jueves, 21 de noviembre de 2013

Haiku (Isolina Raíces)

Isolina nació en Arrecifes (Bs As) en 1930 pero vivió desde su infancia en el Canal Arias. Se dedicó a la Educación. Publicó "Dos estilos" en 2005.


Desaparecen
por ambición del hombre
selvas del delta.

El río lleva
refugio de aves
camalote va...

Las golondrinas
juegan sobre el río
quieren llevarme?

Cielo del delta
profunda transparencia
azul de hortensias.

Como damero
dos colores jugamos
vida o muerte


La vivienda del isleño (Roberto Arlt) El Mundo, 2 de diciembre de 1941





Cada vez que se escribe sobre el Delta, la triple asociación de palabras “isleño-fruta-canoa” produce en el lector no informado la impresión de que el articulista se dispone a tratar los problemas de una región extraña, donde el hombre aún vive en estado primitivo.
Abona la construcción de esta falsa imagen el desconocimiento que generalmente para los profanos, envuelve con su cortina verde la vida de los isleños, que, contra lo que puede suponerse, fortifican los ingresos del erario nacional y provincial con ingentes sumas.
Aparte de que las cinco mil familias que pueblan esta zona acuática forman un grupo social con particularidades extraordinarias. Estas particularidades son la expresión de sorprendentes características psicológicas que conviene historiar, pues el estudio de estas células de energía dispersas en grupos familiares o de nacionalidades en una extensión de seiscientas mil hectáreas. incomunicadas entre sí por más de doscientos canales y arroyos, interesa vivamente al país en estos momentos en que la nación, en movimiento de introspección, examina su musculatura.
Desde ahora podremos asegurar que los pobladores del Delta son víctimas de la sordera crónica de los poderes públicos, empeñados en ignorar las necesidades reales de estos hombres magníficos, cuyo valor se subestima continuamente.
De allí que trataré en estas notas algunos áridos temas de codificación y economía, para que de los hechos surja la evidencia de la técnica con que lesionan los intereses de una de las más heroicas comunidades que engrandecen el país. Con este procedimiento, el perfil psicológico del hombre se vitalizará en el dinamismo del número
                                                                       ***
A media hora de lancha del Tigre cuando ya desaparecen las casas de juguete destinadas al “week end” de la metrópoli, y las hileras de árboles para madera o frutales suceden a los jardines de holgorio, de tanto en tanto se hace visible entre la maleza de un huerto silvestre una casona de madera con techo de cinc,  o una casona con estructura de tirantes y paredes de barro, o también una vivienda moderna de cemento armado, cuyo descanso se abre al río sobre una escalera de recibimiento. En los tres casos, la vivienda de barro, de madera o de material está cargada sobre puntales, los que dejan libre un entresuelo por el que puede caminar sin obstáculos un hombre de elevada estatura.
Los penachos de los álamos, el abanico de las palmeras, el jopo verde de los sauces, teje en redor de la casona un africano nicho de sombra. Abajo, las manchas en siete tonos de rojo de los malvones y las tazas blancas de las calas, componen con los vinosos rosales silvestres, la infatigable y repetida policromía de las islas en las que los ojos no se cansan de extasiarse. El aire está perennemente embalsamado por la dulzona frescura de la madreselva y jazmín, multitudes de pájaros charlan en la enramada, el nido de un hornero pende solitario de una horqueta y tandas de perros ladran a las lanchas que pasan.
De la costa al agua avanza un rústico muelle que permite desembarcar, una escalera de madera roída por el tiempo se sumerge en las aguas, y casi siempre para defender la orilla de las erosiones provocadas por los latigazos del río, a todo lo largo del frente de la casa se tiende un tablestacado, cuyos tablones de pino chicotean las olas cada vez que pasa una embarcación. Otras veces el tablestacado no es de tablones de pino sino de troncos de sauce.
El espacio hueco debajo de la vivienda, casi siempre cerrado por un enrejado de listones, es despensa unas veces, depósito de envases de fruta otras, comedor para verano algunas, pero el paseante ve perderse el cubo encalado entre las manchas verdes y piensa:
-Este es el rancho del isleño. Porque aparentemente la vivienda es un rancho como aparentemente el isleño es un hombre que vive primitivamente; pero, en realidad, la vivienda no es un rancho, sino una casa con sus divisiones distribuidas como lo requieren las necesidades del civilizado.
La casa tiene un comedorcocina inmenso, un dormitorio para los dueños y un cuarto para huéspedes. Sobre esta matriz invariable está edificada la vivienda de paredes de barro, la de muros de madera y la de cemento.
A un costado del embarcadero corre un canal artificial que penetra hacia la huerta. Lo cubre un techo de espadaña o de tejas. Allí se guarece la canoa a motor, siempre igual, ya esté varada junto a la casa de material como de barro. Esta canoa larga, diferente a las otras canoas que flotan en los ríos del mundo, es una creación del isleño. Está conformada para desarrollar una velocidad discreta, para maniobrar a pesar del exceso de carga, en ángulos muy cerrados y para navegar hasta en cincuenta centímetros de agua. Parece que contradice todos los cánones de arquitectura naval y es útilmente perfecta.
A un costado del canal se eleva un tinglado donde se almacena la fruta para clasificarla y empacarla. Cuando no es la estación de trabajo, allí se guardan los pulverizadores, los arados,las palas. Rarísima vez se descubre entre las máquinas un camión o un tractor. Detrás de la casa se extiende la huerta y un gallinero, luego la ondulación de quinta que puede tener cinco, diez, quince hectáreas. Mayores de cincuenta hectáreas son raras.
Esta es la casa del hombre que todos los días tiene que luchar con la ferocidad del pequeño infierno verde de la isla.

