Rosa, turquesa y oro
no sólo al oeste
sino el cielo todo
depara este instante
cerca de las ocho,
lo sé por la lancha
que llega y se quiebra
la serena seda
del agua, el trino
coral que despide
el día, estampida
hacia los celajes
que son alas,ángeles
guardando el olor
del guiso, el sonido
amortiguado que
regresa a casa
de los niños, vino
y bolsas de pan
susurra la noche
y Talita Kumi
se recuesta contra
mis costillas, vamos
dice, es hora ya
de hacer la comida
y luego ladridos
de orilla a orilla
acunando el tic
tac de esos grillos,
latidos de luz
señan el camino,
luciérnagas y
vecinos. Silencio
de "Mate cocido" Ed Nuevo Hacer 2002
miércoles, 25 de septiembre de 2013
domingo, 15 de septiembre de 2013
Ventana (Jacobo Fijman)
Jacobo Fijman (1898-1970)
( * Orhei, Besarabia, actual Moldova, 25 de enero de 1898 – Buenos Aires, 1970) fue un poeta judeoargentino. Formó parte de la vanguardia literaria del grupo Martín Fierro, donde se vinculó con Jorge Luis Borges y Oliverio Girondo.Publicó: Molino rojo, Hecho de estampas y Estrella de la mañana
Muelle de invierno.
Pájaros retorcidos del alboroto.
Entre la niebla,
estertor de los puentes.
Las hélices de un barco remueven luz y brumas;
lloran los mástiles del viento.
Gozan olor de sol todas las lejanías,
caminos de miel
en que se pierden mis fatigas.
Alondras de mi pecho en la mañana
que llueve angustia.
¡No tienen árboles los muelles!
Se humedecen mis ojos y mis manos.
Y hay algo más que el ruido!
Una ventana
cerrada eternamente:
El silencio profundo sobre todos los puentes.
domingo, 1 de septiembre de 2013
Canto paralelo para el membrillo (Carlos Enrique Urquía)
Membrillo de mis islas
diámetros de color asidos de las tardes
etcéteras de lunas con pelusas
de ovillos entre el sol y el tiempo usado.
Yo he recorrido en niño y en dibujos adultos
tus maderas arrugadas
y sostuve en las placentas de la memoria
el tallo del amor que está en mi industria
como una decisión que no consulto.
De pie sobre los ríos
paralelos a las rayas de los juncos
cuánta navegación busqué en tus ramas
y en tus botas movibles
de húmedos caracoles pobladores.
Descendiente de un tomo de sauzales
la cuchara del bote
con el aire tocándome en belleza
cazado
inevitablemente ingenuo
me entrabas al asombro de tu esferado fruto amarillento
sus márgenes
sus cutis
sus fronteras
y su central semilla barajada en la sabiduría del verano.
Membrillo de mis islas
que te asomas
que custodias el aire
que empuñas el azúcar de la tierra
que comienzas en las jardinerías los dulces alfileres del aroma
que en mis cavilaciones me citas los misterios de las síntesis
el milenio torneado en el rocío
la ceja del paisaje
y por fin me convences
que en los huesos también hay esperanza.
Esta es mi población
desde aquí adentro he subido a la lengua de la vida
y he decidido consultarte el fuego
la luz que en geometría abres al ventanal de las corrientes.
Recíbeme
me esperan los solfeos indígenas del viento
la araña con su octógono colgado
y las lacias maciegas de las islas.
Yo te traigo en la boca una pajarería de tequieros.
(La cimbra)
diámetros de color asidos de las tardes
etcéteras de lunas con pelusas
de ovillos entre el sol y el tiempo usado.
Yo he recorrido en niño y en dibujos adultos
tus maderas arrugadas
y sostuve en las placentas de la memoria
el tallo del amor que está en mi industria
como una decisión que no consulto.
De pie sobre los ríos
paralelos a las rayas de los juncos
cuánta navegación busqué en tus ramas
y en tus botas movibles
de húmedos caracoles pobladores.
Descendiente de un tomo de sauzales
la cuchara del bote
con el aire tocándome en belleza
cazado
inevitablemente ingenuo
me entrabas al asombro de tu esferado fruto amarillento
sus márgenes
sus cutis
sus fronteras
y su central semilla barajada en la sabiduría del verano.
Membrillo de mis islas
que te asomas
que custodias el aire
que empuñas el azúcar de la tierra
que comienzas en las jardinerías los dulces alfileres del aroma
que en mis cavilaciones me citas los misterios de las síntesis
el milenio torneado en el rocío
la ceja del paisaje
y por fin me convences
que en los huesos también hay esperanza.
