajellis dorsum pulchre pendentibus Tournefort. Salix babilónica: Linneo. Con ramas delgadas y colgantes, es el rey de los sauces, en cuanto a la belleza de su forma, vegeta con fuerza, brota con ramas largas y hecha ramillas como de diez pies de largo sumamente delgadas, y se pueden formar pabellones verdes, elegantes y graciosísimos a la vista. Este árbol crece espontáneamente en los terrenos abandonados, que se encuentran algunas veces salpicados de esta planta, ya que su semilla es transportada por las aguas y los vientos; cultivado, progresa rápidamente, si se cuida con esmero, como se deja ver en el paseo Guardia Nacional en los alrededores de Buenos Aires. Esta planta destruye cuantas alcanza a cubrir con su sombra, menos los enormes seibos, que descuellan sobre ellos admirablemente; su madera es de poco valor por ser vidriosa, y su leña, muy poco estimada.


En:"Apuntes Isleños" M. Santiago Albarracín, Ed. En Danza, 2016.

viernes, 18 de marzo de 2016

El Delta y su antigua fauna: Nutrias (Félix de Azara)



Nutria


Llamo nutria al animal que en el país llaman lobito de río y que se encuentra en todos los lagos y todos los ríos del Paraguay ya hasta el río de la plata. Cada sociedad de estos animales vive en un gran agujero que excavaban al borde del agua, y donde nacen y crían a sus hijos. No viven más que de peces, que comen generalmente fuera del agua. Permanecen todo el tiempo que quieren debajo del agua, sin ahogarse, y muestran a veces la cabeza detrás de los buques y ladran como perros; pero el sonido de su voz es ronco y nunca muerden a los que están nadando. En tierra su marcha es pesada y avanzan casi arrastrándose sobre el vientre. El hocico no es puntiagudo, está bien provisto de bigotes, los ojos son pequeños. Yo había visto de lejos, navegando algunos ríos nutrias que me parecieron más grandes que los ocho individuos que había visto y descrito. Sospeché que estos animales pertenecían a otra especie, después me persuadí que la diferencia de tamaño venía de la edad y no de otra diferencia específica.


En: "El Delta y su antigua fauna" Félix de Azara, Ed. En Danza, 2016.

martes, 8 de marzo de 2016

Federico García Lorca y el delta

El 13 de octubre de 1933 a bordo del trasatlántico Conte Grande llega a Buenos Aires el poeta andaluz Federico García Lorca.
Su estadía se prolongará hasta mediados de marzo del año siguiente e incluirá varias visitas al delta, que según su biógrafo Ian Gibson era uno de sus parajes preferidos.
En una velada previa al reestreno de Bodas de sangre organizada por El Diario Español, Federico dice:

"El dirigir la palabra esta noche al público no tiene más objeto que dar las gracias bajo el arco de la escena por el calor y la cordialidad y la simpatía con la que me ha recibido este hermoso país, que abre sus praderas y sus ríos a todas las razas de la tierra.
A los rusos con sus estrellas de nieve, a los gallegos que llegan sonando ese cuerno blando de metal que es su idioma, a los franceses en su ansia de hogar limpio, al italiano con su acordeón lleno de cintas, al japonés con su tristeza definitiva. Pero, a pesar de esto, cuando subía las ondas rojizas y ásperas como la melena de un león que tiene el Río de la Plata, no soñaba esperar, por no merecer, esta paloma blanca temblorosa de confianza que la enorme ciudad me ha puesto en las manos (...)"





