miércoles, 27 de noviembre de 2013
jueves, 21 de noviembre de 2013
Haiku (Isolina Raíces)
Isolina nació en Arrecifes (Bs As) en 1930 pero vivió desde su infancia en el Canal Arias. Se dedicó a la Educación. Publicó "Dos estilos" en 2005.
Desaparecen
por ambición del hombre
selvas del delta.
El río lleva
refugio de aves
camalote va...
Las golondrinas
juegan sobre el río
quieren llevarme?
Cielo del delta
profunda transparencia
azul de hortensias.
Como damero
dos colores jugamos
vida o muerte
Desaparecen
por ambición del hombre
selvas del delta.
El río lleva
refugio de aves
camalote va...
Las golondrinas
juegan sobre el río
quieren llevarme?
Cielo del delta
profunda transparencia
azul de hortensias.
Como damero
dos colores jugamos
vida o muerte
La vivienda del isleño (Roberto Arlt) El Mundo, 2 de diciembre de 1941
Cada vez que se escribe sobre el
Delta, la triple asociación de palabras “isleño-fruta-canoa” produce en el
lector no informado la impresión de que el articulista se dispone a tratar los
problemas de una región extraña, donde el hombre aún vive en estado primitivo.
Abona la construcción de esta
falsa imagen el desconocimiento que generalmente para los profanos, envuelve
con su cortina verde la vida de los isleños, que, contra lo que puede
suponerse, fortifican los ingresos del erario nacional y provincial con
ingentes sumas.
Aparte de que las cinco mil
familias que pueblan esta zona acuática forman un grupo social con
particularidades extraordinarias. Estas particularidades son la expresión de
sorprendentes características psicológicas que conviene historiar, pues el
estudio de estas células de energía dispersas en grupos familiares o de
nacionalidades en una extensión de seiscientas mil hectáreas. incomunicadas entre
sí por más de doscientos canales y arroyos, interesa vivamente al país en estos
momentos en que la nación, en movimiento de introspección, examina su
musculatura.
Desde ahora podremos asegurar que
los pobladores del Delta son víctimas de la sordera crónica de los poderes
públicos, empeñados en ignorar las necesidades reales de estos hombres
magníficos, cuyo valor se subestima continuamente.
De allí que trataré en estas
notas algunos áridos temas de codificación y economía, para que de los hechos
surja la evidencia de la técnica con que lesionan los intereses de una de las
más heroicas comunidades que engrandecen el país. Con este procedimiento, el
perfil psicológico del hombre se vitalizará en el dinamismo del número
***
A media hora de lancha del Tigre
cuando ya desaparecen las casas de juguete destinadas al “week end” de la
metrópoli, y las hileras de árboles para madera o frutales suceden a los
jardines de holgorio, de tanto en tanto se hace visible entre la maleza de un
huerto silvestre una casona de madera con techo de cinc, o una casona con estructura de tirantes y
paredes de barro, o también una vivienda moderna de cemento armado, cuyo descanso
se abre al río sobre una escalera de recibimiento. En los tres casos, la
vivienda de barro, de madera o de material está cargada sobre puntales, los que
dejan libre un entresuelo por el que puede caminar sin obstáculos un hombre de
elevada estatura.
Los penachos de los álamos, el
abanico de las palmeras, el jopo verde de los sauces, teje en redor de la
casona un africano nicho de sombra. Abajo, las manchas en siete tonos de rojo
de los malvones y las tazas blancas de las calas, componen con los vinosos
rosales silvestres, la infatigable y repetida policromía de las islas en las
que los ojos no se cansan de extasiarse. El aire está perennemente embalsamado
por la dulzona frescura de la madreselva y jazmín, multitudes de pájaros
charlan en la enramada, el nido de un hornero pende solitario de una horqueta y
tandas de perros ladran a las lanchas que pasan.
De la costa al agua avanza un
rústico muelle que permite desembarcar, una escalera de madera roída por el
tiempo se sumerge en las aguas, y casi siempre para defender la orilla de las
erosiones provocadas por los latigazos del río, a todo lo largo del frente de
la casa se tiende un tablestacado, cuyos tablones de pino chicotean las olas
cada vez que pasa una embarcación. Otras veces el tablestacado no es de
tablones de pino sino de troncos de sauce.
