miércoles, 21 de agosto de 2013
Un bañista (Daniel García Helder)
El aire que el Paraná reenvía,
esporádico, bajo la forma
de una ráfaga humectante
al banco de arena, desciende
sobre los cuerpos
expuestos a este sol, cenital,
doblado por el agua
y los puestos de gaseosas.
Hacia esa bañista,
que reposa sobre un rectángulo
de lona y mira a lo lejos,
en direción a
El Espinillo, no siento atracción
o repulsión; apenas
interrumpida por las piezas
del biquini, la superficie
de su piel cintilla aquí y allá,
difunde, como algo de bronce,
relumbrones que quiebran
la opacidad de la mirada.
domingo, 18 de agosto de 2013
Memoria y celebración (Haroldo Conti)
Mientras el barco se aleja, después de la última copa, el último abrazo, escribo en la rumorosa cabina que cruje como un mueble viejo estas simples líneas que, naturalmente, dedico a doña Julia Lanfranconi que ahí queda remontándose sobre el agua, sola, hasta el otro invierno.
Apenas es una mancha de un amarillo agenda dentro de un río de imprenta, al extremo de una fila de nombres que se curvan suavemente y te saltean un poco antes del borde, en aquella guía náutica que al fin se hizo vieja y tal vez valiosa, pero que entonces costaba cincuenta pesos en cualquier surtidor de nafta. La cubro con un dedo. Es una ceremonia. Porque entonces toda esa espesa soledad que ahora te rodea sube por mi brazo y la mancha se enciende en mi cabeza y tu rostro asoma entre los nombres y los trazos de esa vieja carta de Alejo Konopatov que un día, hace años, me llevó hasta tu casa con paredes de miel, muebles polvorientos, espejos engrasados, almanaques antiguos, aquella concertóla que enmudeció en el 45 y aquel Spencer de ocho tiros con tres muescas en la culata que me apuntó a la cabeza (yo venía de un mapa, vieja, a través de esos ríos ingenuos que inventó Alejo) y entonces, seguramente, viste mi sonrisa de muchacho (lo único que no ha envejecido de mi cuerpo) que se balanceaba sobre la mira y me tendiste la mano, porque tu ojo es rápido para la amistad, y así entré en tu historia y compartimos los mismos ríos, los mismos amigos, la casa árbol que plantó el viejo Lanfranconi, el sendero con huellas de carpincho a la izquierda de la casa, la timonera hembra de aquella balandra premonitoria que ahora navega entre el muelle y el gallinero, las noches de rompe y raja, el canto áspero, los muertos que me prestaste porque yo era nuevo, esas desgracias de calendario que se mencionan a tu espalda, estas ceremonias de la amistad que iniciamos entonces, y sobre todo, vieja, esas historias desmesuradas, nunca las mismas, que según parece son el somero resumen de tu vida, sagas y leyendas que cada año crecen en tamaño, en muertos y rufianes, con barcos de oscuro abolengo que sueltan amarras a la primera copa y navegan de memoria, malevos de respeto absolutamente fluviales, Regino Gamarra, el bien odiado, permanente, "siempre en malas", un par de presidentes constitucio-nales que llegaron alguna vez con obsequios y mandatos (por ahora falta un rey, pero estoy seguro de que cualquier día de estos se aparece en una balandra de plástico), unos amores más o menos desgraciados (así resultan siempre, de todos modos, también aquí, tal vez más pronto, el río es pasajero por sustancia) y, en fin, las consabidas tristezas cuando el canto y el vino se terminan y dentro de un rato empieza el día.
Sólo te guardaste, y en esto no hay reproche, el hijo que nadie conoció. Hay un papel amarillo, envuelto en otros que atestiguan posesiones de barcos más precisos, que da competente testimonio del asunto. Trae una fecha y un nombre completo y, para seguridades, firma y sello de autoridad en el Carmelo, cosas de tierra firme. Hijo con naturalidad, cuando todavía no eras la vieja de la Juncal ni doña, sino puro sobresalto, desvelo y competencia en territorio de hombres.