Fiesta campestre a orillas del río en San Fernando en la Sociedad Valenciana El Micalet

Federico, que compartirá inolvidables momentos con Raúl González Tuñón, Pablo Neruda, Ricardo Molinari, Oliverio Girondo y Norah Lange entre muchos otros les dirá al despedirse:

"Ahora, con ansias de estar entre los míos, me parece que dejo algo de mí en esta ciudad bruja. En poco tiempo me he hecho amigos que parecen de años. Por favor, mañana, en el barco, estaréis todos alegres. Haremos de cuenta que me voy al Tigre, que nos volveremos a ver al otro día." (Crítica/ Bs As 27 de marzo 1934)


El Tabernáculo de Ricardo Molinari ilustrado por Federico





Paseo en barca por el Río de la Plata, en primer plano Córdoba Iturburu, a su lado Ricardo Molinari, al fondo Federico García Lorca con Martínez Sierra

Fuentes:

Gibson, Ian "Federico García Lorca" 2. De Nueva York a Fuente Grande (1929-1936) Ed Crítica Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1998

Medina, Pablo "Un andaluz en Buenos Aires" Manrique Zago / León Goldstein , Bs As. editores 1999

sábado, 30 de enero de 2016

I-kaá, el viajero del río (versión de Gervasia Puentes)







El camalote, viajero perenne del los ríos litoraleños, ha inspirado infinidad de leyendas sobre su origen. La presente fue narrada por doña Gervasia Puentes, una puestera de la localidad de Amenábar, casi en el extremo del taco de la bota que forma la provincia de Santa Fe, en la confluencia del Paraná con el Arroyo del Medio.






Cuentan los aracuá que hace mucho tiempo, allá por los tiempos de losyará -comenzó su narración doña Gervasia, en los ríos no existían los camalotes. Que la tierra era tierra, las islas, islas, y el agua, agua, sin nada que flotara en ella. Claro que eso fue mucho antes, cuando todavía los indios an­daban tranquilos por el monte, sin soldados españoles que los persiguieran para robarles el oro.


Sólo que después la cosa cambió -continuó ‘ña Gervasia, luego de echar una mirada al corderito que se asaba sin apu­ros en el horno de barro. Esto que voy a contarles sucedió cuando los hombres de don Diego García llegaron a Santa Fe, remontando primero el Mar Dulce, que hoy llaman el Río de la Plata, después el embravecido Paraná y, al final, ese río que ven ahí, que ahora llaman Carcarañá, pero que para los guaraníes era simplemente "El Río".


Pero lo que no sabía García, que llegaba con la intención de convertirse en gobernador de la región, era que el cargo ya estaba ocupado por Sebastián Caboto, quien ya había funda­do, por su parte, el fuerte Sancti Spiritu, y no estaba dispues­to a renunciar a su puesto.


Días enteros discutieron los comandantes en el fuerte, mientras sus tropas aprovechaban la oportunidad para resar­cirse de los largos meses pasados en alta mar, atiborrándose de las delicias culinarias que le ofrecía el Nuevo Mundo y po­niéndose al día con el forzado celibato impuesto por la vida marinera.


Sin embargo, no todo era barbarie en aquellos rudos ma­rinos y mercenarios de fortuna, sino que, en algunos de ellos también había lugar para el amor, y así fue que uno de los soldados de García se enamoró de una bella guayna, que in­mediatamente correspondió a sus requerimientos amorosos.


Así transcurrió todo el verano, y mientras García y Ca­boto recorrían el interior, ellos se amaron tiernamente, más allá de las barreras que les imponían el idioma y las costumbres, que, más que un obstáculo, fueron un desafío que ellos superaron con risas y pasión. Nadaron juntos en el río, mientras ella le enseñaba las formas de sobrevivir en la selva y él le contaba anécdotas de su vida marinera; él se extasió con las papas, loscamotes, el abatí, el chipá y los tomates; ella se embriagó con el amor exótico de un extranjero.


Mientras tanto, a su alrededor, las relaciones entre los indios y los invasores españoles comenzaban a desbarran­carse. Los guaraníes los habían agasajado, los habían ayu­dado a construir sus casas y sus fuertes, habían trabajado para ellos sin exigir nada a cambio, excepto algunas herra­mientas de hierro.