El espacio hueco debajo de la
vivienda, casi siempre cerrado por un enrejado de listones, es despensa unas
veces, depósito de envases de fruta otras, comedor para verano algunas, pero el
paseante ve perderse el cubo encalado entre las manchas verdes y piensa:
-Este es el rancho del isleño.
Porque aparentemente la vivienda es un rancho como aparentemente el isleño es
un hombre que vive primitivamente; pero, en realidad, la vivienda no es un
rancho, sino una casa con sus divisiones distribuidas como lo requieren las
necesidades del civilizado.
La casa tiene un comedorcocina
inmenso, un dormitorio para los dueños y un cuarto para huéspedes. Sobre esta
matriz invariable está edificada la vivienda de paredes de barro, la de muros
de madera y la de cemento.
A un costado del embarcadero
corre un canal artificial que penetra hacia la huerta. Lo cubre un techo de
espadaña o de tejas. Allí se guarece la canoa a motor, siempre igual, ya esté
varada junto a la casa de material como de barro. Esta canoa larga, diferente a
las otras canoas que flotan en los ríos del mundo, es una creación del isleño.
Está conformada para desarrollar una velocidad discreta, para maniobrar a pesar
del exceso de carga, en ángulos muy cerrados y para navegar hasta en cincuenta
centímetros de agua. Parece que contradice todos los cánones de arquitectura
naval y es útilmente perfecta.
A un costado del canal se eleva
un tinglado donde se almacena la fruta para clasificarla y empacarla. Cuando no
es la estación de trabajo, allí se guardan los pulverizadores, los arados,las
palas. Rarísima vez se descubre entre las máquinas un camión o un tractor.
Detrás de la casa se extiende la huerta y un gallinero, luego la ondulación de
quinta que puede tener cinco, diez, quince hectáreas. Mayores de cincuenta
hectáreas son raras.
Esta es la casa del hombre que
todos los días tiene que luchar con la ferocidad del pequeño infierno verde de
la isla.
(El Mundo, 2 de diciembre de
1941)
miércoles, 20 de noviembre de 2013
La lucha del hombre (Roberto Arlt / El Mundo, 4 de diciembre de 1941)
Para sobrevivir en las islas hay
que tener pasión por la libertad bucólica que nace de la fraternidad con la
tierra y el árbol. Hay hombres que tienen la
pasión del dinero que pueden producir el árbol sobre la tierra y esos
están condenados a ver quebrados sus esfuerzos. Podrían tener éxito en la
llanura o en las montañas, nunca lo tendrán en el Delta.
Allí fracasaron compañías
organizadas para explotar la producción local. El albardón, el pajonal, la
laguna, la tierra floja que casi nunca soporta el peso de un tractor, las
alimañas que se multiplican, anularon el esfuerzo de sociedades que para
prosperar tienen que contabilizar el esfuerzo. La pala y la guadaña de hoja
corta son los únicos instrumentos que permiten abrirse paso en ese reducido
espejo del infierno verde.
De allí que las islas han sido
colonizadas, no por hombres que pretendían enriquecerse, sino por hombres que
querían vivir sin que les fatigaran la dignidad. Claro está que muchos de ellos
no sabían absolutamente de la existencia de esta palabra. Para ellos el
problema era más simple. No estaban dispuestos a continuar trabajando en la ciudad.
Querían vivir sin tener que luchar personalmente con el hombre. No es el caso de describir batallas, pero el
salvaje combate a librar con la naturaleza les pareció preferible a todas las
calamidades que la civilización vierte a cubos sobre la cabeza del pobre.
Esta es la historia de casi todos
los pobladores iniciales del Delta. Algunos se fueron a vivir a ranchos de
barro con techos de totora. Sus vecinos descubrieron que tenían dientes de oro
pero no se extrañaron.
La naturaleza les presentó batalla.