Presumo una noche. Después vino aquel hijo que trajo la primera tristeza, la más nueva, porque es lo único que no envejeció hasta ahora.
Nosotros llegamos cuando ya eras leyenda. Empezaban los años viejos.
Quinqué Díaz, Leandro Di Como y Ratón Morales, por la banda oriental. Del lado nuestro, y en el mismo estilo, Vicente Segarra, el carpintero de ribera, ese famoso. Marcelo Gianelli, el de la otra orilla y barba de cultivo, Amadeo Lamota, que sobrevive de puro terco, por más datos el Cacique de la Juncal, bien florido.
Hay más nombres, por supuesto. Yo soy los que faltan.
Todos los años volvemos, puntuales y obsequiosos, para el 19 de junio exacto, cuando pelan los árboles y el río se pone forastero.
Quinqué se mama primero porque viene de Carmelo y llega más rápido. Ese es el cuento. ¡Quinqué Díaz, mi viejo! Hay canutos, esos simples, versos, los sencillos, que por lo general terminan con Artigas. Nosotros, los de la banda mufada, cantamos raramente. Pero traemos buena carne, tres porrones de ginebra, otras tentaciones. Se celebra.
Amadeo me pecha suavemente y entonces tomo el cuchillo más noble, ese del cabo de plata con tres virolas de oro, y te beso en la frente y te lo entrego por la hoja, la ceremonia, para que inaugures el banquete.
¡Que hable el Quinqué! Hablamos todos. Cada uno inaugura una cosa, otra historia.
Hasta que viene la noche, esta noche de invierno profunda como el río, cuando la tierra se hincha y seguramente respira y los árboles crecen en secreto y tal vez se mueven y los membrillos perfumados, que se han vuelto salvajes, caen pesadamente porque no aguantan siquiera el peso del rocío y la zanja que abriste a pala con el viejo se cubre otro poco porque hasta las sombras pesan demasiado para esta época, es todo el tiempo que empuja, monte arisco que reviene, la vejez de las cosas que quedaron, el Quinqué que se duerme, un carpincho que nos mira deslumbrado, el río que empuja interminable, y entonces encendemos un fuego y hablamos alto y contamos todo de nuevo, la vera historia de doña Julia Lanfranconi, la vieja de la Juncal, para perpetua memoria.
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sábado, 17 de agosto de 2013
Pasaje de luz (Beatriz Vallejos)
Pasaje de luz
La sombra de las hojas
ilumina las naranjas.
Sudestada
Cruzarás
la noche diurna
en relevo de islas.
Violeta los montes
Donde callan los pájaros
esta hora violeta.
Cómo descansa ella
su caminar fortuito
sobre el pasto la arena
los charcos reflejados.
¿Promisorio de quietud y desarraigos? pausa
de su tono de intenso
el elegido,
abreva de silencio.
Todo es isla.
Canoa
El pescador
pintaba su canoa.
Colores estridentes
para el río.
Entre la red
los aparejos,
la mujer que miraba.
De "El cántaro" Ediciones en Danza, 2001. Bs As
Aguas (Alicia Genovese)
En tu memoria, agua, quedarme
en tus cristales donde la música
se piensa armónica
y se deshace
en el ensimismamiento
que produce tu venida
en ese rocío de la introspección
que me horada
en el vapor donde la metafísica
es materia y sueña
en la niebla que desafió
la cámara nocturna de Brassai
en el manto de gotas microscópicas, en la bruma
donde se vuelve a mirar la luz
en las corrientes, en esa curiosidad
dilatada que rodea las piedras
en las mareas que avanzan
sobre los pilotes de mi casa
en la furia impenetrable, en su docilidad
como una concedida magnificencia
por vos, sean, las poco pronunciadas
palabras de perdón y , otra vez,
el riego soterrado en la semilla
que necesitó su noche de abajo
la caída,
el ablandamiento
las canoas inmóviles desencalladas
por los sueños
y, otra vez, el grito
de mojadura bajo los chaparrones
el avance por el drenaje del corazón,
y la lluvia dulce sobre lo seco.