Esta es mi población
desde aquí adentro he subido a la lengua de la vida
y he decidido consultarte el fuego
la luz que en geometría abres al ventanal de las corrientes.
Recíbeme
me esperan los solfeos indígenas del viento
la araña con su octógono colgado
y las lacias maciegas de las islas.
Yo te traigo en la boca una pajarería de tequieros.
(La cimbra)
Desde la orilla (Luis Alberto Laporta)
Luis Alberto Laporta (1954) Nació en Santa Fe. Publicó: Los vuelos perdidos (1975), Palabras de tu voz (1976), Los soles de la sombra (1977)
La noche cayendo sobre este río
sobre las islas dormidas.
Recorro su cielo reflejado, el pájaro ligero.
La oscuridad nítida entre los árboles.
Y todo lo de ayer sumergido o estático
en la niebla verde.
Casa blanca de la costa que asoma
el agua limitante
la barca y este recuerdo que me habita
Se diría que hay un río y árboles más lejos
el agua quieta
los pájaros ligeros.
Nadie sabe que alguien se sumerge
que se hunde en el latido ultimo.
Aquí he vivido
en el cauce se perdieron mis huesos.
(Los soles de la sombra)
La noche cayendo sobre este río
sobre las islas dormidas.
Recorro su cielo reflejado, el pájaro ligero.
La oscuridad nítida entre los árboles.
Y todo lo de ayer sumergido o estático
en la niebla verde.
Casa blanca de la costa que asoma
el agua limitante
la barca y este recuerdo que me habita
Se diría que hay un río y árboles más lejos
el agua quieta
los pájaros ligeros.
Nadie sabe que alguien se sumerge
que se hunde en el latido ultimo.
Aquí he vivido
en el cauce se perdieron mis huesos.
(Los soles de la sombra)
Las horas libres (Martín Micharvegas)
Martín Micharvegas (1935) Nació en San Fernando, Bs As.
Publicó: Poesía junta (1961), Las horas libres (1966), Mano de obra (1968).
Tiene editado un disco de canciones.
Cualquiera de los dos podemos presentir el río hacia arriba, buscando el Paraná, abriendo sus dedos en el delta. Pubis acuático tienes, hermana mía, amiga mía. Pero estoy unido estrechamente, no a tus gruesos rasgos, sino a tus pequeños accidentes innombrables sólo famosos para los buenos recuerdos que son lo más malo que puede haber. Los buenos recuerdos: un veneno para el hígado.
Cualquiera de los dos podemos inventar hermosas flores del agua, flotantes, sumergidas. Cualquiera puede recordar un paseo o una muerte, un hallazgo definitivo o fugaz con o en el agua. Soy de aquí, sé nadar, sé remar y siempre me voy y siempre vuelvo. No tenemos otra cosa: nuestro egoísmo es grande como nuestro amor. Nuestro amor que oprime, que no quiere hablar.
miércoles, 21 de agosto de 2013
Un bañista (Daniel García Helder)
El aire que el Paraná reenvía,
esporádico, bajo la forma
de una ráfaga humectante
al banco de arena, desciende
sobre los cuerpos
expuestos a este sol, cenital,
doblado por el agua
y los puestos de gaseosas.
Hacia esa bañista,
que reposa sobre un rectángulo
de lona y mira a lo lejos,
en direción a
El Espinillo, no siento atracción
o repulsión; apenas
interrumpida por las piezas
del biquini, la superficie
de su piel cintilla aquí y allá,
difunde, como algo de bronce,
relumbrones que quiebran
la opacidad de la mirada.
domingo, 18 de agosto de 2013
Memoria y celebración (Haroldo Conti)
Mientras el barco se aleja, después de la última copa, el último abrazo, escribo en la rumorosa cabina que cruje como un mueble viejo estas simples líneas que, naturalmente, dedico a doña Julia Lanfranconi que ahí queda remontándose sobre el agua, sola, hasta el otro invierno.