Fue la humedad del subsuelo sin drenar, los roedores, el exceso de lluvias, las
piedras del cielo, la creciente del río.
Resistieron.
El primer año la mayoría de ellos
tuvo que dedicarse a plantar verduras y a cuidar aves. Otros, aparte de
cultivar sus tierras, salían a trabajar a la casa de un vecino cuya posición
era más holgada. El segundo año recogieron mimbres, los descascararon y los
vendieron. El tercer año, algunos-además del mimbre-podían hachar un poco de
madera de sauce y venderla; el cuarto, ciertos frutales comenzaron a cargarse
de fruta. Entonces, la naturaleza les envió el séquito de sus demonios.
Los hongos parásitos que se
multiplican a velocidades increíbles y derrumban a un gigante vegetal; los
piojos, los pulgones, los gusanos, las bacterias que aniquilan la savia del
árbol, las pestes misteriosas que no se pueden localizar en qué zona de la raíz,
del tronco o del follaje se refugian.
Algunos resistieron.
Entonces, la naturaleza les
descargó andanadas de langostas, después inundaciones. Los plantíos se pudrían
durante meses debajo de una sábana de agua inmóvil y centelleante al resplandor
de un sol de fuego, algunos hombres quedaron moralmente deshechos por las
acometividades salvajes de estos demonios y desesperados abandonaron las islas;
otros, para no morirse de hambre, enviaron a sus mujeres y a sus hijos a
trabajar a la ciudad y ellos se quedaron luchando en el barro del delta, desagotando
las tierras, cavando zanjas, talando la
vegetación maligna.
Y, otra vez, el árbol débil
surgió del suelo.
Pero como ellos estaban casi
incomunicados, ya que las comunicaciones en el Delta son costosas,
circunscriptos a sus islas estos hombres tuvieron que improvisarse herreros,
carpinteros, tuvieron que ensayar sistemas de cultivo, de poda, de injerto,
hacer de médicos, de agrónomos y de albañiles, y a través de la ejecución de
trabajos tan diferentes adquirieron la ciencia de las cosas, esa ciencia que es
el privilegio de Ulises, orgulloso, no sólo de su inflexible arco, sino también
de haber construido su propia cama.
Así se resistieron. Así
sobrevivieron. Este es el término. Cada hombre que podemos ver en el Delta es
el sobreviviente de una multitud de fracasados. De allí que esta lucha en las
islas les conformó una voluntad de hierro, un sentido de independencia y una
individualidad tan extraordinaria que yo diría que el Delta argentino es uno de
los pocos lugares del mundo donde aún existe un puñado de hombres libres.
Poco importa que algunos de estos
hombres libres sean analfabetos o que en ciertas circunstancias se comporten
como unos perfectos brutos; lo importante es que allí descubrimos asentada una
casta de hombres cuya fuerza moral es un suceso.
Casi todos llegaron pobres a las
islas, casi todos sabían que nunca se enriquecerían. Yo he visitado en el Delta
a dueños de quintas que habitaban la hermosa casa que habían construido con sus
propias manos, que comían el pan fabricado con el trigo que sembraron, sobre la
mesa construida con la madera de un árbol que ellos plantaron, me hicieron
admirar las máquinas rústicas que la necesidad les hizo inventar, y me sentí
emocionado frente a la sabiduría patriarcal que trascendían todas sus palabras.
Algunos me mostraron copudos
árboles frutales, cuyas heridas habían restañado cuando eran jóvenes; otros me
hicieron pasear entre millares de manzanos cuyas estacas habían plantado; otros
entre bosques de álamos- sauces que parecían tocar la cúpula del cielo,
mientras con sus callosas manos acariciaban la rústica piel vegetal, las únicas
palabras que pronunciaron fueron éstas:
-Cuando yo vine a la isla, éstos
no existían. Todo lo he hecho yo.
domingo, 17 de noviembre de 2013
Breve anotación tras pasar la mañana y el agua (Gabriela Piccini)
Gabriela Piccini, 1962 Libros editados, Grata Sombra 2008 y Autosacramentales 2010 - Un libro en prepración de poesía y fotografía: El aire es lo que mueve las cosas. Nació en Buenos Aires.