Sin embargo los invasores blancos, la mayoría de ellos morralla reclutada en los peores presidios europeos, no tar­daron en revelar su verdadera naturaleza: humillaron con malos tratos a quienes los habían ayudado a sobrevivir en un entorno que los habría aniquilado en un abrir y cerrar de ojos; robaron sus pertenencias, vejaron a sus mujeres y escla­vizaron a sus hijos, hasta que los indios se hartaron de su so­berbia y una noche incendiaron el fuerte con todo lo que ha­bía en su interior. Los pocos españoles que sobrevivieron a la heca-tombe se refugiaron en sus barcos, esperando el regreso de sus coman-dantes.


Obviamente, la justa represalia de los guaraníes hizo que el amor entre la india y el soldado se hiciera más difícil, más clandestino y más aciago que nunca. Día tras día, en sus en­cuentros prohibidos, ella trataba de retenerlo con regalos y caricias, pero sus esfuerzos no lograban horadar la muralla de desconfianza que la situación iba erigiendo entre ellos.


Finalmente llegaron los capitanes, se encontraron con la ciudad arrasada y decidieron que había llegado la hora de re­gresar a España. No obstante, los preparativos tomaron se­manas enteras, durante la cuales la muchacha guaraní deam­bulaba entre los sauces de la orilla, aguardando la oportuni­dad de ver a su amado, aunque fuera sólo un instante.


Pero una situación de guerra no hace lugar a sentimientos personales y la separación sorprendió a los amantes sin que mediara despedida alguna; simplemente una mañana, al lle­gar a la orilla del río, la muchacha vio los barcos que se ale­jaban y la congoja invadió su pecho. Los vio enfilar prolija­mente hacia lo profundo, y luego navegar, viento en popa, lle­vándose sus sueños y sus esperanzas y dejándole tan sólo una vida incipiente que latía en sus entrañas.


Al cabo de un rato, las siluetas de las carabelas eran tan pequeñas que costaba pensar que a su bordo podían caber tantas ilusiones deshechas. Luego, sin aviso, el primer reco­do del río se los tragó, como si no hubieran existido jamás.


Largos y amargos días se sucedieron, mientras la india llo­raba amarga-mente su amor frustrado; soñaba que le crecían las alas de una garza y que se elevaba por los aires, en busca de su amor, pero luego se despertaba bañada en lágrimas, pa­ra tomar conciencia de su soledad. Durante el día, deambula­ba por la selva, tratando de encontrar un medio que le permi­tiera surcar el agua, más allá de las islas que moteaban el río y llegar hasta donde, según la leyenda, el Paraná se hacía tan an­cho y tan profundo que sólo su color lo diferenciaba del mar.


Hasta que sus lamentos fueron escuchados por el I-porá del río, que se apiadó de su dolor y se lo contó a Tupá y Yací, su esposa, que accedieron al vehemente deseo de la joven de seguir a su amado y la convirtieron en camalote.


Finalmente se cumplía su anhelo: se alejaba de la orilla y flotaba en el agua fresca y leonada, río abajo, como una enor­me jangada gigantesca, arrastrando a su paso troncos, plan­tas y animales y transportando en su seno a todos aquellos seres ansiosos de horizontes, eternos viajeros del río.






en Lagos, Wolko "Cuentos y leyendas del litoral" Ed Continente 2000

martes, 26 de enero de 2016

Prólogo de Escritos en el agua (Carlos María Domínguez)