Apenas es una mancha de un amarillo agenda dentro de un río de imprenta, al extremo de una fila de nombres que se curvan suavemente y te saltean un poco antes del borde, en aquella guía náutica que al fin se hizo vieja y tal vez valiosa, pero que entonces costaba cincuenta pesos en cualquier surtidor de nafta. La cubro con un dedo. Es una ceremonia. Porque entonces toda esa espesa soledad que ahora te rodea sube por mi brazo y la mancha se enciende en mi cabeza y tu rostro asoma entre los nombres y los trazos de esa vieja carta de Alejo Konopatov que un día, hace años, me llevó hasta tu casa con paredes de miel, muebles polvorientos, espejos engrasados, almanaques antiguos, aquella concertóla que enmudeció en el 45 y aquel Spencer de ocho tiros con tres muescas en la culata que me apuntó a la cabeza (yo venía de un mapa, vieja, a través de esos ríos ingenuos que inventó Alejo) y entonces, seguramente, viste mi sonrisa de muchacho (lo único que no ha envejecido de mi cuerpo) que se balanceaba sobre la mira y me tendiste la mano, porque tu ojo es rápido para la amistad, y así entré en tu historia y compartimos los mismos ríos, los mismos amigos, la casa árbol que plantó el viejo Lanfranconi, el sendero con huellas de carpincho a la izquierda de la casa, la timonera hembra de aquella balandra premonitoria que ahora navega entre el muelle y el gallinero, las noches de rompe y raja, el canto áspero, los muertos que me prestaste porque yo era nuevo, esas desgracias de calendario que se mencionan a tu espalda, estas ceremonias de la amistad que iniciamos entonces, y sobre todo, vieja, esas historias desmesuradas, nunca las mismas, que según parece son el somero resumen de tu vida, sagas y leyendas que cada año crecen en tamaño, en muertos y rufianes, con barcos de oscuro abolengo que sueltan amarras a la primera copa y navegan de memoria, malevos de respeto absolutamente fluviales, Regino Gamarra, el bien odiado, permanente, "siempre en malas", un par de presidentes constitucio-nales que llegaron alguna vez con obsequios y mandatos (por ahora falta un rey, pero estoy seguro de que cualquier día de estos se aparece en una balandra de plástico), unos amores más o menos desgraciados (así resultan siempre, de todos modos, también aquí, tal vez más pronto, el río es pasajero por sustancia) y, en fin, las consabidas tristezas cuando el canto y el vino se terminan y dentro de un rato empieza el día.
Sólo te guardaste, y en esto no hay reproche, el hijo que nadie conoció. Hay un papel amarillo, envuelto en otros que atestiguan posesiones de barcos más precisos, que da competente testimonio del asunto. Trae una fecha y un nombre completo y, para seguridades, firma y sello de autoridad en el Carmelo, cosas de tierra firme. Hijo con naturalidad, cuando todavía no eras la vieja de la Juncal ni doña, sino puro sobresalto, desvelo y competencia en territorio de hombres.
Presumo una noche. Después vino aquel hijo que trajo la primera tristeza, la más nueva, porque es lo único que no envejeció hasta ahora.
Nosotros llegamos cuando ya eras leyenda. Empezaban los años viejos.
Quinqué Díaz, Leandro Di Como y Ratón Morales, por la banda oriental. Del lado nuestro, y en el mismo estilo, Vicente Segarra, el carpintero de ribera, ese famoso. Marcelo Gianelli, el de la otra orilla y barba de cultivo, Amadeo Lamota, que sobrevive de puro terco, por más datos el Cacique de la Juncal, bien florido.
Hay más nombres, por supuesto. Yo soy los que faltan.
Todos los años volvemos, puntuales y obsequiosos, para el 19 de junio exacto, cuando pelan los árboles y el río se pone forastero.
Quinqué se mama primero porque viene de Carmelo y llega más rápido. Ese es el cuento. ¡Quinqué Díaz, mi viejo! Hay canutos, esos simples, versos, los sencillos, que por lo general terminan con Artigas. Nosotros, los de la banda mufada, cantamos raramente. Pero traemos buena carne, tres porrones de ginebra, otras tentaciones. Se celebra.
Amadeo me pecha suavemente y entonces tomo el cuchillo más noble, ese del cabo de plata con tres virolas de oro, y te beso en la frente y te lo entrego por la hoja, la ceremonia, para que inaugures el banquete.
¡Que hable el Quinqué! Hablamos todos. Cada uno inaugura una cosa, otra historia.
Hasta que viene la noche, esta noche de invierno profunda como el río, cuando la tierra se hincha y seguramente respira y los árboles crecen en secreto y tal vez se mueven y los membrillos perfumados, que se han vuelto salvajes, caen pesadamente porque no aguantan siquiera el peso del rocío y la zanja que abriste a pala con el viejo se cubre otro poco porque hasta las sombras pesan demasiado para esta época, es todo el tiempo que empuja, monte arisco que reviene, la vejez de las cosas que quedaron, el Quinqué que se duerme, un carpincho que nos mira deslumbrado, el río que empuja interminable, y entonces encendemos un fuego y hablamos alto y contamos todo de nuevo, la vera historia de doña Julia Lanfranconi, la vieja de la Juncal, para perpetua memoria.
Quizás también le interese:
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