en tus cristales donde la música
se piensa armónica
y se deshace
en el ensimismamiento
que produce tu venida
en ese rocío de la introspección
que me horada
en el vapor donde la metafísica
es materia y sueña
en la niebla que desafió
la cámara nocturna de Brassai
en el manto de gotas microscópicas, en la bruma
donde se vuelve a mirar la luz
en las corrientes, en esa curiosidad
dilatada que rodea las piedras
en las mareas que avanzan
sobre los pilotes de mi casa
en la furia impenetrable, en su docilidad
como una concedida magnificencia
por vos, sean, las poco pronunciadas
palabras de perdón y , otra vez,
el riego soterrado en la semilla
que necesitó su noche de abajo
la caída,
el ablandamiento
las canoas inmóviles desencalladas
por los sueños
y, otra vez, el grito
de mojadura bajo los chaparrones
el avance por el drenaje del corazón,
y la lluvia dulce sobre lo seco.
A mi hermano Haroldo (Eduardo Galeano)
Escuchamos el ruido del motor creciendo desde lejos. Estábamos en el muelle, de pie, esperando. Haroldo balanceaba el farol con un brazo; con el otro envolvía a Marta, que temblaba de frío.
El faro buscahuellas atravesó la neblina y nos encontró.
Saltamos a la lancha.
Por un instante alcancé a ver el bote destartalado, bien tirante de la cuerda; en seguida se lo tragó la neblina. En ese bote yo remaba, todas las tardes, hasta la isla del almacén.
La neblina brotaba del río oscuro, como un hervor.
Hacía mucho frío en la lancha. Los pasajeros cuchicheaban. El frío golpeaba más porque se estaba acabando la noche. La Cruz del Sur descendía lentamente tras las negras siluetas de los álamos.
Remontamos un arroyo angosto, luego otro más ancho, y desembocamos en el río. Al mismo tiempo irrumpió en el aire la primera claridad del día.
La vaga luz iba desnudando las casitas de madera medio comidas por las crecientes, una iglesia blanca, las hileras de álamos, los sauces llorones. Poquito a poco se iluminaban los penachos de las casuarinas.
Me alcé en la popa. Se sentía un olor a limpio. La brisa fresca me daba en la cara. Me entretuve mirando el tajo de espuma que perseguía la lancha y el brillo creciente de las ondas del río. Por el aire iba subiendo un calor lento.
Haroldo se había parado a mi lado. Me hizo volverme y lo vi, un enorme sol de cobre estaba invadiendo la boca del río.
Haroldo conoce como pocos este mundo del delta. Sabe cuáles son los buenos lugares para pescar y cuáles los atajos y los rincones ignorados de las islas; conoce el pulso de las mareas y las vidas de cada pescador y cada bote, los secretos de la comarca y de la gente. Sabe andar por el delta como sabe viajar, cuando escribe, por los túneles del tiempo. Vagabundea por los arroyos o anda días y noches por el río abierto, a la ventura, buscando aquel navío fantasma en que navegó allá en la infancia o en los sueños; y mientras persigue lo que perdió va escuchando voces y contando historias a los hombres que se le parecen.
Triste, solo y manso, Haroldo vive al ritmo del río, que corre sin apuro. Cuando llega la violencia, le sube de a poco, como crece suavemente el agua, pero que se cuiden los hijos de puta: la corriente alzada arranca árboles y casas: lo he visto embestir y le conozco las furias.
¿Cuántos naufragios sufrió mi hermano Haroldo, además de aquel que le rompió el barco contra las costas del Brasil? ¿Cuántas veces creyó descubrir, en la bruma, la perdida nave azul? ¿Cuántas veces se reventó contra las rocas? ¿Para qué escribe mi hermano Haroldo si no es para salvarse y salvar lo que merece ser salvado?
Los pescadores van y vienen por el Paraná. ¿Qué aventuras prometen o devuelven, hermano Haroldo, el río barroso y la alta mar? ¿Encontrarás lo que venís persiguiendo, un mediodía cualquiera, en el centro de las aguas o del cielo? ¿O has descubierto ya que tu navío imposible viaja por los caminos del jodido mundo? ¿Es dura la travesía hermano? ¿Andar duele? Al final del recorrido no está la eternidad sino nosotros. No te detengas. No te vayas a caer, que te andamos precisando.