Hay en el Río de la Plata una raza de hombres y mujeres de la costa cuyas vidas, igual a esos troncos que las mareas arrojan a la playa, han sido pulidas de forma caprichosa y extraña. No existe un elemento más blando que el agua y sin embargo, socava la roca y el corazón más duro hasta volverlos irreconocibles. Desde que Juan Díaz de Solís lo descubrió por error en 1516 y fue cena de los indígenas, la muerte y el equívoco no le han sido ajenos. Los bañistas conocen su bondad, fulgor y desahogo, pero un inglés lo llamó "el infierno de los navegantes" y los marinos entendieron que le hacía justicia. No sólo es capaz de subir cuatro metros de marea, provocar grandes inundaciones y mostrar furias marinas. Sus bancos de niebla abandonan los barcos a la suerte de temerosos silbatos, el Sur lo violenta y el Norte lo fuerza a retirarse varios kilómetros de ambas márgenes y, así como las tormentas alzan olas de dos metros en la superficie, su lecho desplaza lentas pisadas de arena. Las corrientes forcejean, cambian los canales de lugar y los colores del agua, e incluso sus costas, que debieran ser firmes, no se quedan quietas. Sin profundidad en la mayor extensión, pocos lo considerarían peligroso, pero su fondo guarda centenares de barcos hundidos. Tumba de navegantes, también vino a serlo, hace pocos años, de incontables desaparecidos. Más que un río semeja una trampa implacable, en cumplimiento de un dramático destino. Oculto en la fama de su nombre, no fue el río Jordán que quiso Américo Vespucio, luego de cruzar la frontera del Tratado de Tordesillas, tampoco el "Mar Dulce" que pretendió Solís, detrás de un paso que lo llevara a la India, y nunca condujo al mineral de plata que buscaban los conquistadores, quienes lo conocieron como "el argentino río" (del latín argentum: plata). Pero el nombre sobrevivió, a falta de respaldo en la realidad, con la utopía que identificó un virreinato y luego la independencia de las Provincias Unidas. Hoy nombra una región que comprende a Uruguay, a la República Argentina, de un modo impreciso a Paraguay y a los estados sureños de Brasil. ¿Qué tienen en común estos países? Un puñado de guerras y un solo destino enhebrado al agua que corre por los ríos Paraná y Uruguay, desde los trópicos a los bajos del sur. En su dimensión más ceñida: un modo permeable de asumir la lengua, el pasado y la novedad. Los argentinos dieron al río y su pretencioso genitivo una expresión dentro de fronteras con una concesión a la orilla oriental. Proclamada Buenos Aires "Reina del Plata", el estuario cobró notoriedad con adjetivos literarios no exentos de pereza. Eduardo Mallea lo llamó "el río inmóvil"; Jorge Luis Borges: "río de sueñera y barro"; Leopoldo Lugones: "el gran río color de león" y Baldomero Fernández Moreno: "el río café con leche". Hace algunos años Juan José Saer tituló "El río sin orillas" un libro en el que dio cuenta de la historia, la geografía y la cultura del Río de la Plata, aunque solo desde su margen occidental. Coincide con la apreciación que hiciera Darwin durante su viaje junto a Fitz Roy, en 1831: "No hay ni grandeza ni belleza en esta inmensa extensión de agua barrosa". Pero otra afirmación resulta más emblemática: "Es obvio que la banda oriental, es decir el Uruguay, no ha entrado en mis consideraciones, no porque ignore la legitimidad de su carácter rioplatense, sino porque, no habiéndolo visitado nunca, no me atrevo, desguarnecido como estoy de todo dato empírico, a aventurarme en sus, según me han dicho muchas veces, apacibles colinas [...] Las peripecias del lado occidental, sin embargo, son muy semejantes a las de la otra banda y ambas comparten muchos de sus mitos." La presunción de Saer revela la vigencia de una ilusoria confianza: el Río de la Plata tendría un comportamiento uniforme en sus dimensiones físicas e imaginarias. Consagra no sólo un error, también la ignorancia de un fenómeno esquivo a la mirada argentina que, con la imaginación puesta en los terrores de la pampa, creció de espalda a sus orillas y vio en el ancho cauce una monótona descarga, pese a que del río llegaron los inmigrantes que le dieron identidad y hasta el día de hoy navega su comercio. Siendo su control motivo de muchas guerras, no hallaron las aguas más que descrédito. Por paradójico que resulte, tampoco abunda entre los uruguayos la comprensión del estuario que, de Montevideo al Este, se conoce por mar, y colma sus costas de grandes ensenadas de arena con cabos rocosos, donde se suceden los balnearios. Su literatura, se diría, no ha puesto un pie en el agua. No me propongo explicarlo. Apenas anotar,: la extravagancia que llevó a la cultura rioplatense a desentenderse del río que le dio nombre, tal si empeñada en ocultar una vergüenza, enterrara también su fundamento. Sus dos orillas han tenido y tienen, sin embargo, una vida propia, olvidada o desconocida. Al menos hasta los años 70, sobre la costa argentina, del Tigre a Vicente López, recreos y pescadores poblaban la ribera con sus casas sobre pilotes, música de acordeón y bailes improvisados. El Ancla reunía una juventud bronceada con tatuajes marinos en los brazos, Olivos a las familias, y en la Costanera, y más al sur, en Quilmes y Punta Lara, las costas se llenaban durante el día y en la noche de multitudes sedientas de horizonte. Carritos de comidas, cervecerías, parques de diversiones, hombres lanzallamas, equilibristas y músicos vivían de la algarabía que la recorría de diciembre a marzo, frente a la dilatada orilla ausente. El verano dividía a los porteños en gente de piscina y gente de la costa, y rara vez se mezclaban. Las clases medias y altas evitaban meterse en el agua con "la negrada" porque temían el contagio de una peste; preferían las piletas de los clubes o las casas de fin de semana. Los demás no tenían elección y disfrutaban la ribera.