(El Mundo, 2 de diciembre de 1941)

miércoles, 20 de noviembre de 2013

La lucha del hombre (Roberto Arlt / El Mundo, 4 de diciembre de 1941)





Para sobrevivir en las islas hay que tener pasión por la libertad bucólica que nace de la fraternidad con la tierra y el árbol. Hay hombres que tienen la  pasión del dinero que pueden producir el árbol sobre la tierra y esos están condenados a ver quebrados sus esfuerzos. Podrían tener éxito en la llanura o en las montañas, nunca lo tendrán en el Delta.
           Allí fracasaron compañías organizadas para explotar la producción local. El albardón, el pajonal, la laguna, la tierra floja que casi nunca soporta el peso de un tractor, las alimañas que se multiplican, anularon el esfuerzo de sociedades que para prosperar tienen que contabilizar el esfuerzo. La pala y la guadaña de hoja corta son los únicos instrumentos que permiten abrirse paso en ese reducido espejo del infierno verde.
             De allí que las islas han sido colonizadas, no por hombres que pretendían enriquecerse, sino por hombres que querían vivir sin que les fatigaran la dignidad. Claro está que muchos de ellos no sabían absolutamente de la existencia de esta palabra. Para ellos el problema era más simple. No estaban dispuestos a continuar trabajando en la ciudad. Querían vivir sin tener que luchar personalmente con el hombre.  No es el caso de describir batallas, pero el salvaje combate a librar con la naturaleza les pareció preferible a todas las calamidades que la civilización vierte a cubos sobre la cabeza del pobre.
Esta es la historia de casi todos los pobladores iniciales del Delta. Algunos se fueron a vivir a ranchos de barro con techos de totora. Sus vecinos descubrieron que tenían dientes de oro pero no se extrañaron.
La naturaleza les presentó batalla. Fue la humedad del subsuelo sin drenar, los roedores, el exceso de lluvias, las piedras del cielo, la creciente del río.
Resistieron.
El primer año la mayoría de ellos tuvo que dedicarse a plantar verduras y a cuidar aves. Otros, aparte de cultivar sus tierras, salían a trabajar a la casa de un vecino cuya posición era más holgada. El segundo año recogieron mimbres, los descascararon y los vendieron. El tercer año, algunos-además del mimbre-podían hachar un poco de madera de sauce y venderla; el cuarto, ciertos frutales comenzaron a cargarse de fruta. Entonces, la naturaleza les envió el séquito de sus demonios.
Los hongos parásitos que se multiplican a velocidades increíbles y derrumban a un gigante vegetal; los piojos, los pulgones, los gusanos, las bacterias que aniquilan la savia del árbol, las pestes misteriosas que no se pueden localizar en qué zona de la raíz, del tronco o del follaje se refugian.
Algunos resistieron.
Entonces, la naturaleza les descargó andanadas de langostas, después inundaciones. Los plantíos se pudrían durante meses debajo de una sábana de agua inmóvil y centelleante al resplandor de un sol de fuego, algunos hombres quedaron moralmente deshechos por las acometividades salvajes de estos demonios y desesperados abandonaron las islas; otros, para no morirse de hambre, enviaron a sus mujeres y a sus hijos a trabajar a la ciudad y ellos se quedaron luchando en el barro del delta, desagotando las tierras, cavando  zanjas, talando la vegetación maligna.
Y, otra vez, el árbol débil surgió del suelo.
Pero como ellos estaban casi incomunicados, ya que las comunicaciones en el Delta son costosas, circunscriptos a sus islas estos hombres tuvieron que improvisarse herreros, carpinteros, tuvieron que ensayar sistemas de cultivo, de poda, de injerto, hacer de médicos, de agrónomos y de albañiles, y a través de la ejecución de trabajos tan diferentes adquirieron la ciencia de las cosas, esa ciencia que es el privilegio de Ulises, orgulloso, no sólo de su inflexible arco, sino también de haber construido su propia cama.
Así se resistieron. Así sobrevivieron. Este es el término. Cada hombre que podemos ver en el Delta es el sobreviviente de una multitud de fracasados. De allí que esta lucha en las islas les conformó una voluntad de hierro, un sentido de independencia y una individualidad tan extraordinaria que yo diría que el Delta argentino es uno de los pocos lugares del mundo donde aún existe un puñado de hombres libres.
Poco importa que algunos de estos hombres libres sean analfabetos o que en ciertas circunstancias se comporten como unos perfectos brutos; lo importante es que allí descubrimos asentada una casta de hombres cuya fuerza moral es un suceso.
Casi todos llegaron pobres a las islas, casi todos sabían que nunca se enriquecerían. Yo he visitado en el Delta a dueños de quintas que habitaban la hermosa casa que habían construido con sus propias manos, que comían el pan fabricado con el trigo que sembraron, sobre la mesa construida con la madera de un árbol que ellos plantaron, me hicieron admirar las máquinas rústicas que la necesidad les hizo inventar, y me sentí emocionado frente a la sabiduría patriarcal que trascendían todas sus palabras.
Algunos me mostraron copudos árboles frutales, cuyas heridas habían restañado cuando eran jóvenes; otros me hicieron pasear entre millares de manzanos cuyas estacas habían plantado; otros entre bosques de álamos- sauces que parecían tocar la cúpula del cielo, mientras con sus callosas manos acariciaban la rústica piel vegetal, las únicas palabras que pronunciaron fueron éstas:

-Cuando yo vine a la isla, éstos no existían. Todo lo he hecho yo.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Breve anotación tras pasar la mañana y el agua (Gabriela Piccini)



Gabriela Piccini, 1962 Libros editados, Grata Sombra 2008 y Autosacramentales 2010 - Un libro en prepración de poesía y fotografía: El aire es lo que mueve las cosas. Nació en Buenos Aires.







Breve anotación tras pasar la mañana y el agua



Cruzar un puente para llegar al agua y comprobar que el tiempo se deslizará sin error. Los frutos permanecerán sin condena. Los muelles tendrán la misma costumbre: ser más altos, tambalear en el sitio donde el Paraná no sabe lo que hace.


El río se desconoce geómetra aunque divida con intención los tramos de un paraíso que conserva sus oscuros. Y la luz. Es sorprendente notar que, a pesar de toda su razón, no logre hacer varios pedazos de un solo mediodía.






Juanito Laguna se salva de la inundación (Jaime Dávalos)



Juanito Laguna remontando un barrilete / Antonio Berni 1973


Cuando lentamente viene la corriente
y asalta las islas,
aguas sublevadas de las marejadas
cubren la región.
En la correntada turbia y encrespada
van a la deriva,
entre la resaca, árboles que arranca
de cuajo el torrente, minuciosamente
se imponen las aguas de la inundación.

El islero siente resignadamente
que su pobre vida
queda acorralada como su ranchada
sobre un albardón,
su suerte está echada en esta anegada
soledad perdida,
en donde la lluvia de invierno diluvia
y la sudestada mantiene empacada
la furia inocente de la inundación.

Juanito Laguna, mirando la luna
que se hizo con agua
y las crestonadas que al norte en bandadas
emigrando van,
en su barro tierno de dolor eterno,
medroso presiente
que en aquel invierno vendrá la creciente
dejando sin rancho, desnuda la gente,
sembrando en las islas la devastación

Canción del jangadero (Jaime Dávalos)

Nació en San Lorenzo, Salta en 1921. Obra poética: Rastro seco, 1947; El nombrador (poemas y canciones), 1957; Coplas y canciones, 1959; Solalto, 1960; Canciones de Jaime Dávalos, 1962; Antología, 1966; La estrella, 1967; Cantos rodados, 1974; Cancionero, 1980; Coplas al vino, 1987. Fue periodista y letrista de folklore. Vivió en Zárate a orillas del Paraná. Falleció en Buenos Aires en 1981.




Río abajo voy llevando la jangada,
río abajo por el alto Paraná
es el peso de la sombra derrumbada
que buscando el horizonte bajará.

Río abajo... río abajo... río abajo...
a flor de agua voy sangrando esta canción 
en el sueño de la vida y el trabajo, 
se me vuelve camalote el corazón.

Jangadero... Jangadero... 
mi destino sobre el río es derivar,
desde el fondo dAel obraje maderero
con el anhelo del agua se me va.

Padre río, tus escamas de oro vivo
son el sueño que nos lleva más allá,
vamos tras el horizonte fugitivo
y la sangre con el agua se nos va.

Banda a banda... Sol y luna... Cielo y agua
espejismo que no acaba de pasar.
Piel de barro, fabulosa lampalagua,
me devora la pasión de navegar.

Jangadero... Jangadero...
mi destino sobre el río es derivar,
desde el fondo del obraje maderero
con el anhelo del agua se me va.