El río se vuelca en la gran vertiente y moja y abraza las islas solitarias. Así nos dan tus palabras agua y calorcito.
¿Está muerto? Quién sabe. Hoy hace una semana que lo arrancaron de su casa. Le vendaron los ojos y los golpearon y se lo llevaron. Tenían armas con silenciadores. Dejaron la casa vacía. Robaron todo, hasta las frazadas. Los diarios no publicaron una línea. Las radios no dijeron una palabra. El diario de hoy trae la lista completa de las victimas del terremoto de Udine, en Italia.
Hoy Marta me estrujó llorando, y me dijo: "Dame fuerzas". Ella estaba en la casa cuando ocurrió. También a ella le habían vendado los ojos. La dejaron despedirse y se quedó con un gusto a sangre en los labios.
Hoy hace una semana que se lo llevaron y yo ya no tengo cómo decirle que lo quiero y que nunca se lo dije por la vergüenza o la pereza que me daba.
Buenos Aires, 12 de mayo de 1976
Publicado en Crisis Nº 38 y en el diario Excelsior, de México, el 6 de Junio de 1976. En Restivo; Néstor y Sánchez, Camilo "Haroldo Conti, Con vida”, Buenos Aires, Editorial Nueva Imagen, 1986, pág. 195-197
Lobos de río (Lilia Ferreyra)
![]() |
| Biblioteca de la Casa Museo Haroldo Conti en el Arroyo Gambado |
Lilia Ferreyra fue la última compañera de Rodolfo Walsh, quien junto a Haroldo Conti fue entre otros intelectuales, una víctima emblemática del terrorismo de Estado. Por cierto, los crímenes contra escritores como Miguel Angel Bustos, Francisco "Paco" Urondo, Dardo Dorronzoro, Roberto Santoro, Héctor Oesterheld o Susana "Pirí" Lugones entre otros, también fueron pérdidas irreparables para la cultura y el campo literario en especial. Rodolfo y Haroldo compartieron, con todo, pocas viviencias. Pero muy amadas, como el Delta y Cuba. Y ahí se cruzaron. En La Habana - donde Rodolfo había sido uno de los fundadores de la Prensa Latina y vivido varios años- se encontraron en 1974 invitados por la Casa de las Américas; en las islas del Tigre cada uno tenía su casa. En este homenaje a dos de los más grandes escritores argentinos, Lilia (periodista, exiliada en México durante la dictadura y trabajadora de El Periodista y Página /12 a su regreso a la Argentina) recuerda la admiración de Walsh por Conti y una tarde especial en el delta.
Lobos de río
Una tarde de domingo del 68, en el departamento en que vivíamos con Rodolfo, me puse a buscar en la precaria biblioteca- tres tablones sobre bloques de cemento-algún nuevo libro para leer.
Por mi mínimo conocimiento del idioma, descarté las ediciones en inglés de Hemingway, Salinger y por supuesto, el ejemplar de "Ulysses" de Joyce que Rodolfo había abandonado después de las primeras páginas porque prefirió la más cómoda edición en español, y dejé para otro momento los libros de historia argentina de la colección Hachette.
Mientras yo revisaba los títulos sin apuro, él estaba muy concentrado corrigiendo un texto en la máquina de escribir con la ayuda del ajetreado Diccionario Ideológico de Casares. Como hablando con el aire, empecé a comentar en voz alta algunas contratapas y solapas hasta que Rodolfo me interrumpió:
-Tenés que leer "Sudeste".
Se levantó de la silla, fue derecho al estante, sacó un librito de tapas duras color verde y me lo dio.
-Esta historia debió ser mía, pero Haroldo me ganó de mano-dijo con resignada envidia.
Como Haroldo Conti, Walsh había recorrido el delta, había alquilado una casa en el Carapachay y había imaginado una historia sobre islas e isleños sin saber que ya se había escrito "Sudeste".