La dictadura militar de Jorge Rafael Videla acabó con ella. Clubes militares y empresas privadas se adueñaron de las orillas y luego rellenaron con escombros una ancha franja sobre el río. Para llegar al agua hubo que atravesar callejones malolientes entre los clubes, descubrir pasajes llenos de basura y superar montañas de desperdicios. Poco después prohibieron los baños y no había más que mirar el agua negra, saturada de bolsas de plástico, excrementos, restos de cartón, vidrios y botellas rotas, para comprender que algo había terminado para siempre. El río se convirtió en el emblema de una estafa que, denunciada su falsedad marina, revelaba una inmunda charca. Entonces un escritor argentino, Haroldo Conti, daba noticias de que en el Delta del Tigre había un mundo que había sido próspero y luego abandonado, con historias y personajes de leyenda. Tenía una casa en una de las islas y varios cuentos y novelas donde el río y sus orillas cobraban una dimensión agónica, alegrías del verano y espesuras de niebla. Pero igual que miles de argentinos, también Haroldo fue secuestrado y desaparecido, y arrojado de una avioneta a las aguas que supo navegar, amar y cantar con insólitas ternuras, y desde entonces las costas de Buenos Aires quedaron vencidas por un silencio de muerte. Nada similar ocurrió en la orilla oriental, aunque allí llegaron no pocos cadáveres entregados al arrastre del "río inmóvil". Las costas de Colonia, aun golpeadas por su propia dictadura, prolongaron la cultura ribereña de los orígenes, con su libre acceso a las playas, sus pescadores, contrabandistas, vagabundos, cazadores y piratas. Una frontera humana indisociable del río, aunque marginal a ambas capitales del Plata. Este libro quiere narrar un puñado de esas historias escritas en el agua. Antiguos y no tan viejos destinos enfrentados a una realidad sin otra ley que la del cuerpo, la lucha por la sobrevivencia, la aventura y el riesgo. Con ser un accidente transitorio, el Río de la Plata tiene una historia que contar. No siempre fue como lo vemos y no lo será en el futuro. Es un espacio que se derrama como un fantástico e inadvertido reloj. El más ancho de los que existen en la tierra, el tercero más caudaloso después del Amazonas y el Congo, empuja en su deriva un misterio de cadalso, fuerza y rebelión que, cavando la roca, se ha vuelto irreconocible, también para sí mismo.


Prólogo de Escritos en el agua / Ediciones de la Banda Oriental / Uruguay 2011