Breve anotación tras pasar la mañana y el agua
Cruzar un puente para llegar al agua y comprobar que el tiempo se deslizará sin error. Los frutos permanecerán sin condena. Los muelles tendrán la misma costumbre: ser más altos, tambalear en el sitio donde el Paraná no sabe lo que hace.
El río se desconoce geómetra aunque divida con intención los tramos de un paraíso que conserva sus oscuros. Y la luz. Es sorprendente notar que, a pesar de toda su razón, no logre hacer varios pedazos de un solo mediodía.
Juanito Laguna se salva de la inundación (Jaime Dávalos)
![]() |
| Juanito Laguna remontando un barrilete / Antonio Berni 1973 |
y asalta las islas,
aguas sublevadas de las marejadas
cubren la región.
En la correntada turbia y encrespada
van a la deriva,
entre la resaca, árboles que arranca
de cuajo el torrente, minuciosamente
se imponen las aguas de la inundación.
El islero siente resignadamente
que su pobre vida
queda acorralada como su ranchada
sobre un albardón,
su suerte está echada en esta anegada
soledad perdida,
en donde la lluvia de invierno diluvia
y la sudestada mantiene empacada
la furia inocente de la inundación.
Juanito Laguna, mirando la luna
que se hizo con agua
y las crestonadas que al norte en bandadas
emigrando van,
en su barro tierno de dolor eterno,
medroso presiente
que en aquel invierno vendrá la creciente
dejando sin rancho, desnuda la gente,
sembrando en las islas la devastación
Canción del jangadero (Jaime Dávalos)
Nació en San Lorenzo, Salta en 1921. Obra poética: Rastro seco, 1947; El nombrador (poemas y canciones), 1957; Coplas y canciones, 1959; Solalto, 1960; Canciones de Jaime Dávalos, 1962; Antología, 1966; La estrella, 1967; Cantos rodados, 1974; Cancionero, 1980; Coplas al vino, 1987. Fue periodista y letrista de folklore. Vivió en Zárate a orillas del Paraná. Falleció en Buenos Aires en 1981.
Río abajo voy llevando la jangada,
río abajo por el alto Paraná
es el peso de la sombra derrumbada
que buscando el horizonte bajará.
Río abajo... río abajo... río abajo...
a flor de agua voy sangrando esta canción
en el sueño de la vida y el trabajo,
se me vuelve camalote el corazón.
Jangadero... Jangadero...
mi destino sobre el río es derivar,
desde el fondo dAel obraje maderero
con el anhelo del agua se me va.
Padre río, tus escamas de oro vivo
son el sueño que nos lleva más allá,
vamos tras el horizonte fugitivo
y la sangre con el agua se nos va.
Banda a banda... Sol y luna... Cielo y agua
espejismo que no acaba de pasar.
Piel de barro, fabulosa lampalagua,
me devora la pasión de navegar.
Jangadero... Jangadero...
mi destino sobre el río es derivar,
desde el fondo del obraje maderero
con el anhelo del agua se me va.
Río abajo voy llevando la jangada,
río abajo por el alto Paraná
es el peso de la sombra derrumbada
que buscando el horizonte bajará.
Río abajo... río abajo... río abajo...
a flor de agua voy sangrando esta canción
en el sueño de la vida y el trabajo,
se me vuelve camalote el corazón.
Jangadero... Jangadero...
mi destino sobre el río es derivar,
desde el fondo dAel obraje maderero
con el anhelo del agua se me va.
Padre río, tus escamas de oro vivo
son el sueño que nos lleva más allá,
vamos tras el horizonte fugitivo
y la sangre con el agua se nos va.
Banda a banda... Sol y luna... Cielo y agua
espejismo que no acaba de pasar.
Piel de barro, fabulosa lampalagua,
me devora la pasión de navegar.
Jangadero... Jangadero...
mi destino sobre el río es derivar,
desde el fondo del obraje maderero
con el anhelo del agua se me va.
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