Cuando leyó la novela de Conti, reencauzó su proyecto de cuento en otro curso del río. Con lápices de fibra y biromes de color rojo, verde y negro- que no respondían a un código secreto sino a la lapicera que tenía más a mano- marcó y subrayó datos, nombres, frases y diálogos de "Sudeste". Palabras como "enjaretado", "anclote con cepo", "rempuje", "enfogonadura", "gavillar", que revelan los oficios del lugar en que se vive y la investigación o permeabilidad del escritor a mundos distintos. Frases que perfilan a los personajes, como "Ni el viejo ni el Boga hablaban nunca más de lo necesario. Aunque se entendían a las mil maravillas (...)", o que describen sus escenarios subjetivos: "todo termina en la costa, porque el cielo es nada". Y los párrafos sobre el río, marcados con tinta roja como una exclamación: "Salió al Paraná Guazú. Este es un río. Es necesario llegar hasta ahí para saber lo que es un río en esta parte del mundo (...) El río es espléndido y el hombre se siente misteriosamente atraído por él. Esto es todo lo que se puede decir (...) Pero lo cierto es que, en el fondo, más a menudo este río parece endiabladamente astuto y torvo y hasta ruin...
(Sus hombres) no aman al río exactamente, sino que no pueden vivir sin él."
Quizá pensando que Haroldo lo había escrito con un guiño de Hemingway y Melville, Rodolfo subrayó línea por línea este párrafo: "Iba hacia el norte, detrás del dorado, como si realmente los peces y el rey de estos peces corrieran delante de él y fuera preciso darles alcance. El no advertía hasta qué punto ese pez, en particular se había convertido para él en un ser fabuloso."
Con "Sudeste" Rodolfo ubicó a Haroldo en el mundo de sus amigos. Aunque se vieron pocas veces, siempre disfrutó los encuentros con ese hombre afable y sutil que contaba historias desmesuradas con el humor tranquilo de un provinciano. Un domingo, Haroldo nos llevo a su casa en el arroyo Gambado y conocimos a sus amigos isleños. Ellos y nosotros fuimos el pequeño auditorio que no paró de reírse con los desopilantes relatos que hizo Haroldo de las picardías y desventuras de linyeras, mujeriegos, jugadores y bebedores que había conocido en sus propias correrías por la vida.
Después del almuerzo, nos subimos a un viejo bote de madera. Rodolfo y yo nos sentamos en el banquito de popa y Haroldo empezó a remar remontando la corriente. Entonces, con esa sencillez con que usaba las palabras, nos habló de su nuevo amor, que se llamaba Marta, que había sido su alumna y a quien conocimos tiempo después cuando ya era su mujer. Rodolfo, tan parco en esas cuestiones, lo miró algo perplejo y casi en silencio dejó con una sonrisa que el monólogo amoroso fluyera como el agua. Y así siguió esa tarde tan lejana, a la deriva, entre los arroyos, las fábulas de isleños y algunas mentiras de pescadores que se contaron esos dos lobos de río.
Fuente: "Haroldo Conti: Una épica del río y la llanura" de Néstor Restivo y Camilo Sánchez. Ediciones desde la Gente. Bs As. 2005
jueves, 15 de agosto de 2013
Poesía en el muelle 5 : Gabriela Piccini
Al monte
Al monte por el tiempo
o por el río
a su mismo centro
a su ojo brutal
a su navaja
donde el cielo no es promesa
ni la electricidad suena
en mis cables hechos polvo
la sombra
su permanencia
Sola ancestro de mí
sobre mi espalda
me llevo al silencio
en las dos manos
Busco los hormigueros
y que las hormigas
me devoren la memoria
Busco los nidos de los pájaros
para dar buena vida a mis visiones
Elijo el puro aguijón y su amenaza
la verdadera lengua dividida
la serpiente
Su veneno
y es magistral la herida
que da el tigre
y es magna la seguridad
de un enemigo sin disfraces
Fuera de lo que irreal infecta
está el sitio de mi sed
Se lleve el agua
todo aquello que no me pertenece.
Así sea.
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